Hay una serie de juegos cuyos personajes, como le pasó a Super Mario Bros en los ochenta o a Lara Croft a mediados-finales de los noventa, que adquirieron una categoría de culto muy por encima de cualquier expectativa. Algo parecido le ocurrió a este erizo que, a principios de 1990, apareció como un huracán para cambiar radicalmente el panorama de los videojuegos y proyectar una sombra que, con sus más y sus menos, ha llegado hasta hoy día superando con creces el mito de Lara Croft y quedando por debajo, eso sí, del fontanero de Nintendo.

Sonic the Hedgehog es mucho más que un juego. Es un símbolo. Es la demostración de que un equipo de desarrollo, liderado por Yuji Naka en este caso, era capaz con tiempo y paciencia de crear una obra maestra que, a la postre, modificaría toda la estrategia de una compañía hasta convencerla de que era rentable vender la consola con un juego emblema, (y de que Alex Kidd era una porquería de mascota, por cierto), e incluso de que llegara a orientar toda su campaña de publicidad e imagen en torno a este nuevo icono. Sonic apareció, vio y venció como los conquistadores antiguos, con unos niveles plagados de plataformas, loopings y velocidad endiablada. Era un personaje carismático y entrañable, capaz de conectar con el público infantil-juvenil de un modo que Mario jamás había logrado hasta entonces, y es que además protagonizaba un juego largo, divertido y soberbio en casi todos sus aspectos. Las desventuras del erizo por devolver la paz a un bosque asolado por las maquinaciones del doctor Robotnik llevan a Sonic por un universo plagado de naturaleza, ciudades, templos y factorías que no hacían sino asombrar a cada paso a un jugador que no daba crédito a lo que veía. El juego ofrecía acción directa y exploración, según el interés del jugador, siendo en ese sentido más profundo de lo que muchos pensaron en su momento. A eso sumaba un diseño de producción fabuloso, unos enemigos robóticos sensacionales y una banda sonora perfecta. Fases como Starlight Zone o la icónica Green Hill se han convertido en un paisaje ineludible del videojuego, y su mascota sobrevive a las barrabasadas de una compañía que lleva más de una década en la deriva más absoluta. No importa. Nada ni nadie puede con Sonic, ni siquiera la propia Sega, y mucho menos mientras perviva la gloria de aquellos primeros cuatro juegos, entre 1990 y 1994, auténticos hitos que cambiaron para siempre la historia de los videojuegos.