Nintendo Switch ha pasado un año que podríamos calificar como propio de una montaña rusa, con un lanzamiento muy esperado, unas ventas asombrosas y, sin embargo, la incapacidad de configurar un catálogo realmente seductor hasta este último tercio del año, cuando a la larga lista de ports de Wii U (y los que quedan) y juegos menores ha empezado a añadir juegos auténticamente exclusivos de una calidad contrastada. El primero de ellos, y con el que entiendo que todo jugador a día de hoy debería estrenar la consola si decide hacerse con ella, es este Mario Odyssey que nos ocupa, un título todo terreno que, en la mejor tradición de los grandes juegos en tres dimensiones del fontanero (Mario 64 y Galaxy), se pone el mundo por montera y lanza a Mario a una odisea que lo lleva por los cinco continentes en un auténtico despliegue de medios jugables que sorprenderá incluso al que, como el que esto escribe, ya pensaba que lo había visto todo en el reino champiñón.

Empecemos por las buenas noticias, que son tantas que resulta difícil saber por dónde empezar. Quizá lo más llamativo del título sea la nueva habilidad para poseer a los enemigos, permitiendo a Mario convertirse en goombas, en gotas de lava o en esas tortugas tan incómodas que lanzan martillos como si tal cosa, por poner solo tres de los muchos ejemplos que el juego nos ofrece. Cada nueva especie que poseemos nos permite disfrutar de habilidades nuevas y resultan imprescindibles para llegar a ciertas lunas, las nuevas estrellas del juego, que sirven a su vez para impulsar nuestra nave, la Odyssey, a nuevas zonas inexploradas del mapa.

Lejos de resultar algo anecdótico, la posesión de enemigos se convierte en la mecánica principal del juego, a la que la gorra añade nuevas funciones como la de poder arrojarse como arma o alcanzar ciertas zonas de otro modo inaccesibles, lo que, unido a la larga lista de movimientos y saltos de Mario, convierte el juego en todo un festival de posibilidades. Todo en Mario Odyssey está hecho para gustar. Es un juego directo, sencillo en su propuesta y condenadamente divertido de jugar, que atrapa tanto a noveles como a veteranos con una descarada frescura y, al mismo tiempo, conciencia de franquicia como no se había visto antes.

El título es consciente de que ya hay más de tres décadas a espaldas de su simpática mascota, por lo que todo son referencias a títulos anteriores, desde el Donkey Kong original con esa ciudad que tanto me asustó con el primer tráiler y que, sin embargo, funciona tan bien como escenario jugable, como esas (muy) numerosas y bienvenidas secciones en dos dimensiones que se quitan el sombrero ante los orígenes de un personaje cuya gloria se cimentó en píxeles antes de pasar a polígonos y movimientos de cámara. Hay algunos homenajes, y aquí no puedo ni debo decir nada por temor al spoiler destructor, que a más de uno y a más de dos harán llorar lágrimas de pura nostalgia.

En el apartado visual, Odyssey no destaca especialmente o no supone una revolución respecto a títulos anteriores. El diseño de niveles es bastante simplote, con escenarios cerrados (aunque muy amplios, como el del desierto), en forma de islas flotantes rodeadas por paisajes espectaculares. La efectividad del juego nos hace creer siempre que todo es más amplio de lo que es en realidad, que los secretos y rincones ocultos no se van a acabar nunca, algo a lo que contribuye el post-game, del que luego hablaré.

Mario está animado de forma magistral, como no podía ser de otra forma, y resulta más expresivo que nunca. Es el primer juego en 1080p del fontanero y aunque Super Mario 3D World ya lucía de escándalo en alta definición, aquí se da un pasito más en esa cercanía del juego con los títulos de la factoría de Pixar. Escenarios como la aldea mexicana de los muertos o el reino de los fogones (y algún otro que no puedo desvelar) son absolutamente maravillosos y pasan, por derecho propio, a formar parte del canon de grandes aciertos de la franquicia: coloridos, llenos de vida, en perfecta sintonía con lo que uno espera de un juego de Mario.

