Estuve recientemente en un debate informal al que asistieron programadores y prensa especializada del mundo del videojuego, y donde se habló de gran cantidad de temas de actualidad en el sector. Se habló allí, por supuesto, del éxito fulgurante de Switch, de la inminente Scorpio y de la buena salud de Sony, así como de un buen puñado de juegos que están por llegar y del estado de la industria en general en sus diferentes mercados.

Pude constatar, entre otros aspectos a los que luego me referiré, que por encima de todo pesaba en la gran mayoría de participantes una sensación de falta de ilusión, de motivación por el medio y por los próximos lanzamientos bastante notoria. Me llamó la atención que muy pocos estuvieran expectantes por el E3, o que albergaran esperanzas de grandes anuncios, y con esto no me refiero a los ya consabidos triple A que seguro que hacen mucho ruido, sino a la ausencia de novedades reales de auténtico impacto.

No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que allí la mayoría de los presentes rondábamos las cuarenta primaveras, lo que me hizo pensar si ese desánimo general, ese déjà vu que parece que se ha instalado en nuestros corazones de jugadores desde hace ya un largo lustro no tendrá que ver también con factores externos al sector del videojuego, y que pueda también verse como un problema generacional. Pensaba en el ejemplo del próximo Call of Duty, que nos lleva a las playas de Normandía y al que casi todos achacábamos ofrecernos lo mismo, en esencia, que nos pudo haber ofrecido a nuestra generación Medal of Honor a principios de siglo, pero que seguramente a los jugadores más jóvenes, los que ni siquiera habían nacido por aquel entonces, les proporcione estas Navidades toda una descarga de novedosa adrenalina.

Uno de los problemas más comunes que tiene la gente conforme se hace mayor es la pérdida de la capacidad de sorpresa, de ilusión o de entusiasmo que tenía cuando era joven. Al margen de cuestiones más filosóficas sobre el sentido de la vida, todos creemos haber descubierto ya con cierta edad cuáles son las mejores películas, discos de música o libros, por más que esa creencia sea del todo falsa y se base en realidad en la edad que teníamos cuando descubrimos ciertos productos. Este tipo de prejuicios, que tanto afecta a todas las producciones culturales, era solo cuestión de tiempo que llegara a los videojuegos.

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Os pongo un ejemplo: los que seguís el blog sabéis que adoro, literalmente, Ocarina of Time, del que por supuesto que hablamos de lo lindo en aquella charla, y que a la mayoría de los allí presentes nos sorprendió en plena adolescencia. Lo curioso es que únicamente otros dos participantes y yo sosteníamos, de más de una veintena, que el más reciente Breath of the Wild ha llevado la franquicia a terrenos cualitativamente superiores, por más que nosotros siempre le guardemos un lugar especial en nuestra memoria de jugones al clásico de 1998. A mí el último lanzamiento me ha dejado una huella enorme, y por más que no me despertara las mismas emociones que cuando jugué a aquel otro con 16 años, me parece uno de los juegos más importantes de la historia del sector, algo que puedo afirmar con más tranquilidad ahora que ya ha pasado toda la tormenta de la moda del momento.

No es que los jugadores veteranos no estemos abiertos a incorporar al “olimpo” nuevos juegos, pero desde luego tienen mucho más difícil acceso y deben ser tan incontestables como lo último de Zelda para que se les considere como tales. Algo parecido ocurre con los sistemas, ya que después de varias generaciones vividas en primera persona, el entusiasmo por lo nuevo de Microsoft es ciertamente relativo, sobre todo ahora que la moda parece orientarse a sacar actualizaciones de consolas cada tres años. Así, muchos daban ya por muerta a Xbox en esta generación, por más 4K que quieran implementar en sus nuevos juegos; otro tanto ocurría curiosamente con Nintendo, cuya Switch algunos consideraban una Wii U portátil, tanto en capacidad técnica como en catálogo presente y futuro, plagado de ports del sistema anterior o de nuevas versiones maquilladas de juegos a los que llevamos jugando desde hace 30 años.

Aquí de nuevo surgieron las dudas, primero porque enterrar a Xbox Scorpio (o como se llame finalmente) antes de que haya sido anunciada o probada nos pareció a otros bastante prematuro, y en cuanto a Nintendo y su ciclo de sagas recicladas de una generación a otra, más de lo mismo. Sin embargo, no puedo menos que coincidir en que a mí seguir jugando a Halo, Gears of War, Forza Motorsport en el caso de Microsoft o al port de Mario Kart 8, el de Street Fighter 2 y un largo etcétera no me seduce lo más mínimo, para qué engañarnos.

