Hace 25 años, nació para el mundo del videojuego un icono que marcaría una época. Después de una ardua selección de personajes, Sonic el erizo nacía como respuesta a la necesidad imperiosa de hacer frente al insultante dominio que Nintendo había ejercido sobre el sector durante casi una década.  Tras varios e intensos debates en la sede de la empresa, finalmente fue el diseño de Naoto Ohshima el que se llevó el premio gordo, pero todavía hacía falta lo más importante: crear un juego acorde con dicho personaje.

El algoritmo creado por uno de los genios de la compañía nipona, Yuji Naka, permitía que un sprite se desplazara a gran velocidad y describiera loopings o girase sobre sí mismo. El buen hacer de Hirokazu Yasuhara al frente de los diseños y la dirección del juego del propio Naka dieron como resultado Sonic the Hedgehog, que salió al mercado en junio de 1991 y fue un bombazo inmediato: rápido, brillante a nivel audiovisual, con una banda sonora rompedora y un personaje que hacía las delicias de los jugadores de entonces, el título se convirtió en el buque insignia de una compañía que, en un rasgo más de acierto, decidió colocarlo como parte de un jugoso pack que incluía la consola, dos mandos y el juego.

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La trama del juego es sencilla, como no podía ser de otra forma en aquellos tiempos donde se buscaba a un público infantil de manera directa y efectiva: el malvado doctor Robotnik ha convertido a todos los animales de la isla de Sonic en robots, y es tarea suya devolverlo todo a su estado natural y, ya de paso, recuperar unas preciosas gemas, las Esmeraldas del Caos, con las que Robotnik planea hacerse dueño y señor del mundo. En su camino, Sonic hallará pocas ayudas, a excepción de unos anillos que tienen la virtud de hacerlo más resistente.

Los anillos nos permiten conseguir vidas cuando alcanzamos la cifra de cien y se convierten en nuestros mejores aliados, hasta que nos impacta un enemigo: en ese momento toda nuestra recolección cae y solo tenemos unas preciadas milésimas de segundo para recuperar una mínima parte de nuestro botín. Al margen de eso, Sonic cuenta con ítems encerrados en cajas similares a televisores donde hallaremos escudos protectores, invencibilidad temporal, potenciador de velocidad o anillos en lotes de diez. Todo ello, insisto, por unos niveles amplios, variados y coloridos que van de las cálidas y verdes praderas de Green Hill a la siniestra fortaleza tecnológica del doctor Robotnik.

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A diferencia de lo que mucha gente cree, sin embargo, este título no va exactamente de velocidad. Entregas posteriores, especialmente la segunda, se encargarían de darle esa fama a la saga de descontrol, de vértigo extremo y de llegar a perder incluso el control del personaje. Sin embargo, esta primera parte tiene niveles claramente orientados a la paciencia y a la exploración tranquila, como Marble Zone, donde el componente de la lava nos frena cada dos por tres, o la impagable Labyrinth Zone, uno de los niveles más desafiantes de todo el juego. No todo consiste en echar a correr porque el juego ya se encarga de jalonarlo todo de trampas capaces de hacernos perder todos nuestros anillos.

Las fases del juego son sencillamente soberbias. La variedad de escenarios, situaciones y enemigos es impresionante para un juego de la época, y reta constantemente al jugador para que reanalice cada situación y se adapte a ella. Cada nivel se divide en tres actos, en los que tenemos un máximo de diez minutos para alcanzar la meta. En caso de llegar a ella con más de cincuenta anillos, accedemos a una fase de bonus que, de nuevo, cambia radicalmente las reglas del juego y nos sitúa en un escenario giratorio por el que debemos desenvolvernos jugando con la gravedad hasta llegar al epicentro, donde descansa una de las siete esmeraldas del caos (necesarias para ver el final bueno del juego).

 

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Hay un uso muy inteligente del diseño de niveles en este juego, que hace que cada mundo sea lo suficientemente desafiante como para disfrutarlo y querer saber más. Como era de esperar, al final del tercer acto hace acto de presencia el jefe final, que siempre es el doctor Robotnik subido a alguno de sus cacharros. Aunque los primeros pecan de sencillos no hay que darle demasiado tiempo al juego para que nos saque de nuestras casillas con algunas situaciones realmente desesperantes, como la que nos espera al final de Labyrinth Zone, donde debemos ascender por una garganta que se está inundando mientras esquivamos puntas de lanza y tratamos de alcanzar al buen doctor con nuestro ataque giratorio.

Es posible que los niveles de Sonic pequen, de hecho, de ser demasiado largos. Si apuramos los diez minutos de cada acto podemos irnos tranquilamente a varias horas de juego, lo que hace que de no tener una opción de salvado (que las versiones posteriores del juego añadieron pero el original no tenía), pueda ser todo un desafío llegar al final de una sola pasada. Hacen falta muchas partidas, mucho ensayo y error, para llegar a dominar a un erizo cuyo control, eso sí, es siempre perfecto y milimétrico en cada salto, en cada paso que da.

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Porque si algo da verdadero gusto de este juego, al margen de lo bien que luce todo en él (menudo empleo de los planos de scroll para ser 1991, qué bárbaro), o de cómo aprovecha una paleta de colores y sonido mucho más limitada que la de sus competidoras (la banda sonora es de Oscar, directamente), lo que destaca por encima de todo es el propio Sonic. Despierto, decidido y valiente, el erizo se gana en seguida al jugador con sus constantes animaciones, ya sea haciendo la más trepidante de las acciones o, literalmente, durmiéndose de puro aburrimiento si dejamos el mando de control sin usar durante más de 30 segundos.

