Cuando uno sale de la sala del cine, después de ver una película sobre la que había puestas unas expectativas tan razonables como ocurre con The Last Jedi, lo conveniente es darse un plazo de 48 horas antes de dar un juicio de valor. Tanto si es con el ánimo por las nubes y la euforia desmedida o, antes al contrario, si la decepción o el enfado se apoderan de uno, dar ese tiempo a la razón para que se recomponga es, sobre todo, sano para la salud. Pasada esa tregua, sin embargo, conviene revisar esas sensaciones, analizar con frialdad y concluir. Y en el caso de The Last Jedi, por más que dicho criterio contradiga los parabienes que está recibiendo a nivel mundial (más de la crítica que del común de los mortales, dicho sea de paso), yo no puedo por menos que decir que a mí me pareció, simple y llanamente, mala. Y lo sigo creyendo así 48 horas después.

Vaya por delante que a excepción de la trilogía original y, con ciertos reparos, Rogue One, creo que todo lo que ha producido la franquicia es abiertamente olvidable. Me da igual que sean las precuelas infames, la serie Clone Wars o Rebels, o esta nueva trilogía que comenzó en 2015 con The Force Awakens, todo esto me resulta un chicle estirado, desgastado y con olor a cerrado que se sostiene únicamente porque da dinero a espuertas a sus responsables, antes George Lucas y ahora Disney. Es el dinero, única y exclusivamente, lo único que le da sentido a estas historias que no cuentan nada, y que todo lo que hacen es homenajear, de forma más o menos descarada, plagiar o referenciar directa o indirectamente a una trilogía original que aunque no inventó la pólvora sí era cine de aventuras bien hecho, fresco y original en su tiempo, con unos personajes carismáticos y un desarrollo muy entretenido.

No fue el caso en The Force Awakens, no lo es ahora tampoco esta segunda entrega bajo la batuta de Rian Johnson, un señor al que no se sabe por qué Disney le ha dado rienda suelta para hacer lo que le diera la gana con la historia tal y como quedó asentada tras la primera parte. Johnson coge aquella historia y la hace evolucionar hacia un terreno bastante extravagante, con unas dosis de humor que rozan la vergüenza ajena, como esa primera lección en la fuerza con la vara, esa transición con la plancha espacial o ese diálogo inicial en el que queda claro que el general Hux es el nuevo payaso de esta trilogía y que aquí lo que importa es buscar la risa fácil, aunque sea a costa de una gravedad de la historia que muy pronto queda reducida a cenizas.

Casi tan molestos o más que los continuos e innecesarios chistes son las tramas de ciertos personajes que no aportan absolutamente nada, como Finn, Rose, DJ o Phasma, que lo único que hacen es entorpecer las tres líneas argumentales principales (Kylo Ren, Rey y Luke y, en menor medida, Leia y Poe), arrastrando con pesadez la duración a más de dos horas y media. Es agotador ver cómo esa lentísima (y absurda) persecución no va a ningún lado y que nosotros andamos de carreras con unos infames bichos en CGI por una especie de Montecarlo espacial de saldo, sin saber muy bien por qué o si realmente nos importa algo.

Debo reconocer que a mí personalmente la película me perdió, sin embargo, en el horripilante momento inicial en el que Leia echa a volar en una inquietante mezcla de aires de Superman y Mary Poppins, tras haber sido despedida al espacio exterior y hacernos creer a todos que había muerto. Mira que las precuelas tenían momentos para el sonrojo, pero lo de esta escena sencillamente no tiene nombre ni perdón, por muy venerada que queramos ahora a Carrie Fisher, que eso nadie lo duda. Decisiones de guion como esas y otras posteriores que luego comentaré me dejaron bien claro que aquí la historia, el canon, la coherencia con respecto a la trilogía original y todo eso no importa absolutamente nada.

A partir de ahí, el destrozo que han hecho con Luke Skywalker es casi lo de menos. Y sobre este asunto, me gustaría recordar a los que insisten en que esta trilogía es de los nuevos personajes, lo siguiente: si eso fuera así ni Han Solo, ni Luke, ni Leia tendrían los minutos, la importancia y el peso que tienen aquí o en la película precedente. Obi Wan era un secundario ejemplar en la primera Star Wars porque cumplía con su rol de mentor y moría para dar paso a Luke sin mayores traumas. No tenía una tradición detrás, no tenía una historia que lo magnificara, una leyenda, como sí ocurre con Luke, que no puede ser “solo” el mentor de Rey, se ponga como se ponga el respetable. Luke es el héroe de Star Wars, es un héroe con mayúsculas del cine contemporáneo, y por eso su presencia se termina comiendo a la de todos los demás: es el punto de máximo interés de la historia, tiene las mejores escenas de la película y en el final copa absoluto protagonismo muy por encima de todos los demás, Kylo o Rey incluidos. Matarlo es lo único que podía hacer Johnson para que el Episodio IX, ya sin ninguno de los tres héroes de la trilogía clásica, pueda tener algo parecido a una personalidad propia.