La cuestión, por tanto, es si aquellos jugadores que comenzamos en esto hace 25 o más años tiene sentido que sigamos pendientes de un sector que, por mucho que nos cueste reconocerlo, no crece al mismo ritmo que nosotros. Ha habido dos o tres grandes revoluciones técnicas, pero salvo contadas excepciones, a la hora de la verdad todo termina reduciéndose a un más de lo mismo que tarde o temprano, y al margen de la compañía que sea, nos remite siempre a cosas ya jugadas previamente con mayor o menor fortuna.

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Para alguien como yo, que suele dedicarle a esta afición un tiempo considerable, el hecho de que en lo que llevamos de 2017 solo haya jugado realmente a un juego o dos (si además de Breath of the Wild contamos Mass Effect Andromeda, al que acudí más por la leyenda de la trilogía clásica que por el hype creado por este último juego), es como aquellas raras ocasiones en que el galo Obélix solo se comía un jabalí en un banquete. Y por más que en la mesa se hablaban maravillas de What remains of Edith Finch, Little Nightmares o Prey, y por más que estoy convencido de que serán fenomenales juegos, yo no dejaba de pensar que en realidad me estaban hablando de nuevas versiones de Firewatch, Inside o System Shock 2.

No mejora mucho el asunto con los anunciados Destiny 2, Battlefront 2, FIFA 18, el enésimo Assassin’s Creed, etc, donde todos coincidimos que son nuevos epígonos de franquicias / géneros más que trillados, cuya capacidad de sorpresa, si es que alguna vez la tuvieron, hace ya largo tiempo que se ha perdido en el eco de sus múltiples secuelas, “fuentes” de inspiración o clones posteriores. Lo que sí se comentó es la pobreza de lo que el juego online ha aportado a los videojuegos, que no va mucho más allá de ese online competitivo donde casi todo se reduce a entrar en lobbies a matar a X rivales o a vencer a X rivales en las carreras que sea.

En cuanto a las gafas de realidad virtual, también hubo momento para acordarse de su lugar en el cementerio y de las promesas incumplidas en estos últimos dos años, relacionándolas con el infausto control por movimiento de la pasada generación. Es una lástima que estos caminos, donde realmente parecía que podía haber espacio para el crecimiento de una industria estancada en fórmulas seguras, no hayan terminado de recibir el apoyo necesario en I+D y hayan pinchado de manera tan evidente en su intento por hacerse con una cuota de mercado. La falta de propuestas de verdadero interés más allá de Resident Evil 7 y la avalancha de “experiencias” de 20 minutos a precio de oro no ha hecho sino certificar la defunción de un sistema al que va a hacer falta más que una máquina de reanimación para devolver a la vida.

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Una de las últimas cuestiones que se trataron fue una pregunta abierta para todos, la de si nos veíamos jugando a videojuegos de aquí a otros 20 o 25 años. La mayoría respondimos con un contundente “no”, no tanto por el hecho de que, como se hacía antes, se considere un hobby más bien infantil o juvenil impropio de edades más avanzadas. Ese prejuicio creo que debería estar ya superado, o al menos creo que lo estará para cuando mi generación llegue a la edad de jubilarse.

En realidad, el “no” viene por la intuición, casi certeza, de que el sector está absolutamente estancado desde hace demasiado tiempo, así como de que no hay propuestas con un mínimo de originalidad o riesgo como para permitir un salto cualitativo en ningún sentido. De seguir así lo normal es que muchos jugadores pierdan el interés o que, como también ocurrió ya en la parte final, la gente hable más de la ilusión que le hace que su hijo de cinco años empiece a conocer el universo de Mario con Mario Odissey que por el hecho de jugarlo él mismo.

Por una parte, pienso que es tremendamente injusto tener que renunciar a este hobby solo porque su éxito comercial (o la falta de ideas y talento, que yo cada vez lo tengo menos claro) lo inmovilice de semejante modo y le impida evolucionar. Por otra, no me veo jugando a clones de juegos que ya tengo muy jugados solo por pasar el rato de aquí a 20 años. Quizá sea más hermosa, en el sentido de consuelo que implica, esa idea de pasarle el testigo a una nueva generación y emplear toda esa experiencia de décadas en aconsejarle ciertos caminos que, seguramente, también a nosotros nos hubiera venido bien recibir en su momento. No es, en cualquier caso, la idea que tenía yo del asunto hace tiempo, cuando todavía concebía esto como una pasión puramente personal.

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