Desde que Xbox One fuera lanzada al mercado en noviembre de 2013 las ventas no han acompañado las expectativas de la compañía que actualmente se encuentra en fase de distribución y ampliación de nuevos mercados. A día de hoy se encuentra en algo menos de 20 mercados y esperan en septiembre haber superado los 40, entre ellos, China.

Ya en su lanzamiento, una semana antes que PlayStation 4 en Europa, se la criticó por dos cosas: un precio superior a su competidora y una cámara siempre conectada. Además, a estas dos críticas le acompañaron las diferencias de potencia respecto a la consola de Sony.

Microsoft, una empresa grande y como tal pesada, reaccionó rápido y realizó una bajada de precio cuando sacó Titanfall haciendo que el pack de consola y juego no superase los 499€. Un buen comienzo para una política de precios que se puede ajustar aún más.

La fabricación de Kinect 2.0, el sensor y cámara que viene incorporado en la Xbox One cuesta unos 75 dólares fabricarlo (aproximadamente 60€). Sin ese sensor la consola podría venderse a un precio más económico al igual que hace PlayStation con su cámara. Por lo tanto Xbox One podría costar lo mismo que su competidora con un juego.

En la decisión de compra de una videoconsola, excepto en sectores muy concretos, no es por la diferencia de precio de unos pocos euros, sino de un catálogo que justifique la inversión.
El desembolso que hace un usuario en un nuevo sistema puede ser sensiblemente superior si se justifica con unos buenos juegos. El usuario medio cuenta con una sola videoconsola, y además, la aparición de juegos multiplataformas hace que nos decantemos por uno u otro sistema sin anhelar tener ambos. La apuesta de una generación de videoconsolas se juega a una sola carta.

Xbox One aún no ha sabido como justificar Kinect 2.0, un sensor inferior en cuanto a prestaciones técnicas se esperaban de él: no reconoce los comandos de voz, no reconoce los gestos faciales, y no tiene esa sensibilidad que por parte de marketing de Microsoft se comunicó. Y una cosa más importante: no hay grandes juegos para Kinect.

Nintendo tuvo claro que si quería vender la experiencia del sensor de movimientos en Wii debía sacar esa “killer app” que todo el mundo tuviera y fuese el justificante de compra del sistema: Wii Sports. Kinect también tiene una aplicación que intenta emular el éxito de Wii, Kinect Sports Ribals, que lejos de ser innovadora u ofrecer una experiencia novedosa lo que hace es redundar en las sensaciones ofrecidas ocho años atrás por Wii.

Phil Spencer, vice presidente de Microsoft Studios, ya anunció que no estaba en la hoja de ruta inmediata la eliminación de Kinect de Xbox One, y que por el contrario se centrarían en ofrecer juegos que justificaran su compra más allá de Ryse: Son Of Rome o Crimson Dragon, ambos presentes en el lanzamiento de la consola y que utilizaban funciones menores de Kinect.

Puede resultar un movimiento muy tentador para Microsoft eliminar Kinect y así poder contentar a los jugadores reduciendo el precio de la consola, pero eso también significaría algo muy desastroso para una compañía de ese calibre: haberse equivocado en toda la campaña de marketing.

Los videos promocionales de Xbox One, más allá de presentarse como un nuevo sistema de juego, se presentaba como un sistema de entretenimiento digital inteligente. Y esa inteligencia residía en los dos ojos de Kinect, esos dos ojos siempre vigilantes y a la espera de una orden.

“Desearía que Kinect no fuera necesaria. Parece un periférico innecesario para mi. […] Mi hijo y yo nos sentamos delante de la televisión, le decimos cosas arbitrarias y no funciona.”

– Peter Molyneux

La desaprobación del periférico por parte de desarrolladores y pensadores como Molyneux no han hecho más que entreabrir la caja de los truenos, y esa caja es Xbox. ¿Kinect sí o Kinect no?