En la anterior entrada realizamos una introducción a un problema que se está generando entre un tipo concreto de usuario de los videojuegos. Tal y como se establecía en un ya lejano estudio de ADeSe, perfiles diferentes de jugadores los hay por decenas, desde aquel que los usó en su infancia y luego lo dejó, pasando por aquel otro que los emplea muy de vez en cuando por incompatibilidad con otras aficiones o relaciones sociales, hasta a aquel que los colecciona por nostalgia o por afición. Sin embargo, el que más me interesa es el llamado gamer, es decir, aquel que con una cierta trayectoria se encuentra de pronto metido en una espiral de consumo que puede llegar a desvirtuar un hobby como este en algo similar a una obsesión.

Es un perfil mucho más común de lo que puede parecer (hablamos de millones de personas), y es al que podríamos considerar en un punto medio, en un estándar que cada vez se va generalizando más, entre el que apenas juega una o dos veces por semana hasta aquel extremo más radical y patológico que prácticamente vive conectado a diferentes aparatos que solo deja, y a veces ni eso, para comer, dormir o ir al baño.

Antes de finalizar la entrada precedente nos hacíamos cinco preguntas, cinco cuestiones básicas que considero que todo jugador habitual debería hacerse en algún momento si quiere racionalizar su gasto en videojuegos y poner un poco de sentido común en esta afición que puede llegar a convertirse en todo un problema, y no solo económico.

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1.- ¿Cuántas plataformas de juego tengo a mi disposición?

Puede parecer una cuestión poco importante en un principio, pero es algo que determina bastante el techo de gasto que se alcanza en videojuegos. No es lo mismo disponer de una consola que de tres, porque el abanico de posibilidades (y tentaciones) aumenta, del mismo modo que aquellos gastos que suelen pasar desapercibidos, como las suscripciones online. Una persona que tenga Xbox One, PS4 y Switch se dejará en 2018 120 euros solo por el hecho de tener dichas suscripciones, al margen de consideraciones sobre si dicho precio está o no justificado por el uso de servidores y los juegos que se ofertan mes a mes en cada una de ellas.

Desde hace un par de generaciones se viene extendiendo una fórmula según la que lo ideal es tener una plataforma principal, que puede ser Xbox o Playstation, y tener la consola de Nintendo como “segunda consola”. En la primera jugamos a los juegos exclusivos de su respectiva compañía y a los multiplataforma, mientras que la de Nintendo nos permite acceder a su catálogo de exclusivos, siempre tan atractivo. Poniendo un precio medio de 400 euros por la primera y uno de 300 por la de Nintendo tenemos ya 700 euros, a lo que hay que sumar otros 50 de la suscripción online (Nintendo comenzará a realizar esta práctica en 2018, así que sumadle 20 más a partir de entonces).

Evidentemente, las consolas portátiles, los móviles y el PC también estarían aquí incluidos, y si bien es complicado tener dos consolas de sobremesa y los tres que acabo de mencionar, sí que resulta sencillo tener acceso al menos a uno de ellos, en especial el móvil, que como bien es sabido cada vez resulta más caro. Un precio medio para cada uno de estos aparatos oscilaría entre los 200 para las portátiles, 300 para un móvil decente y entre 1000 y 2500 euros para un PC que permita jugar a los títulos más actuales con cierta solvencia técnica, según los gustos y exigencias de cada uno.

Esto supone, en definitiva, que un jugador hardcore puede tener tranquilamente entre 3 y 7 plataformas de juego diferentes, cada una con sus respectivos catálogos y gastos derivados de los juegos que necesita para “alimentarlas”. Solo en estos sistemas de juego se puede dejar entre 750 euros de media para consolas y 1500 si además dispone de portátil, móvil y ordenador: 2250 euros tirando por un presupuesto relativamente bajo, y todo ello sin haber empezado un solo juego todavía.

Qué lejos quedan esos tiempos en que se apostaba por un único sistema y con él se pasaba uno la generación entera. Y qué baratos, a la vista de estos datos.

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2.- ¿Cuánto dinero gasto al mes y al año en videojuegos?

Hay quien me comentó que ese gasto medio mensual que mencioné en la primera parte, que oscila entre los 100 y los 200 euros, era exagerado. Antes de pasar a responder a las cuestiones me gustaría matizar este asunto, porque me parece interesante que la gente reflexione sobre el gasto real que puede estar realizando sin darse cuenta.