Hay otros, sin embargo, que no me han cuadrado tanto, y conste que no me refiero con ello a New Donk City y sus inquietantes y clónicos transeúntes humanos, con los que Mario establece un curioso contraste de proporciones. No sé si es porque Nintendo cree que Switch necesitaba demostrar músculo técnico o por qué otro extraño motivo, pero en el juego hay ciertos escenarios y personajes, como ese tiranosaurio y otros como el dragón, que por su ultrarrealismo son abiertamente incoherentes con otros, y en el caso de los animales, respecto incluso de otros ejemplares de su misma especie dentro del propio juego.

No hay una justificación a este motivo, que lleva a sentirnos a veces en dos juegos diferentes: aquellos que entroncan con la tradición de diseño y estos otros que, sinceramente, serán muy espectaculares pero están vacíos de personalidad. Lo del dinosaurio es realmente significativo porque, después de toda la matraca publicitaria, resulta que solo lo manejamos en un par de breves momentos en todo el juego y se acabó, lo que lleva a pensar más en un reclamo que en un elemento de diseño integral del juego.

Todo se mueve, en cualquier caso, con bastante fluidez, y a pesar de estas evidentes incoherencias de diseño, que a mí me sacaban del juego en cuanto hacían acto de presencia, he disfrutado tanto en el modo portátil como en el de sobremesa. El juego es muy inteligente al disimular sus carencias técnicas cuando lo sacamos del dock, convirtiendo en 2D los personajes y escenarios más alejados para evitar problemas de frame. A esta fluidez contribuye un control sensacional con cualquiera de las posibilidades que ofrece la consola.

En el apartado sonoro, tanto su galería de sonidos como de melodías se insertan en una tradición ya establecida, por lo que vamos a recuperar muchos de los clásicos en este aspecto, siendo las nuevas composiciones las que están un pasito por detrás. Resulta curioso esto ya que, precisamente, los últimos juegos de la saga han ido incorporando grandes temas al repertorio, como los Galaxy o Mario 3D World.

En cuanto a las mecánicas, y al margen de la ya señalada de las posesiones o algún que otro nuevo salto que se incorporan a la galería clásica, hay un detalle que me ha llamado la atención, y que tiene que ver con los numerosos skins del personaje de Mario. Podemos ir a unas tiendas en cada mundo y cambiar monedas doradas o moradas (únicas de cada mundo) para comprar una serie de objetos, como pegatinas o recuerdos para decorar la nave, o trajes y gorros nuevos para Mario. Digo que me llama la atención que en ese festival de ideas en que se convierte por momentos el juego, los skins se hayan limitado a un elemento meramente estético, que no afecta en absoluto a la jugabilidad, más allá de alguna animación concreta en lugares de climas extremos o a la posibilidad de acceder a ciertas lunas solo si se lleva el atuendo correspondiente. Entiendo que con el tema de las posesiones ya hay habilidades extra para rato (en la playa se pueden poseer pulpos para propulsarse sobre el aire o peces para nadar bajo el agua, por ejemplo), pero aun así se me ocurre que esto podría ser un añadido para ese Super Mario Odyssey 2 que, estoy seguro, se producirá de aquí a un par de años.

Capítulo aparte merecen esos jefes finales, una familia de conejos bastante descacharrante, que aunque he visto a mucha gente criticar no termino de entender bien del todo el por qué. Es cierto que sus mecánicas son sencillas y algo repetitivas, pero le dan un cierto aire de objetivo concreto a ciertos escenarios y no me han molestado especialmente, como sí pasaba con este tipo de situaciones en los Marios 3D últimos, tanto en Wii U como, sobre todo, en 3DS. No es el punto más fuerte del juego, de eso no cabe duda, pero no es algo por lo que yo le restaría nota (como sí hago, por ejemplo, con el dichoso dragón sacado de Skyrim).

