Como colofón a esta serie de reportajes sobre conductas razonables a la hora de comprar videojuegos, y después de haber contemplado el panorama general y cuatro cuestiones esenciales a la hora de reflexionar sobre qué papel jugamos en el entramado del negocio del sector, es obligado terminar con esa pregunta que dejamos pendiente en entradas anteriores: ¿Qué puedo hacer para convertirme en un consumidor responsable?

A) Establecer un presupuesto y una planificación de compras aproximada.

Esta primera parada es fundamental si queremos tener un gasto razonable en cualquier gestión económica, pero a veces uno piensa que solo debe hacerla cuando se es mayor y hay facturas e hipotecas que pagar. Nada más lejos de la realidad. Cualquier jugador debería conocer bien cuál es su presupuesto para su afición, y cuáles son las coordenadas de realidad y prudencia en las que debe moverse antes de realizar cualquier compra.

En función de los ingresos y gustos de cada cual ese presupuesto puede variar, lógicamente, pero el objetivo del gamer medio debería estar en rebajar ese nivel de entre 100 y 200 euros al mes que suele gastar, para reducirlo a un nivel lógico, que tenga en cuenta la calidad del título comprado y el tiempo disponible para jugarlo. De ser así, estoy convencido de que se podría reducir como mínimo a 50 euros al mes, un nivel de gasto mucho más lógico tratándose de un hobby, para cualquier economía. Que alguien se gaste entre 1250 y 2500 euros al año es una barbaridad. 600 euros anuales de media siguen siendo mucho dinero, es verdad, pero es un primer paso para convertirse en un consumidor mucho más responsable.

El paso siguiente debería ser, más que establecer un presupuesto mensual, hacer uno anual. Si establecemos un gasto de 300 euros, por ejemplo, que contemple la compra de uno o dos juegos triple A, algunos indies y de segunda mano y alguna excepción, ya cubrimos dicho presupuesto y nos estamos obligando a ser mucho más selectivos con lo que compramos. Para mí ese nivel de gasto, 300 euros anuales, debería ser el objetivo del jugador medio, y obligaría a las compañías a abandonar ciertas prácticas sangrantes de venta que tienen absoluta vigencia en la actualidad.

B) No comprar juegos en su fecha de lanzamiento, como norma general.

Entiendo que esta segunda respuesta parcial puede chocar con el deseo de muchos jugadores de hacerse con sus juegos el mismo día de lanzamiento, por el ansia acumulada, el dichoso hype o evitar que nos revienten secreto alguno de la trama del juego en Internet. Todo eso es comprensible, pero se da de bruces con varias realidades de lo más doloroso, entre las que destacan las siguientes: en primer lugar, los juegos son siempre más caros en su ventana de lanzamiento, y tienden a sufrir bajadas a veces de hasta el 50% en apenas unas pocas semanas. Un poco de paciencia podría haberme supuesto, por poner tres ejemplos que conozco de primera mano, un ahorro de 35 euros en The Last Guardian, si hubiera esperado tres semanas desde que fue lanzado; la colección de Batman Return to Arkham salió a un precio de 50 euros y apenas un mes después estaba a 25, para mi absoluta desesperación. Conseguí Rime el día de su estreno por 35 euros y apenas una semana después lo vi 10 euros más barato. En total, podría haberme ahorrado 70 euros.

Aunque este consejo no se aplica al caso de Nintendo, que suele tener siempre sus juegos a precios muy similares, lo cierto es que la paciencia es un reto ante un negocio tan persistente en que estemos siempre a la última, siempre a la moda de tal o cual juego, pero puede tener un impacto absolutamente positivo en nuestras finanzas si la practicamos con más frecuencia de lo normal.

C) No comprar ediciones especiales, legendarias o de coleccionista, como norma general.

Que no os engañen: el trabajo real, la inversión real de un estudio está siempre en el juego básico, y es ahí por tanto donde reside toda la gracia del asunto. Todo lo demás, ese envoltorio pseudo-lujoso que es el packaging de una edición coleccionista, es simplemente plástico del más barato vendido a precio de oro. No es admisible, ni normal, ni siquiera moral, vender según qué ediciones a según qué precios, como ha ocurrido con prácticamente todos los títulos triple A desde hace varios años, donde se nos incluyen cosas que jamás vamos a utilizar, estatuas de lamentable calidad que no tenemos sitio para colocar en ningún lado, así como mapas, pegatinas o láminas de arte que jamás vamos a volver a ver salvo la vez en que abrimos la caja, por no mencionar bandas sonoras descargables que jamás escucharemos porque estamos hartos de tragarnos esa misma música durante las 50 horas que nos dura el juego.

Evidentemente, habrá excepciones a esta norma y habrá fanatismos que justifiquen lo injustificable. En mi caso, una de las pocas ediciones especiales que he comprado en mi vida fue la de Breath of the Wild para Nintendo Switch, que salió a un precio de 79.99 euros e incluía el juego, la banda sonora en formato físico y la escultura de la espada maestra sobre el pedestal. Dado que el juego costaba 59.99, pagar esos 20 euros de diferencia por la banda sonora y la escultura me pareció razonable, y dada mi afición por la saga, me decanté por ella.