Los juegos tienen un precio de salida medio de entre 50 y 70 euros, dependiendo de la plataforma y género al que pertenezcan. Cada vez está más extendido, además, que muchos de ellos salgan en diferentes ediciones con contenido extra DLC que puede subir ese precio a los 100 euros, como ocurre con FIFA o Call of Duty, por poner dos ejemplos que arrasan cada año en ventas. Aun suponiendo que el gamer comprara la edición básica ya se estaría acercando a esos 100 euros de media solo con una compra, pero todos sabemos que un mes es muy largo y que, salvo excepciones, no hay juego que cine años dure. El mercado de segunda mano es siempre tentador, por lo que aquí se realiza un desembolso prácticamente mensual con dos o tres títulos. Suponiendo que todos ellos tuvieran un precio relativamente bajo, de en torno a 10 euros, ya habríamos alcanzado los 100. A partir de ahí es todo sobrepasarlo, según los gustos y aficiones, y si tenemos en cuenta que es probable que cada mes encontremos algo interesante para una de nuestras muchas plataformas, la tentación (y el desembolso) están servidos.

Se me dirá que los usuarios de Steam no hacen ese gasto ni de lejos. Puede ser. Las ofertas de esta plataforma hace que por un precio a veces ridículo podamos tener catálogos bastante amplios, lo que unido a las rebajas en consolas y móviles, así como los grandes lanzamientos anuales, nos lleva directamente a la siguiente cuestión:

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3.- ¿Realmente juego a todo lo que compro?

Terminar un juego en el sentido más profundo, es decir, habiendo explorado/agotado todas o buena parte de sus posibilidades, secretos y modos de juego es algo mucho más fácil de decir que de hacer, especialmente en una época como la actual en la que buena parte de los géneros se han convertido en auténticos sacos de horas, que además del modo campaña suelen tener uno online donde está realmente la miga del asunto. No hace falta irse a los juegos deportivos, que en sí mismos no tienen un final o un desenlace salvo en algún modo concreto de juego, o a esos sandbox que cada vez ofrecen más y más contenido, que además amplían con contenido DLC cuando más o menos termina su vida útil media: esto es algo que afecta prácticamente a todos los géneros, que son criticados duramente si ofrecen menos de un estándar de horas de contenido determinado, entre las 15 y las 30 horas de juego de media.

Es fácil, por lo tanto, que nos encontremos en un punto medio o incluso poco avanzado de tal o cual título cuando de repente sale el siguiente bombazo al que no podemos resistirnos. La máquina comercial de los videojuegos es extremadamente precisa y convincente, y ya se encarga de que tengamos un buen calendario de lanzamientos con algunas fechas en rojo. Marzo de 2017, por excepcional que pueda parecer, es una buena muestra de ello, con títulos como Zelda: Breath of the Wild, Horizon Zero Dawn o Mass Effect Andromeda lanzados al mercado en un espacio de apenas 20 días. Resulta imposible pensar que diera tiempo a terminar uno solo de esos títulos antes de meterse con el siguiente en el propio mes, ya que solo uno de ellos nos puede ofrecer contenido prácticamente para uno o dos meses a tiempo completo (suponiendo que tuviéramos el tiempo de tal cosa, porque se supone que la gente, además de jugar a videojuegos tendrá una vida, un trabajo o una familia a los que habrá que dedicar también algún ratillo).

Claramente, la respuesta a esta pregunta es un “no” generalizado en el caso de terminar juegos antes de pasar al siguiente, y algo más espinosa en el caso literal de si jugamos a todo lo que compramos. Cuántas veces no nos habrá ocurrido ver tal o cual oferta, tal o cual juego que a lo mejor llevábamos un tiempo detrás de él, y de repente aparece en una oferta de Steam, o en el cajón de juegos de segunda mano, o en la tienda virtual, y nos lanzamos impulsivamente por él sin tener muy claro si realmente vamos a sacar tiempo para pasárnoslo o dedicarle incluso un rato.

Comprar videojuegos no es sinónimo de jugarlos, por desgracia, en esta sociedad actual. El videojuego, como el libro, se ha convertido en un producto de consumo donde no importa tanto su uso como su adquisición. Estoy convencido de que si el gamer medio hiciera un listado de aquellos juegos que tiene pero que no ha jugado o no se ha pasado completamente, tendría tarea (o entretenimiento, vaya) suficiente como para estar ocupado de aquí a fin de año, por lo menos, sin la necesidad de comprar nada más. Y esto nos lleva a la siguiente pregunta:

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4.- ¿Realmente todo lo que compro merece la pena?

