Muchos de vosotros ya conoceréis la noticia, que lleva dando la vuelta al globo durante toda la mañana en el sector de los videojuegos: hace pocas horas se han retirado por intervención directa de Sony nada menos que 16 vídeos que mostraban completo el gameplay de The Order 1886, que este viernes prometía con sacar a Playstation 4 del estado de relativa indiferencia de su catálogo. La polémica ha venido principalmente por una serie de rasgos que muy pocos se esperaban, como la imposibilidad de mejorar a nuestros personajes, la nula rejugabilidad del título o, lo más doloroso para muchos, que el vídeo apenas pasaba de las 5/6 horas de duración.

Evidentemente, esta noticia ha caído como una bomba en las oficinas de Sony, que andará buscando alguna fórmula para impedir las cancelaciones de reservas de un juego que estaba destinado a ser el salvador de la consola durante el periodo invernal. Y es que, antes de entrar en el debate acerca de la duración de los videojuegos, me parece esencial establecer una premisa de partida: nadie, absolutamente nadie, ni desde la desarrolladora Ready at Dawn como de la distribuidora, se ha atrevido antes de hoy a hacer mención alguna a la duración de un título que, si finalmente se confirmara tan breve, sería a todas luces insuficiente. Fuentes de Sony nos han asegurado que la duración del juego no se corresponde con lo aparecido en Internet, y que cabe esperar una duración similar al del primer Uncharted (en torno a 8/10 horas).

La cuestión no me parece trivial. Recordemos que no estamos hablando de un DLC que se añade a un título mayor a un módico precio (como pasó, muy a pesar de Kojima, con Ground Zeroes, que también tuvo su polémica por el mismo asunto). Se trata de un juego triple A, una superproducción en toda regla de la que se lleva hablando años, con trailers, noticias, reportajes en revistas y webs de consumado prestigio… Es un juego desarrollado por una compañía que hasta ahora solo había hecho los dos God of War aparecidos para PSP, sí, pero que presumía de ser el techo técnico de la consola (y de la nueva generación) hasta la fecha, y con una capacidad nunca vista hasta ahora de combinar las secuencias cinemáticas con el juego, sin transiciones, sin bajadas de calidad como las de juegos tan señeros como el mismísimo The Last of Us (ahí es nada).

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Parto también de una opinión sensata y razonable (y por tanto aprendida de gente más sabia), según la cual un juego no es mejor por durar 200 horas, y que experiencias breves e intensas, como las que puede provocar Journey con sus dos horas de poesía digital, son casi tan satisfactorias o más que las cientos que comparten Trevor, Michael y Franklin en su magnífica y casi infinita Los Santos. Es decir, que la duración de un título en sí no debería condicionar la calidad global de ningún juego, ya sea por exceso o detecto.

El problema para mí viene cuando se aplica a un género concreto, a unas mecánicas en concreto, a un título en particular. Alien Isolation, del que hace muy poco os ofrecí mis impresiones, me pareció una experiencia fabulosa que se habría beneficiado, y mucho, de una reducción temporal que dejara la experiencia en torno a las 8-10 horas, es decir, más o menos la mitad de su duración global. La intensidad de la historia, la ambientación y los personajes pedía a gritos una reducción del monótono pasilleo por los mismos escenarios una y otra vez, porque en lugar de sumar supuesto contenido restaban interés y tensión a una trama que pedía a gritos precisamente aquello de lo que más adolecía.

Hace unos meses, cuando andaba enfrascado en los análisis de FIFA 15, Call of Duty Modern Warfare o GTA V, me asaltó este mismo pensamiento: más allá de que gusten más o menos estas franquicias o se esté de acuerdo con su modelo de negocio, lo que me parece indudable es que garantizan una vida útil de, como mínimo, un año entero (literalmente, entero). La relación entre el precio pagado y la cantidad de horas que se disfrutan, fundamentalmente a través de los servicios online, es sencillamente incomparable, y provocan un agravio comparativo con otro tipo de juegos que muchos de ellos no pueden resistir. Ahí están los resultados, que demuestran con ventas puras y duras que millones de jugadores apoyan este modelo y lo disfrutan durante meses y meses.

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El caso de The Order 1886 no me parece comparable. No es que esté escrito en ningún lado que deba durar tal o cual cifra de horas, y evidentemente que respeto la visión de sus creadores, faltaría más, pero creo que a este tipo de juegos (los First Party exclusivos, triple A, etc, etc, ) se le suele exigir normalmente una duración estándar, de entre 15 y 20 horas sumando campaña y diversos modos de juego. El hecho de que tampoco posea multijugador no es una buena noticia, porque ni siquiera tiene un miserable cooperativo online, que se supone que en esta generación es santo y seña.

Desde su anuncio, hace ya demasiado tiempo, The Order 1886 ha tenido una recepción más tibia de lo esperado seguramente por Sony, con muchas dudas por parte de la crítica de que el juego fuera lo suficientemente variado, profundo, duradero o rejugable, y lo ocurrido hoy mismo no hace sino confirmar la impresión que me causó en su momento: que es un juego para alquilar y disfrutarlo un fin de semana, por el que pagar 2 o 3 euros y saborear, eso sí, toda su intensidad cinemática y todas esas historias que quedan tan bonitas en los panfletos de marketing.

Evidentemente, las virtudes del título siguen ahí, como su apartado técnico fastuoso, su acertada ambientación y diseño de producción, el misterio que rodea su historia y esos gadgets que prometen hacernos levantar de la silla, y estoy convencido de que, mientras dure, será una experiencia intensa y apasionante. Lo que no tiene sentido es tirarse de los pelos porque los jugadores prefieran ahorrarse esos 70 euros para juegos que les garantizan un contenido superior, y una rentabilidad mayor a largo plazo. No se trata de preferencias, odios o entierros prematuros, señores de Sony: si finalmente se cumplen los sombríos pronósticos, es simplemente sentido común.

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