Correr, saltar y agacharse serán nuestras acciones básicas, pero no las únicas. En cualquier caso, apenas un botón y el mando direccional sirven para dotar al juego de un estilo de aventura rápido, sencillo y directo, que era capaz de llegar a cualquier perfil de jugador con extrema facilidad. La conexión que se establecía con el personaje y el entorno eran tan espontánea, las mecánicas resultaban tan sencillas y el desarrollo del juego era tan apasionante que resultaba complicado encontrar un solo jugador que le sacara peros al juego, por muy fanático que se fuera de cierto fontanero de la competencia.

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El juego cosechó un éxito sin precedentes, y se convirtió en el más vendido del sistema, con 15 millones de copias, más otras 10 de su sucesivas reediciones. No hay ningún Sonic posterior que alcanzara tal triunfo, ni en ventas ni en críticas, aunque los fans nos dividimos siempre entre cuál de los tres primeros de esta etapa dorada del personaje (1991-1994) es el mejor. Yo personalmente siempre he preferido la segunda entrega por su espectacularidad, aunque reconozco la depuración de mecánicas y nivel artístico y técnico del tercero, y me resulta imposible negarle un ápice de mérito a esta primera entrega que sentó las bases de todo este particular universo, y que catapultó a su mascota y a su compañía al éxito soñado de vencer, aunque fuera solo por un breve lapso de tiempo, a aquel coloso llamado Nintendo.

Sonic es un personaje que, a pesar del sufrimiento que ha hecho padecer a sus fans durante los siguientes veinte años tras su etapa de Mega Drive, sigue permaneciendo en nuestros corazones con esa sonrisa pícara y ese dedo alzado al viento. Aquellos juegos, y en especial esta primera parte que nos ocupa con este personaje entrañable y carismático al que tantos y tan buenos ratos tenemos que agradecer, ha pasado a formar parte de la leyenda viva del sector y se ha convertido en un más que digno referente de una época, aquellos primeros 90, donde se estaban dando pasos de gigante para que la industria se convirtiera en lo que es hoy.

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Hace 25 años, nació para el mundo del videojuego un icono que marcaría una época. Después de una ardua selección de personajes, Sonic el erizo nacía como respuesta a la necesidad imperiosa de hacer frente al insultante dominio que Nintendo había ejercido sobre el sector durante casi una década.  Tras varios e intensos debates en la sede de la empresa, finalmente fue el diseño de Naoto Ohshima el que se llevó el premio gordo, pero todavía hacía falta lo más importante: crear un juego acorde con dicho personaje. El algoritmo creado por uno de los genios de la compañía nipona, Yuji Naka, permitía que un sprite se desplazara a gran velocidad y describiera loopings o girase sobre sí mismo. El buen hacer de Hirokazu Yasuhara al frente de los diseños y la dirección del juego del propio Naka dieron como resultado Sonic the Hedgehog, que salió al mercado en junio de 1991 y fue un bombazo inmediato: rápido, brillante a nivel audiovisual, con una banda sonora rompedora y un personaje que hacía las delicias de los jugadores de entonces, el título se convirtió en el buque insignia de una compañía que, en un rasgo más de acierto, decidió colocarlo como parte de un jugoso pack que incluía la consola, dos mandos y el juego. La trama del juego es sencilla, como no podía ser de otra forma en aquellos tiempos donde se buscaba a un público infantil de manera directa y efectiva: el malvado doctor Robotnik ha convertido a todos los animales de la isla de Sonic en robots, y es tarea suya devolverlo todo a su estado natural y, ya de paso, recuperar unas preciosas gemas, las Esmeraldas del Caos, con las que Robotnik planea hacerse dueño y señor del mundo. En su camino, Sonic hallará pocas ayudas, a excepción de unos anillos que tienen la virtud de hacerlo más resistente. Los anillos nos permiten conseguir vidas cuando alcanzamos la cifra de cien y se convierten en nuestros mejores aliados, hasta que nos impacta un enemigo: en ese momento toda nuestra recolección cae y solo tenemos unas preciadas milésimas de segundo para recuperar una mínima parte de nuestro botín. Al margen de eso, Sonic cuenta con ítems encerrados en cajas similares a televisores donde hallaremos escudos protectores, invencibilidad temporal, potenciador de velocidad o anillos en lotes de diez. Todo ello, insisto, por unos niveles amplios, variados y coloridos que van de las cálidas y verdes praderas de Green Hill a la siniestra fortaleza tecnológica del doctor Robotnik. A diferencia de lo que mucha gente cree, sin embargo, este título no va exactamente de velocidad. Entregas posteriores, especialmente la segunda, se encargarían de darle esa fama a la saga de descontrol, de vértigo extremo y de llegar a perder incluso el control del personaje. Sin embargo, esta primera parte tiene niveles claramente orientados a la paciencia y a la exploración tranquila, como Marble Zone, donde el componente de la lava nos frena cada dos por tres, o la impagable Labyrinth…
Gráficos - 100%
Banda Sonora - 100%
Sonido - 100%
Mecánicas / Jugabilidad - 100%
Duración - 100%
Originalidad - 100%

100%

Clásico entre los clásicos, el Sonic original permanece 25 años después como una joya indiscutible, no ya del catálogo de Mega Drive o de los 16 bits en general, sino como uno de los mejores y más determinantes juegos de todos los tiempos: largo, profundo y visualmente impecable, con unos personajes radiantes y un protagonista que es puro carisma, no se le puede pedir más al sistema para el que fue concebido y al que llevó a la gloria. Y ahora, con la cantidad de alternativas existentes para rejugarlo o experimentarlo por primera vez, es una parada más que obligada para todo aquel que quiera saber de qué va esto del videojuego. Una de las mayores contribuciones de Sega, sino la que más, a la historia del sector.

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