Desde hace años vengo observando, con una mezcla de curiosidad y tristeza, cómo el modelo de negocio de los videojuegos está modificando el panorama de una manera radical, hasta el punto de que no parece descabellado afirmar que, de aquí a un tiempo, asistiremos a la muerte de las consolas, tal y como las hemos conocido.

Para los que hayáis seguido la serie de reportajes de La guerra de las consolas, en la que hemos hecho un repaso sobre la trayectoria de las diferentes compañías de hardware y su suerte dispar desde los años 80 hasta esta última generación, ya sabéis que hay una serie de patrones (lanzamiento de consolas, títulos clave exclusivos, etc.) que han ido conociendo mutaciones progresivas: Internet, juego online, DLC’s, etc.

Ahora mismo, el lanzamiento de las consolas de próxima generación está envuelto en un revuelo tremendo, como yo no recuerdo haber vivido nunca, porque por primera vez se habla en serio de un cambio radical de paradigma. Todas esas mutaciones o variaciones significativas que hemos venido contemplando en los últimos años pueden adquirir un carácter aún más fuerte si, como parece, ciertas empresas deciden dar un paso crucial: los servicios de juego a través de plataformas en línea.

Estamos un poco cansados del tópico del “Netflix de los videojuegos”, apuesta que ya se ha intentado, sin éxito, por parte de empresas menores (y otras no tanto). Pero lo cierto es que si Sony y Microsoft deciden apostar de verdad por algo así, dando continuidad y expansión a sus servicios de Playstation Now y Xbox Gold Pass, los cimientos de la industria podrían tambalearse.

No estamos tan lejos de algo así. Cada vez más, los juegos en formato físico son una rémora del pasado: ahora mismo las grandes compañías, como Activision o Rockstar, ofrecen datos muy prometedores de las ventas de dos de los juegos más vendidos del año, los recientes Call of Duty Black Ops IIII y Red Dead Redemption 2, sin hacer una sola mención a copias físicas.

A las compañías les interesa enormemente la difusión de contenidos a través de Internet. Les permiten un control mucho más directo sobre las ventas y elimina trámites de fabricación y distribución. Elimina el problema de la segunda mano y la piratería, y además centraliza todos sus servicios y obliga a los usuarios al pago de la cuota de Internet que aún algunos se resisten a pagar. Todo ello, por cierto, con una política de precios absolutamente inexplicable donde se cobra tanto o más por juegos en formato digital que físico.

Además de eso, todas las compañías están haciendo auténticos saqueos en sus catálogos históricos, vaciándolos y llenando las estanterías digitales con remasters, ports, remakes y toda clase de variantes que actualizan juegos que parecían perdidos o que formaban parte de catálogos históricos. No tiene el menor sentido ser un coleccionista de juegos de PS3: con alguna honrosísima excepción, teniendo una PS4 se accede al mismo catálogo, más los exclusivos del nuevo sistema. Del mismo modo, que alguien quiera coleccionar juegos de Wii U habiendo una Switch en el mercado solo se explica por falta de información del coleccionista o algún tipo de motivación estrictamente personal, lo mismo que en el caso de Xbox, que con su política de relativa retrocompatibilidad elimina cualquier asomo de competencia interna. Tener una Xbox One X y tener todas las Xbox es una realidad más que seductora para cualquier usuario histórico de la compañía.

El hambre de las empresas es cada vez más insaciable, y se extiende a unos catálogos absolutamente abarrotados, no necesariamente de títulos de calidad, al que se suman las consolas mini de Nintendo y ahora de Sony. Nadie se salva: todas las franjas de edad se cubren, todas las vetas de nostalgia o de novedad están más que satisfechas: hay de todo y para todos, al precio que cada uno quiera pagar, y donde cada vez el hardware importa menos. La política de las empresas es cada vez más agresiva: Nintendo, que ha confirmado que va a endurecer su política de DLC’s para obtener más benficios, va a arrasar estas navidades con un port lleno de contenido de Smash Bros, a 70 euros, y ya ha anunciado la presencia de seis nuevos luchadores a 5 euros cada uno. La compañía lanzará cuatro ediciones especiales de Switch estas navidades con diferentes títulos para, nada más terminar la campaña promocional, sacar una nueva versión de la consola mejor y, presumiblemente, más cara. Red Dead Redemption 2 agotó una edición de material de coleccionista el mismo día de salida que costaba 100 euros y que no incluía el juego. Sony venderá una versión en miniatura de su consola original a 100 euros con un catálogo de 20 títulos cuestionado en más de la mitad de dicho catálogo. No importa. Los beneficios están asegurados: Switch ya ha superado en ventas a Gamecube y va camino de zamparse a Nintendo 64 en menos de un año; Red Dead Redemption 2 despachó más de 8 millones de copias en apenas tres días y se ha convertido en el producto de ocio que más dinero ha generado en menos tiempo en la historia, y Sony venderá su versión mini de Playstation casi con la misma facilidad con la que ha colocado 86 millones de PS4 en apenas cinco años, tres de los cuales sin un solo juego exclusivo de calidad que justificara su compra.

Si no es en esta nueva generación que se avecina, el desarrollo de las líneas de Internet y sus servidores hará que en el futuro no haga falta una consola de videojuegos, lo que abre un panorama inquietante y donde puede pasar de todo: al no haber sistemas cerrados ni referencia cronológica, todos los juegos valen, de todas las épocas, mientras las empresas puedan mantener los servicios. El volumen de negocio de esta industria es tan bestial que cualquier política, por ambiciosa que parezca, se va a quedar corta.