No creo que sea el caso. Estos dos filmes estrenados demuestran que, por encima de todo, tienen a personajes muy pobres y sin apenas interés, que dan unos vaivenes ejemplares y denotan una falta de coherencia en sus guiones que ya veremos cómo termina de destrozar Jar Jar Abrams en la siguiente. Nada tiene demasiado sentido y nada se explica, como el origen de la primera Orden, el motivo por el que la victoriosa república de la anterior trilogía ahora se ha reducido a cuatro planetas mal contados o su ejército a los cuatro gatos que constituyen la mal llamada resistencia. Nadie sabe nada de ese líder supremo Snoke, de dónde sale o quién es, o por qué se lo cargan de un modo tan infame cuando estaba empezando a parecer (solo a parecer, ojo) un villano con cierto interés. Lo de los padres de Rey y toda esa teoría de la película sobre los niños esclavos (niños esclavos en una galaxia con androides, ahí es nada), es también para hacérselo mirar después de enviar tal cantidad de mensajes subliminales sobre sus conexiones familiares.

Todo esto es, en definitiva, un despropósito con algunos efectos visuales importantes y otros no tanto, con escenas y homenajes gratuitos a la trilogía original (en esta tocaba sacar a los AT AT de Hoth porque sí, pero con las patas delanteras cambiadas para que no se note), diálogos chuscos y un desenlace totalmente anticlimático que, en el colmo de los colmos, ni siquiera nos ofrece una batalla épica o un duelo de espadas láser, sino una triquiñuela barata de guión que haría sonrojar a un principiante, y que viene sumarse a ese conjunto de chapuzas de recurso fácil como amenazar con matar a un personaje (Leia o Finn) para luego resolverlo con Deus ex Machina de baratillo.

Sinceramente, que a esta película le estén dando tan buenas críticas solo me lo explico si a) la crítica entera ha sido comprada por la máquina todopoderosa de Disney, o si b) yo ya me he hecho definitivamente mayor para estas películas y lo mejor que podría hacer es dejar de verlas de una vez, y por tanto, de comentarlas por aquí. Y me temo que va a ser lo segundo, porque esta burra galáctica ya no da más leche (azul, claro).

Cuando uno sale de la sala del cine, después de ver una película sobre la que había puestas unas expectativas tan razonables como ocurre con The Last Jedi, lo conveniente es darse un plazo de 48 horas antes de dar un juicio de valor. Tanto si es con el ánimo por las nubes y la euforia desmedida o, antes al contrario, si la decepción o el enfado se apoderan de uno, dar ese tiempo a la razón para que se recomponga es, sobre todo, sano para la salud. Pasada esa tregua, sin embargo, conviene revisar esas sensaciones, analizar con frialdad y concluir. Y en el caso de The Last Jedi, por más que dicho criterio contradiga los parabienes que está recibiendo a nivel mundial (más de la crítica que del común de los mortales, dicho sea de paso), yo no puedo por menos que decir que a mí me pareció, simple y llanamente, mala. Y lo sigo creyendo así 48 horas después. Vaya por delante que a excepción de la trilogía original y, con ciertos reparos, Rogue One, creo que todo lo que ha producido la franquicia es abiertamente olvidable. Me da igual que sean las precuelas infames, la serie Clone Wars o Rebels, o esta nueva trilogía que comenzó en 2015 con The Force Awakens, todo esto me resulta un chicle estirado, desgastado y con olor a cerrado que se sostiene únicamente porque da dinero a espuertas a sus responsables, antes George Lucas y ahora Disney. Es el dinero, única y exclusivamente, lo único que le da sentido a estas historias que no cuentan nada, y que todo lo que hacen es homenajear, de forma más o menos descarada, plagiar o referenciar directa o indirectamente a una trilogía original que aunque no inventó la pólvora sí era cine de aventuras bien hecho, fresco y original en su tiempo, con unos personajes carismáticos y un desarrollo muy entretenido. No fue el caso en The Force Awakens, no lo es ahora tampoco esta segunda entrega bajo la batuta de Rian Johnson, un señor al que no se sabe por qué Disney le ha dado rienda suelta para hacer lo que le diera la gana con la historia tal y como quedó asentada tras la primera parte. Johnson coge aquella historia y la hace evolucionar hacia un terreno bastante extravagante, con unas dosis de humor que rozan la vergüenza ajena, como esa primera lección en la fuerza con la vara, esa transición con la plancha espacial o ese diálogo inicial en el que queda claro que el general Hux es el nuevo payaso de esta trilogía y que aquí lo que importa es buscar la risa fácil, aunque sea a costa de una gravedad de la historia que muy pronto queda reducida a cenizas. Casi tan molestos o más que los continuos e innecesarios chistes son las tramas de ciertos personajes que no aportan absolutamente nada, como Finn, Rose, DJ o Phasma, que lo único que hacen es entorpecer las tres líneas argumentales…
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Lamentable, decepcionante y cargada de bromas indignas de Chiquito de la Calzada, The Last Jedi es otro insulto más (y los que quedan) de Disney a una franquicia que, cada día lo tengo más claro, está compuesta solo de tres grandes películas de hace más de 30 años. Todo lo demás es, a tenor de lo visto en The Last Jedi, un mal chiste.

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