Si en los años 90 un salón de arcades quería llamar la atención del personal lo hacía básicamente con recreativas de tres tipos: lucha, conducción y disparos. Sega, la absoluta dominadora del sector durante los años 80, comenzó aquella década lanzando tres bombazos basados en la por entonces sorprendente tecnología tridimensional, con su saga Virtua, de la que tuvimos tres descendientes directos para cada género: Virtua Fighter, Virtua Racing y Virtua Cop. Todos ellos tuvieron una aceptación apabullante a nivel de crítica y público, moviendo unos por entonces deslumbrantes gráficos a 60 fps, y haciendo llorar a los pobres dueños de consolas domésticas, que ni de lejos soñábamos con alcanzar un poderío técnico comparable con nuestras consolas de 16 bits.

El gran mito de los 32 bits de Sega (no tanto de Sony, aunque también algo de eso hubo) fue, precisamente, el que podríamos vivir en casa una experiencia casi idéntica a la de los salones recreativos, con conversiones casi perfectas de estos títulos. Sin embargo, las prisas con las que se realizaron los ports de Virtua Fighter 1 y de Daytona USA con el lanzamiento de Sega Saturn no hicieron presagiar nada bueno. Se trataba de versiones mucho más lentas, pobres a nivel técnico, con menor carga poligonal y una generación tan brusca de escenarios que era inevitable pensar que seguíamos lejos del sueño.

Todo eso cambió con la llegada de juegos como Virtua Fighter 2 o Sega Rally, que demostraron que cuando había un gran equipo de programación y tiempo suficiente para trabajar en ello, Saturn era capaz de producir juegos, por lo menos, a la altura de los mejores de PlayStation. El primero de ellos, obra del estudio Am2, es uno de los mejores juegos de lucha de todos los tiempos, en una conversión prácticamente perfecta que, eso sí, quedó un poco por debajo del original en algunos aspectos.

Tal y como ocurría con la recreativa, el título incluyó los 11 personajes (los 8 del original, el jefe Dural y las dos nuevas incorporaciones, Shun y Lion), cada uno de los cuales contaba con movimientos de diferentes disciplinas de artes marciales. La novedad, que traían los nuevos personajes de serie, eran los Axis Strike, que permitían movimientos capaces de alterar la línea imaginaria en la que hasta entonces combatían los personajes, llevando por tanto la tridimensionalidad más allá del aspecto gráfico en que hasta entonces estaba anclada.

El juego aumentó además, considerablemente, en cuanto al número de movimientos de cada personaje, lo que hizo que dominar a cada uno de los luchadores (mucho más equilibrados que en otros juegos de la época, donde siempre había dos o tres destacados y luego unos cuantos de “relleno” que pocos llegaban a emplear), era una tarea realmente titánica.

En cuanto a las novedades gráficas, llama la atención el salto respecto a una primera entrega que pagó caro el precio de la novedad. Ahora los luchadores, realizados en Motion Capture, incluían texturas faciales y una enorme carga poligonal respecto de sus versiones anteriores, así como unos escenarios mucho más detallados que incluían elementos decorativos en falso 3D al margen de los fondos. Era un juego que visualmente atrapaba como pocos, con escenarios estáticos para los jugadores clásicos y dos nuevos, el de la balsa bajo los puentes de Shun y la gran muralla china para Lion que eran para quitarse el sombrero.

Virtua Fighter 2 incluía un número de posibilidades que alargaban su vida más allá de sus clásicos modos duelo, arcade o entrenamiento, ya que permitía modificar el tamaño del ring o la salud de los personajes, pudiendo por ejemplo hacer parodias de las peleas de sumo (los jugadores “morían” automáticamente al ser expulsados del área de combate).

El dinamismo y apasionante capacidad de diversión de los combates, la verdadera miga del asunto, fue lo que hizo sin embargo que el juego destacase muy por encima de la competencia tan fuerte en su género en la consola (donde también brillaban, con luz propia y merecida, otros grandes juegos como Fighting Vipers o Last Bronx). Jugar una sola partida a Virtua Fighter 2 era imposible: coger el mando te exigía por lo menos cuatro o cinco peleas, replantearte estrategias de ataque y defensa ante unos enemigos durísimos, que aprendían de nuestros movimientos y no nos dejaban atacarles dos veces por el mismo sitio.

