Se está hablando bastante estos días acerca de las novedades respecto a las ferias de videojuegos en España. Con el ruido que estamos empezando a notar ya con el pre-E3, es un buen momento para hacer una pequeña reflexión sobre este tipo de eventos.

Desde hace algunos años se viene celebrando, con mayor o menor fortuna, la llamada Madrid Games Week en la campaña de otoño. Es una buena época para hacerla, justo antes de la campaña navideña, aunque ha habido una serie de factores que le han impedido estar a la altura de lo que a todos nos gustaría.

Para empezar, el hecho de que sea una de las últimas ferias del circuito europeo tiene la consecuencia directa de que muchas de las demos que llegan son las que se llevan presentando desde finales de primavera o el E3, por lo que algunas llegan claramente desactualizadas frente a vídeos y gameplays que ya se pueden disfrutar en Internet. Por otro lado, la organización ha ido descontrolando bastante el tema del público asistente, que cada año se congrega de forma cada vez más masiva, por lo que se pueden llegar a formar colas de hasta cuatro o cinco horas. El delirio llega cuando algunas de esas colas son no ya para jugar a una demo sino, directamente, para ver un vídeo o un trailer. De locos.

Reconozco que la última vez que asistí a esta feria me llevé una gran decepción, y eso que se nota el empeño de la organización por animar el asunto con torneos de juegos de lucha, carreras o deportes, concursos de baile y algún que otro espectáculo y charla interesante. Sin embargo, sigue sin haber un espacio significativo para la escena indie, dejando las mayores zonas para los stands de las compañías de mayor peso y el merchandising de turno.

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Cuando supe que este año la feria tendría lugar en Barcelona me pareció bien: es una ciudad con una enorme proyección europea e internacional y quizá disponga de mejores medios, infraestructuras y una organización más cabal que le den al proyecto el canal que merece. Y además cuenta con la experiencia, muy positiva, del Gamelab, que todos los años a finales de junio permite que el sector del videojuego en España dé pasos firmes para consolidarse en el ámbito más profesional.

También celebro que esto no suponga la anulación de Madrid como espacio de videojuegos en el futuro, de modo que en un mundo ideal ambas podrían coexistir, quizá en mejor temporadas diferentes del año por aquello de evitar competencias innecesarias, y abra un poco más el espacio del videojuego a nivel nacional, que falta le hace.

Por otro lado, creo que la gente que está realmente metida en el mundo de los videojuegos y tiene acceso diario a páginas de información relativas al medio, poco o nada va a conocer en dichos eventos, si acaso echar una partida a este o a aquel juego del que tanto han oído hablar. Es evidente que estos eventos no tienen el calado no ya de un E3, sino de la Gamescom, el Tokyo Game Show o la Games Developers Conference. Ahí es donde realmente se producen los anuncios más relevantes de la industria.

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No obstante, la inmediatez de Internet ha hecho que incluso estas grandes ferias internacionales pierdan algo de relevancia respecto a épocas pasadas. Suele ocurrir, cada vez con más frecuencia, que se filtran noticias y dan la vuelta al mundo con tanta rapidez que poco o nada pueden hacer las compañías para frenar dicha información.

Para las compañías, además, acudir a estos eventos supone también una inversión y un riesgo. La inversión económica, sobre todo para según qué desarrolladora, no es ninguna broma, pero es que peor aún puede ser el riesgo de que tal o cual demostración pegue un patinazo como los que hemos visto tantas veces y deje en un pésimo lugar el juego que se pretende dar a conocer a bombo y platillo.

En ese sentido, el movimiento de Nintendo a la hora de retirarse de este tipo de escenarios y fiarlo todo a la carta del Nintendo Direct (más económico, infinitamente más controlado en cuanto a lo que se ofrece directamente al usuario) podía parecer excesivamente arriesgado en su momento, pero se ha revelado como una decisión inteligente para una compañía que, frente a las demás, apuesta por una innovación que no siempre es sinónimo de éxito.

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Para el presente E3, por ejemplo, la expectación que había hace unos meses se ha ido diluyendo en parte por los anuncios de las propias compañías, como la rajada monumental de Nintendo, las confirmaciones de determinados retrasos o ausencias, etc. Por ahora, el mayor interés (y esto matizando mucho el término “mayor”) es ver las casi ya confirmadas PS4K y Xbox 1.5, así como las últimas novedades en el tema de la realidad virtual. No se esperan grandísimos bombazos o una cantada como la que protagonizó Sony el año pasado al anunciar de golpe y porrazo Shenmue III, The Last Guardian y el remake de Final Fantasy VII.

Evidentemente, siempre quedar margen para la sorpresa, pero este año se me antoja más escaso que en otras ocasiones. En cualquier caso, me parece significativo que cada vez más compañías saquen sus conferencias del E3 o recurran a eventos digitales, y me temo que o bien se adaptan a los nuevos tiempos o de lo contrario su relevancia irá perdiendo cada vez más peso específico. El hecho de que prácticamente todas las conferencias relevantes se difundan en tiempo real por Internet hace bastante absurdo que los medios de comunicación se peleen por estar en primera fila de un evento que, francamente, se ve mejor desde casa y con la ventaja de no tener que hacer el desplazamiento ni la inversión que supone acudir a este mega evento.

Sea como fuere, a nivel nacional me parece estupendo que Madrid y Barcelona cuenten con sus respectivas ferias de videojuegos, aunque solo sea para potenciar la industria de cara al público menos especializado, y que el E3 se mantenga ahí al pie del cañón y, por increíble que parezca, con la capacidad intacta de renovar las ilusiones de millones de jugadores.

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