Eiji Aonuma, el inagotable cerebro tras la saga Zelda desde hace casi dos décadas, apuntó el otro día una posibilidad que muchos nos temíamos ya: que Skyward Sword será porteado a Switch a no mucho tardar. El juego, que fue lanzado para Wii en 2011 y supuso el canto de cisne de aquel polémico sistema, tenía como principal reclamo y baza su revolucionario uso del Motion Plus, un sistema de control por movimiento mejorado respecto del lanzado originalmente con la consola, que tenía una mayor sensibilidad y mejor respuesta a los desplazamientos del usuario.

En su momento, el juego recibió el aplauso unánime de una crítica que, como suele pasar casi siempre, se fue apagando conforme pasaban los años y las costuras de aquel título eran ya imposibles de disimular. Aquellos dieces que le pusieron se fueron convirtiendo, en palabras de aquellos mismos críticos, en veladas y cada vez menos sutiles indirectas hacia un juego que tenía una auténtica catarata de problemas, el mayor de los cuales era precisamente un sistema de control que había que estar calibrando cada dos por tres. De todos los Zeldas de sobremesa lanzados de la saga, este ha sido con diferencia el más olvidado, junto con Zelda II para NES, y al que menos se hace referencia cada vez que se habla de las excelencias de una saga que aquí tiene uno de sus puntos más olvidables.

Debo reconocer que, cuando trabajé en 2016 en el especial 30 aniversario de la saga para El Rincón del Píxel, tenía planeado analizar también Skyward Sword, un juego que en su momento me pasé dos veces seguidas para completar el modo héroe, y que recordaba haber disfrutado bastante, en especial contra algunos jefes finales memorables, como aquel robot de seis brazos armados que debíamos ir cortando uno a uno, aquel diseño artístico tan bien resuelto o aquella banda sonora tan magistral que, por primera vez en toda la franquicia, contaba con orquestación y dejaba ya de lado definitivamente los jurásicos sintetizadores previos.

Y sí, allí seguían todas aquellas virtudes (lo de la banda sonora de este juego es de locos, en serio; quizá sea la mejor de toda la saga, y creo no exagerar al decir esto) y otras tantas, faltaría más, pero también estaba la insoportable Fi, sin olvidar un desarrollo absolutamente lineal, plomizo, previsible y aburrido, una estructura totalmente restrictiva de juego que nos obligaba a ir por pasillos muy mal disimulados y a combatir veinte veces contra los mismos enemigos (cómo detesto al dichoso durmiente y sus dedos infernales, o a Grahim y sus odiosas mecánicas), y un largo etcétera de malas decisiones aún peor ejecutadas. No logré terminar el análisis, lo admito, porque me faltó paciencia para volver a tragarme aquel sistema de vuelo por aquel cielo vacío de contenido, aquellas zonas aisladas y geográficamente tan limitadas y tópicas del bosque, el desierto y la montaña de fuego, y porque justo cuando estaba debatiéndome entre si seguir o no con aquella tortura, apareció Breath of the Wild y aniquiló, de un plumazo, todas aquellas fórmulas tan envejecidas y me trasladó a otro universo jugable, tan apasionante como inédito en una saga que llevaba casi veinte años tratando de quitarse la pesada sombra de Ocarina of Time, y que Skyward Sword representa como el último eslabón de una cadena de sonoros batacazos sin éxito.

Por todo ello, que nos vengan ahora con este cuento del port me parece preocupante por varios motivos: creo, sinceramente, que los usuarios de Switch se merecen un port de un Zelda superior, y aquí entran desde Ocarina of Time 3DS a Wind Waker HD (cuanto más pasa el tiempo por este juego más se revaloriza, qué bárbaro), pasando por un A Link Between Worlds, que en Switch luciría de fábula. Entiendo que Nintendo tenga que sacarle rentabilidad a su catálogo, y en especial a una saga en la que invierte mucho dinero, pero por más que un lavado de cara en HD y algunos retoques aquí y allá le vendrían de fábula, yo casi que prefiero ver casi cualquier otro juego de la saga, insisto, menos un Skyward Sword que ha envejecido fatal y que por mucho que admita el control de movimiento por los Joy Cons no se sostendrá en el modo portátil con control tradicional, porque perderá la única gracia que tenía aquel fallido experimento. Desde luego, si se va a hacer esto en serio, hay que cambiar algunas cosas: reducir el número de enfrentamientos innecesarios, lágrimas del mundo oscuro (como ya se hizo en Twilight Princess HD, por cierto) y, sobre todo, garantizar la posibilidad de poder jugar en modo portátil en Switch sin la obligación del control por movimiento. La pregunta es, ¿se atreverá Nintendo a hacer algo así?

En cualquier caso, hay algo en todo esto que me mosquea mucho, y que estoy seguro de que en Nintendo lo habrán pensado largo y tendido: dudo mucho que cualquier usuario de Switch que haya probado las bondades de Breath of the Wild trague lo más mínimo con la propuesta de juego tan limitada que ofrece Skyward Sword. Después de deambular por un Hyrule inmenso y lleno de posibilidades con el mejor juego de 2017, viajar al lejano Skyloft de 2011 sería un paso atrás tan gigantesco que no concibo cómo espera Nintendo vendérnoslo en condiciones, y convecernos más allá del reclamo de su poderosa franquicia. Veremos.