Ahora bien, salvo ese tipo de casos absolutamente excepcionales, creo que no merece la pena comprar ediciones especiales, ediciones day one, ediciones premium y mucho menos de coleccionista, que pueden llegar a ponerse tranquilamente entre los 250 euros y los 600 (e incluso más), como pasó en su momento con diferentes versiones de Borderlands, Dying LightResident Evil 5, 6 y Revelations,Titanfall, Tekken 6 o la de Gran Turismo V, que incluían todo tipo de merchandising a cual más absurdo y sobrepreciado. Casos como el del inminente Sonic Mania o Resident Evil 7, cuyas ediciones especiales ni siquiera incluyen el juego que se supone que están promocionando, me parece que rozan ya el surrealismo y la desvergüenza más absolutas.

D) Estar atentos a ofertas, juegos de suscripción, segunda mano y páginas de comparativas de precios.

Si estamos pasando por una sequía de títulos en alguna de nuestras plataformas de juego, una opción siempre más económica que tirar de novedad a 70 euros es consultar las alternativas que tenemos a nuestro alcance. Entre ellas destacan las rebajas y ofertas tanto en formato físico como de tiendas virtuales, que nos pueden suponer juegos de calidad contrastada a precios muy competitivos. Así, por ejemplo, si alguien tiene una PS4 y no ha jugado, por la razón que sea, a títulos como Killzone Shadowfall, Infamous Second Son o The Order 1886, por poner solo tres ejemplos exclusivos de ese sistema, puede hacerlo por algo menos de 10 euros cada uno. Puede que no sean lo más granado de su catálogo, pero desde luego a ese precio resultan tremendamente más atractivos que cuando salieron a precio de novedad.

Las ofertas de suscripción pueden hacer que títulos que pudieron haber pasado inadvertidos en su momento tengan ahora su oportunidad. Me cuido mucho de hablar de juegos gratuitos, como hacen muchas web especializadas, porque en realidad los estamos pagando con la cuota de suscripción. Disfrutar, en cualquier caso, de juegos como Resogun, Life is Strange, Juego de Tronos, Limbo o Until Dawn, por poner algunos ejemplos de PS Plus de ayer y de hoy, es algo siempre bienvenido (aunque el nivel general de esta oferta suele ser paupérrima y muy poco atractiva, todo hay que decirlo).

La opción de la segunda mano suele ofrecer también alternativas y opciones de juegos que se nos han podido escapar en su momento, aunque aquí hay que hacer varias advertencias: el negocio de la segunda mano es donde las tiendas obtienen buena parte de su beneficio, por lo que hay que andarse con mucho ojo y no caer en juegos de segunda mano que cuestan apenas cinco euros menos que sus correspondientes versiones nuevas.

Un buen último consejo en este sentido es hacer caso de páginas como Otogami, donde se hacen comparativas de precios y se buscan siempre las mejores ofertas, en el caso de que no tengamos tiendas físicas en nuestro entorno más cercano.

E) Ignorar abiertamente las políticas de DLC, pases de temporada y micropagos.

Uno de los negocios más lucrativos desde hace ya un par de generaciones es aprovechar el tirón de ciertos juegos para sacar aún más dinero a través de contenido adicional descargable. Aunque hay algunas excepciones notables, como La guarida del corredor sombrío de Mass Effect 2, los episodios descargables de GTA IV o Left Behind, de The Last of Us, lo cierto es que la mayor parte de los DLC son un añadido mediocre que no merece ni nuestro tiempo ni nuestro dinero.

Juegos como FIFA o Call of Duty viven, literalmente, de los micropagos que sus usuarios realizan con una alegría desmedida, llegando en algunos casos a desembolsar en torno a 300 euros en sobres de cromos, skins para rifles y otras memeces semejantes. Mientras los usuarios sigan potenciando este tipo de prácticas con su complicidad a la hora de desembolsar tranquilamente esas cantidades, las compañías seguirán fraccionando sus juegos, dividiendo el contenido y cobrando pases de temporada tan caros o más que el propio juego, como ha ocurrido el año pasado con Star Wars Battlefront y, respectivamente, Fire Emblem: Shadows of Valentia.

Solo ignorando abiertamente este tipo de políticas y negándonos como usuarios a participar de este robo a mano armada, lograremos que las empresas se olviden de estas estrategias y vuelvan a prácticas más razonables, justas y honestas con aquellos que, con nuestro dinero, mantenemos esta industria en pie creciente.

Conclusiones finales.

Dado que la industria del videojuego ha sufrido un crecimiento enormemente rápido en todos los sentidos, es difícil adaptarse como usuario a este ritmo y mantener un cierto control y prudencia como consumidores. Es fácil perder la cuenta de cuántos sistemas de juego hemos ido acumulando, cuánto dinero gastamos (real) al mes en este hobby y de qué forma podríamos poner algo de sentido común en todo ello. En este reportaje he intentado dar algunas orientaciones que a mí me han servido, y que espero que al lector le puedan servir, para tratar de convertirse en un usuario responsable y que participe de la industria del videojuego de un modo sensato y más calculador que pasional.

Para ello, considero imprescindible limitar el número de plataformas de juego, establecer presupuestos y calendarios que nos ayuden a jerarquizar prioridades, y tener muy en cuenta los plazos que manejan las tiendas en cuanto a sus políticas de precios, así como las de las compañías a la hora de promocionar y garantizar la continuidad de sus ingresos con determinados títulos. Estoy firmemente convencido de que una masa de usuarios responsable obligaría a la industria a replantearse muchas de estas políticas, tan agresivas como sangrantes para unos jugadores a los que, sabedora de su poder e influencia, muchas veces explota más allá de sus posibilidades reales o razonables de gasto.