Creo que Sega fue muy inteligente en colocar este juego como epicentro de su política de lanzamientos de recreativas para Saturn, como lo demostró el haber sido el juego más vendido del sistema. Creo que es de los que mejor han resistido el paso del tiempo de todo el catálogo de la consola y, en el caso de que podáis probarlo a día de hoy en las numerosas librerías digitales existentes, descubriréis un juego rápido, dinámico, profundo y con una cantidad de posibilidades poco habituales en arcades de lucha de aquellos años: toda una joya que merece ser reivindicada, en definitiva.

Si en los años 90 un salón de arcades quería llamar la atención del personal lo hacía básicamente con recreativas de tres tipos: lucha, conducción y disparos. Sega, la absoluta dominadora del sector durante los años 80, comenzó aquella década lanzando tres bombazos basados en la por entonces sorprendente tecnología tridimensional, con su saga Virtua, de la que tuvimos tres descendientes directos para cada género: Virtua Fighter, Virtua Racing y Virtua Cop. Todos ellos tuvieron una aceptación apabullante a nivel de crítica y público, moviendo unos por entonces deslumbrantes gráficos a 60 fps, y haciendo llorar a los pobres dueños de consolas domésticas, que ni de lejos soñábamos con alcanzar un poderío técnico comparable con nuestras consolas de 16 bits. El gran mito de los 32 bits de Sega (no tanto de Sony, aunque también algo de eso hubo) fue, precisamente, el que podríamos vivir en casa una experiencia casi idéntica a la de los salones recreativos, con conversiones casi perfectas de estos títulos. Sin embargo, las prisas con las que se realizaron los ports de Virtua Fighter 1 y de Daytona USA con el lanzamiento de Sega Saturn no hicieron presagiar nada bueno. Se trataba de versiones mucho más lentas, pobres a nivel técnico, con menor carga poligonal y una generación tan brusca de escenarios que era inevitable pensar que seguíamos lejos del sueño. Todo eso cambió con la llegada de juegos como Virtua Fighter 2 o Sega Rally, que demostraron que cuando había un gran equipo de programación y tiempo suficiente para trabajar en ello, Saturn era capaz de producir juegos, por lo menos, a la altura de los mejores de PlayStation. El primero de ellos, obra del estudio Am2, es uno de los mejores juegos de lucha de todos los tiempos, en una conversión prácticamente perfecta que, eso sí, quedó un poco por debajo del original en algunos aspectos. Tal y como ocurría con la recreativa, el título incluyó los 11 personajes (los 8 del original, el jefe Dural y las dos nuevas incorporaciones, Shun y Lion), cada uno de los cuales contaba con movimientos de diferentes disciplinas de artes marciales. La novedad, que traían los nuevos personajes de serie, eran los Axis Strike, que permitían movimientos capaces de alterar la línea imaginaria en la que hasta entonces combatían los personajes, llevando por tanto la tridimensionalidad más allá del aspecto gráfico en que hasta entonces estaba anclada. El juego aumentó además, considerablemente, en cuanto al número de movimientos de cada personaje, lo que hizo que dominar a cada uno de los luchadores (mucho más equilibrados que en otros juegos de la época, donde siempre había dos o tres destacados y luego unos cuantos de "relleno" que pocos llegaban a emplear), era una tarea realmente titánica. En cuanto a las novedades gráficas, llama la atención el salto respecto a una primera entrega que pagó caro el precio de la novedad. Ahora los luchadores, realizados en Motion Capture, incluían texturas faciales y una enorme carga poligonal respecto de sus…
Calificación global - 95%

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Quizá uno de los arcade de lucha más sobresalientes de todos los tiempos, VF2 contribuye a hacer grande el catálogo de una consola malograda como Sega Saturn, capaz de juegos tan esplendorosos a nivel técnico como este que, además, unía un apartado jugable absolutamente irresistible, personajes carismáticos y un sistema de combate profundo, variado y complejo hasta decir basta. La historia de Sega no se entiende sin este título.

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