En definitiva, y al margen de esto que no deja de ser un conjunto de inmensas menudeces, Super Mario Odyssey me ha conquistado por un desarrollo largo, profundo y variado como hacía mucho tiempo que no me ofrecía un juego del fontanero, con una exploración mucho más abierta, libre y bien estructurada que los últimos títulos y con una ambición decididamente mayor, que fue lo que critiqué abiertamente del anterior juego de Mario en Wii U. A mi juicio no llega a la altura, ni por asomo, de Breath of the Wild respecto de revolución respecto de su saga, e incluso yo diría que está varios pasos por detrás de Super Mario Galaxy (para mí el mejor de toda la franquicia) y Mario 64 (el más revolucionario), pero que es el mejor Mario en toda una década y un juegazo como la copa de un pino, eso no creo que lo discuta nadie.

Nintendo Switch ha pasado un año que podríamos calificar como propio de una montaña rusa, con un lanzamiento muy esperado, unas ventas asombrosas y, sin embargo, la incapacidad de configurar un catálogo realmente seductor hasta este último tercio del año, cuando a la larga lista de ports de Wii U (y los que quedan) y juegos menores ha empezado a añadir juegos auténticamente exclusivos de una calidad contrastada. El primero de ellos, y con el que entiendo que todo jugador a día de hoy debería estrenar la consola si decide hacerse con ella, es este Mario Odyssey que nos ocupa, un título todo terreno que, en la mejor tradición de los grandes juegos en tres dimensiones del fontanero (Mario 64 y Galaxy), se pone el mundo por montera y lanza a Mario a una odisea que lo lleva por los cinco continentes en un auténtico despliegue de medios jugables que sorprenderá incluso al que, como el que esto escribe, ya pensaba que lo había visto todo en el reino champiñón. Empecemos por las buenas noticias, que son tantas que resulta difícil saber por dónde empezar. Quizá lo más llamativo del título sea la nueva habilidad para poseer a los enemigos, permitiendo a Mario convertirse en goombas, en gotas de lava o en esas tortugas tan incómodas que lanzan martillos como si tal cosa, por poner solo tres de los muchos ejemplos que el juego nos ofrece. Cada nueva especie que poseemos nos permite disfrutar de habilidades nuevas y resultan imprescindibles para llegar a ciertas lunas, las nuevas estrellas del juego, que sirven a su vez para impulsar nuestra nave, la Odyssey, a nuevas zonas inexploradas del mapa. Lejos de resultar algo anecdótico, la posesión de enemigos se convierte en la mecánica principal del juego, a la que la gorra añade nuevas funciones como la de poder arrojarse como arma o alcanzar ciertas zonas de otro modo inaccesibles, lo que, unido a la larga lista de movimientos y saltos de Mario, convierte el juego en todo un festival de posibilidades. Todo en Mario Odyssey está hecho para gustar. Es un juego directo, sencillo en su propuesta y condenadamente divertido de jugar, que atrapa tanto a noveles como a veteranos con una descarada frescura y, al mismo tiempo, conciencia de franquicia como no se había visto antes. El título es consciente de que ya hay más de tres décadas a espaldas de su simpática mascota, por lo que todo son referencias a títulos anteriores, desde el Donkey Kong original con esa ciudad que tanto me asustó con el primer tráiler y que, sin embargo, funciona tan bien como escenario jugable, como esas (muy) numerosas y bienvenidas secciones en dos dimensiones que se quitan el sombrero ante los orígenes de un personaje cuya gloria se cimentó en píxeles antes de pasar a polígonos y movimientos de cámara. Hay algunos homenajes, y aquí no puedo ni debo decir nada por temor al spoiler destructor, que a más de uno y a más de dos harán…
Gráficos - 88%
Sonido - 94%
Banda Sonora - 93%
Mecánicas / Jugabilidad - 96%
Duración - 98%
Originalidad - 87%

93%

Mario protagoniza, una vez más, un juego de aventura y plataformas sencillamente magistral, que queda a muy pocos metros de los méritos logrados por la saga Galaxy o Mario 64. Visualmente impecable, largo, profundo, variado y repleto de coleccionables y mecánicas nuevas y sorprendentes, es el vendeconsolas exclusivo que Switch necesitaba desde su lanzamiento y que al fin ya tiene. No es una obra maestra debido a un espíritu un poco más conservador del que parece, pero se queda tan, tan cerca...

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