Hace más o menos un par de décadas comencé a valorar de otro modo mis consolas y juegos, y empecé también a sentir una especial satisfacción en ir poco a poco agrupando una pequeña colección por cada uno de aquellos sistemas con los que pasaba tantas horas. Hasta entonces había una imposición paterna según la cual por cada consola que entraba debía haber una consola que salía, lo que ayudaba también a desgravar económicamente el asunto. Así, sucesivamente fui perdiendo importantes catálogos en Mega Drive, Super Nintendo o Sega Saturn, mis primeras consolas, que servían para pagar las siguientes.

En su momento no me importó demasiado, quizá porque no era capaz, por edad o por inconsciencia, de darme cuenta del patrimonio que perdía con aquellas ventas, o porque estaba tan deslumbrado por la novedad siguiente que no me paraba a pensar realmente en lo que suponía aquello. Así, juegos como la saga entera de Sonic, los Donkey Kong Country o Virtua Fighter 2, Nights y Sega Rally fueron desfilando en aquellas masacres, siempre con la promesa de horizontes mejores.

640full-nintendo-64-cartridgesYa en la época final de Saturn sentí bastante pena al deshacerme de tal cantidad de obras de arte, pero recuerdo perfectamente que unos años más tarde, con Nintendo 64 en la escena, me planté. Hubiera sentido que me arrancarían el alma si me deshacía de mis amados Ocarina of Time, Mario 64 o Goldeneye 007. Por ahí sí que no pasaba. Fue la primera vez en que sentí que aquellos juegos me pertenecían, que formaban parte de mi juventud como jugador, del mismo modo que La isla del tesoro, La historia interminable o El señor de los Anillos formaban parte de mi juventud como lector.

A partir de entonces, los siguientes sistemas que llegaron (Playstation 2, Gamecube, Playstation 3…) eran recibidos como un primus inter pares, un invitado de lujo (por la novedad) entre iguales de no menos lustre. Y con el tiempo, pude resarcirme y recuperé, gracias a la magia de Ebay (y a una no poco cuantiosa inversión), mis sistemas perdidos, todos los juegos que en su momento tuve que vender y también muchas joyas que no pude probar entonces, entre las que siempre destaco con mucho orgullo la de Panzer Dragoon Saga. Fue reparador, sinceramente, ver que a las estanterías volvían a estar ahí de nuevo el erizo  azul, el mono renderizado o aquella y primera gloriosa aventura de Lara Croft que tan grabada quedó en mi memoria de jugón.

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Dicho esto, tampoco os penséis que mi colección está a la altura de la que aparecen en las imágenes de la entrada, ni mucho menos. A diferencia del salvaje que acaba de completar su colección de juegos de Wii publicados en Estados Unidos, que alcanza la friolera de 1200 títulos, yo siempre consideré que la mejor colección era aquella que sabía combinar sabiamente los 10 o 15 juegos de indiscutible calidad que tiene todo sistema con otros 5 o 10 de categoría ligeramente menor, pero que brillan también con luz propia.

En aquellos tiempos en que uno debía elegir cuidadosamente qué juegos comprar, era obligatorio no jugársela, porque la broma podía salir bien cara. Todavía recuerdo aquel espantoso Forsaken, versión Nintendo 64, que me costó 13.000 pesetas de entonces (78 euros del ala, para que luego digan que ahora está caro el tema) y era un absoluto desastre horripilante que tuve que tragarme con patatas.

No todo juego creo que sea digno de entrar en una colección. A mí, sinceramente, lo que ha hecho NintendoTwizer me parece una salvajada. Precisamente Wii no se caracteriza por tener un catálogo selecto, que digamos, ya que al igual que PS2, su masivo éxito hizo que prácticamente entrara ahí cualquier cosa. Y si os fijáis en la imagen, el propio coleccionista es consciente de que no todos los juegos son iguales, por lo que destaca en el centro algunos de ellos enseñando portada (ahí andan Skyward Sword, Metroid Prime Trilogy, Xenoblade Chronicles, etc.) y deja al resto para hacer bulto.

En realidad, ninguna consola puede presumir de todo su catálogo. Cuando hubo tanta polémica con el asunto de la Mini NES y sus 30 éxitos, a mí todos ellos me parecieron indiscutibles, con alguna que otra excepción, y aunque hay fanáticos que se han dedicado a hacer listas de otros 30 juegos que hubieran añadido, yo creo que es más que suficiente como muestra del talento del sistema y de la capacidad de sus desarrolladores. Precisamente esa cifra, entre los 20 y los 30 juegos, me parece más que suficiente para cualquier coleccionista que se precie.

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La inversión económica que supone coleccionar videojuegos es importante, sobre todo si se trata de una colección hecha sobre la marcha y en el momento de nacer el sistema respectivo, donde cada título se paga a un buen dinero. No quiero ni pensar en los coleccionistas masivos, en la de miles de euros que se dejarán, o en aquellos que se centran en una saga determinada y compran absolutamente todo lo que tenga que ver con ella, ediciones de coleccionista y merchandising incluido.

El mercado del coleccionismo ha encontrado, además, una fuerte oposición con el asunto del mercado digital. Si yo quisiera completar mi exigua colección de Wii con un juego tipo Xenoblade Chronicles, por ejemplo, tendría que pagar en determinados mercados entre 85 euros por una versión de importación o los 200 que puede llegar a costar la edición con mando rojo clásico, mientras que por apenas 20 euros lo tengo en la tienda virtual de Nintendo. Lógicamente, para un coleccionista que lo que quiere es llenar estantería o disponer de ese juego para futuras ventas, la compra en físico le compensará la diferencia, pero si lo que quiere uno es simplemente jugar al juego… no hay color.

Otro problema son los continuos remakes que las propias compañías hacen de determinados títulos. The Legend of Zelda: Wind Waker, en su edición de salida de coleccionista incluía nada menos que Ocarina of Time y su versión Master Quest, que hasta entonces no había salido de Japón. En su momento aquel juego llegó a costar una barbaridad, pero ahora puedes encontrar las versiones HD del primero y la de 3DS del segundo (que incluye la Master Quest también, por cierto), a mi juicio bastante superiores a los originales, por apenas 45 euros sumando ambos títulos, frente a los 250 que te puede costar la edición limitada de Gamecube.

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El coleccionismo es, en definitiva, una forma de vida, y un pequeño museo lleno de recuerdos que sirven, sobre todo a aquel que ha viajado a lomos de cada uno de esos fabulosos animales de ocio, para tener presente su condición de gamer, del mismo modo que una biblioteca lo es para el amante de los libros o una videoteca para el amante del cine. Quizá en el caso de los videojuegos haya mucho listo que se aprovecha del factor de la nostalgia para asaltar la cartera del más despistado, y que se desvirtúe la magia de jugar a tal o cual juego en su sistema original por culpa de (o gracias a, depende del enfoque) esas tiendas virtuales que democratizan los catálogos y los extienden a prácticamente todas las consolas.

Sea como fuere, me gustaría dedicar los próximos meses a hacer, a razón de una entrada por mes, un repaso a los 20 títulos de los sistemas más emblemáticos de la historia de las consolas, aquellos que considero que no deberían faltar en cualquier colección que se precie. Indagaré también sobre los precios de cada uno en el momento de escribir cada artículo, y echaremos cuentas, a ver si sale rentable el asunto. ¡Hasta entonces, pixeleros!

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