Desde que comenzó su andadura, allá por 1992 para Super Nintendo, la saga Mario Kart se convirtió en un fenómeno que ha dejado muy atrás el éxito de otros spin-off menores del fontanero bigotudo, como Mario Party, Mario Tennis, etc., hasta el punto de discutirle en ventas a las entregas de plataformas, santo y seña de la compañía.

La fórmula, ideada un poco por casualidad mientras los desarrolladores de Nintendo trasteaban con el modo 7 y la posibilidad de recrear escenarios en un pseudo-3D, permitió a la galería de personajes famosos de la compañía saltar sobre un kart y pelearse en carreras alocadas con ítems explosivos, bananas traicioneras y todo tipo de artimañas, en un arcade tan apasionante como legendario. Desde entonces, y ya ha pasado más de un cuarto de siglo, la saga ha dominado con puño de hierro el propio género que inventó, y al que se han ido sumando un buen número de títulos que aspiran a, como mínimo, seguir esa estela de éxito de Mario sobre ruedas.

Así, tuvimos ya en generaciones siguientes títulos como el fenomenal Diddy Kong Racing (1997) a cargo de Rare, que llegó a discutirle el título de mejor juego del género en Nintendo 64 nada menos que a Mario Kart 64 (1996). En una vuelta de tuerca del concepto del original, y a diferencia de lo epigonal que habían sido en Rare con Banjo-Kazooie respecto de Mario 64 en el terreno de las plataformas, aquí se liaron la manta a la cabeza y, además de los ítems y autos locos, incluyeron hovercrafts y aviones con los que poder recorrer unos circuitos llenos de carisma; metieron en el plantel a gente como Banjo o Conker, protagonistas de futuros títulos de la compañía, y se permitieron el lujo de incluir jefes finales y hasta un mundo oculto en medio de aquella isla tropical llena de tesoros.

Diddy Kong Racing juega un papel importante en este subgénero porque se atrevió a cuestionar la fórmula oficial; fue, de hecho, uno de los pocos que lo hizo en firme, con una propuesta de vehículos que Nintendo llevaría a su manera en Mario Kart 7 (2013), con determinados momentos donde los karts planeaban o iban bajo el agua, y que recuperaría muchos años después Sonic & Sega All Star Racing Transformed (2012), donde había ciertos tramos en los que los coches se transformaban en vehículos de agua o aire.

Poco tiempo después del juego de Rare, apareció Crash Team Racing (1999), que cogía a los personajes de la exitosa franquicia de Naughty Dog para Playstation. Los mimbres, eran de nuevo, tan similares a Mario Kart que las comparaciones eran inevitables: personajes graciosos, estilo cartoon colorista, ítems de ataque y defensa, turbos en acelerones en el suelo… las similitudes eran tan salvajes que a mí en aquella época me dio por pensar que Nintendo tendría que haber patentado una idea que, en el colmo de los colmos, llegaron a plagiar de manera descarada hasta los de Lucasarts, haciendo una aberración llamada Super Bombad Racing (2001) con personajes cartoon del no menos infame Episodio 1… sin palabras.

La lista fue creciendo con el tiempo, con títulos como el intento de Sega con Sonic All Stars Racing (2010) y sus secuelas, Konami con su Konami Krazy Racers (2001), Sony en Modnation Racers (2010), Angry Birds go, Cars 3… La lista es interminable, con todos y cada uno de los juegos siguiendo el mismo patrón de personajes cabezones, carreras en circuitos cerrados con ítems, espíritu arcade.

Ahora, con el lanzamiento de Crash Team Racing Nitro Fueled, que está recibiendo una excelente (y merecida) acogida, surge como siempre la duda de qué pasa con un género que, es evidente, sigue teniendo como principal referente a una Nintendo que a mí, personalmente, con Mario Kart 8 y su versión para Switch me ha convencido de que es realmente complicado superar semejante listón. Por lo poco que he podido jugar al juego de Crash, ni el control es tan fluido, ni los personajes tan carismáticos (ay, ese oso polar…), ni los circuitos tienen el mismo encanto o excelente diseño. Esto no deja de ser un remake, muy respetuoso con el diseño de circuitos del original, por cierto, al que se le notan los años.

Ojalá se atrevan en Beenox, responsables del remake, de hacer un juego completamente de cero, donde se permitan el lujo de incorporar las suficientes novedades como para no seguir considerando este y tantos otros títulos como eternos, e infructuosos, aspirantes al trono de hierro (al verdadero) que ostenta el fontanero y su pandilla.