Cuando antes mencionamos que cada mes aparecen cientos de juegos en las diferentes plataformas, la pregunta evidente que sigue es si todos esos juegos son dignos de nuestro tiempo y nuestro dinero. La respuesta, obviamente, es un “no” rotundo.

En un mercado cada vez con una demanda más demencial la oferta tiene que intentar dar respuesta, como puede, a semejante ansia. Esto lleva a que muchos productos aparezcan mucho tiempo antes de lo recomendable, o a anunciar tal o cual lanzamiento para que se haga ya la compra en la reserva online a sabiendas de que será imposible llegar a dicho plazo (lo que conlleva los ya manidos retrasos). Siempre habrá tiempo de sacar, respectivamente, un parche que lo arregle o una nota de prensa hablando de visiones y de calidades supremas para calmar al respetable. Lo que importa, en cualquier caso, es acumular noticias en las web, vídeos y trailers que despierten ese ansia que se satisface solo a golpe de tarjeta de crédito.

Teniendo muy en cuenta la mezcla perfecta de nostalgia y efusividad ante las novedades de buena parte de los jugones, los videojuegos se aprovechan de una manera descarada alternando versiones nuevas de juegos antiguos y supuestas novedades de relumbrón, ofreciendo realmente poco en ambos casos. Solo en este mes de junio se ha lanzado la Crash N’Sane Trilogy y Wipeout Omega Collection, donde se recogen juegos de PSOne de hace más de 20 años, en el caso del primero, y de juegos de PSP y PSVita de hace 10 y 5 años, en el del segundo, con un ligero lavado de cara que no justifica, ni por asomo, los 35 euros que piden por cada uno. Final Fantasy XII The Zodiac Age, un juego de 2006 al que se le ha aplicado otro lavado de cara y contenido de la edición que en su momento salió en Japón, llegará en apenas diez días por la friolera de 50 euros, mientras que Call of Duty Modern Warfare Remastered, el gancho principal por el que mucha gente compró el mediocre Infinite Warfare, sale ahora por separado a 35 euros. Y Arms, el minijuego de boxeo estrambótico de Switch, cuesta nada menos que 55 euros, para deleite y disfrute de sus muy necesitados usuarios, que ya habrán podido reservar (y pagar) Metroid Prime 4 (sin fecha de lanzamiento) y Samus Returns, un remake del clásico de Game Boy de 1991, que por supuesto tiene su edición especial llena de ítems imprescindibles a un precio de 70 euros.

Así las cosas, uno podría pensar que la forma de seleccionar adecuadamente nuestras compras podría apoyarse en la prensa. Sin embargo, esto no siempre es así. Vaya por delante que este es un blog aficionado, que para nada tiene la intención de competir de tú a tú con ninguna de las empresas que tanto en este país como en el extranjero se dedican de forma profesional al análisis de videojuegos. Sin embargo, me parece obligatorio decir que no considero que todos los medios que se consultan con mucha frecuencia por parte del usuario medio sean independientes.

El fenómeno más habitual, que afecta por supuesto a las novedades y a esta avalancha de remasters, es el siguiente: sale el juego X, y la prensa lo analiza potenciando solo las virtudes (que seguro que tienen, que conste), pero callando todos y cada uno de los defectos realmente graves que también poseen dichos títulos. Así, y al modo de la exclusiva temporal, durante el tiempo de ventas más crítico de un juego hay un silencio bastante grande sobre los defectos del juego, que posteriormente (hablamos de años después, ojo) se pueden comentar cuando ya ha pasado la “tormenta” y hay otras novedades que alabar hasta el infinito.

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El caso más ejemplar, y para que veáis que no me caso con nadie, es el de Skyward Sword, el Zelda de sobremesa lanzado para Wii en 2011, que todos corrimos a comprar animados por los dieces puros que le estaban dando en todas partes para encontrarnos luego con un juego muy limitado en lo técnico, lineal como él solo y plagado de problemas que únicamente ahora, cuando ha salido Breath of the Wild (para el que todo son también parabienes), los mismos que entonces le “cascaron” un 10 pueden decir que era un desastre en muchos sentidos.

Desarrolladoras, distribuidoras, tiendas y prensa parecen pues aliadas en este negocio para conseguir ventas altas y mucho movimiento de juegos, y es raro encontrar algo de honestidad en todo este asunto, por no decir ninguna.

Todo esto nos deja a las puertas de una última pregunta, que tiene que ver con el consumo responsable y nuestro papel global en todo este complejo proceso que es el mundo del videojuego, pero como sirve de colofón a todo el proceso la dejamos para la tercera, y última, entrada de este reportaje. No os la perdáis.

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