Algunos lectores del blog me han señalado, y con bastante razón, que no ven mucho sentido a que mi Top 20 contemporáneo siga avanzando más allá del número diez cuando aún falta uno o dos años para que finalice oficialmente la séptima generación, que es cuando se calcula que saldrán al mercado las nuevas versiones de Playstation y X-Box. Ya digo que no les falta razón, y que de hecho tenía pensado dar tiempo a que joyas como The Last of Us, Beyond Two Souls y alguna que otra sorpresa más se vaya incorporando al catálogo definitivo de esta moribunda generación y aclarar así el top diez definitivo, sobre el que aún tengo bastantes dudas.

No obstante, y dado que un servidor es demasiado aficionado a esto de las consolas como para tener el tema en barbecho durante un año o más, me he propuesto hacer un homenaje mensual a cada una de las consolas que han ido creando mi afición por este universo del ocio digital desde hace más de dos décadas. Hubo otros sistemas antes y seguramente más determinantes para el futuro de la industria, como la ya casi legendaria NES, pero el que esto escribe, por suerte o por desgracia, no llegó a disfrutarlas ni con pleno conocimiento ni sin él, como sí ocurrió a partir de la siguiente generación. Por ello, voy a seguir un orden cronológico en el que, además de contar anécdotas y curiosidades sobre cada uno de los sistemas y un resumen de su ciclo vital, haré un repaso de sus diez juegos más significativos (brevemente, que nadie se me asuste). Y como no podía ser de otra forma, me toca empezar por uno de los sistemas que con más cariño recuerdo, por haber sido entre otras cosas mi primera consola y la que, además, me dio la bienvenida a los videojuegos de una forma inolvidable: me refiero, lógicamente, a la Sega Mega Drive.

El Hardware.

 

Lanzada a finales de octubre de 1988 en Japón, la pionera de la cuarta generación no llegaría a Estados Unidos hasta un año más tarde, y otro año más sería necesario para que la viéramos en España. La idea de Sega era barrer a todos sus rivales en el sector, tras el fallido intento de combatir a Nintendo con aquella pobre Master System que nada pudo hacer frente a la NES y su fontanero amante de las setas. Por ello, realizó una gran inversión y finalmente lanzó al mercado un hardware con una CPU Motorola 68000, de 16 bits y a unos (por entonces) poderosísimos 7.61 megahercios. La Sega Mega Drive (Sega Genesis, en USA) era una consola muy potente, capaz de poner en pantalla una paleta de colores espectacular y a una velocidad antes impensable. Más de 40 millones de unidades vendidas durante su ciclo de vida son el principal argumento del éxito de una consola que durante un breve período de tiempo llegó a dominar el mercado americano, aprovechando el lapso  entre el fin de vida de la NES y la llegada de la que sería su gran rival y a la postre vencedora de la batalla de la cuarta generación, la Super Nintendo.

Aquellos años de entre 1989 y 1991 fueron fundamentales en la historia de Sega porque, coincidiendo con el lanzamiento de su nueva mascota, Sonic, y de grandes juegos que han adquirido categoría de culto alcanzó una gran popularidad y un número de ventas masivo (casi el 60% de la cuota de mercado, en su punto álgido). Con la llegada de Sonic 2 en 1992 tocó un techo que, por desgracia para todos sus fans, ya nunca más volvería siquiera a vislumbrar. Pero vayamos por partes.

Hay factores clave que explican el declive de Sega más allá del incontestable éxito de la Super NES, de la que ya hablaremos en la siguiente entrada, y que tienen que ver con errores garrafales de gestión por parte de la propia empresa de Tokio. De todos ellos, el que con diferencia más confundió a sus usuarios y empañó la exitosa trayectoria de Mega Drive fue sin duda el innumerable desfile de periféricos absurdos que tenían como objeto potenciar una consola que, evidentemente, se iba quedando obsoleta con el paso de los años.

El primero de estos monstruos, en el peor de los sentidos, fue el Mega CD. Se trataba de un lector de CD, que por aquel entonces era el no va más en tecnología punta, que se acoplaba debajo de la consola (en un lateral, en versiones posteriores), y que funcionaba con discos propios. A pesar de tener un par de títulos notables, como Sonic CD o Batman: Returns, la mayoría de sus juegos abusaban de unas escenas de vídeo con una definición lamentable y un nulo interés en la jugabilidad, un error imperdonable cuando se trata de videojuegos. Mega CD tiene el dudoso honor de tener algunos de los peores juegos de la historia, como el inefable Night Trap o Corpse Killer (recomiendo verlos en youtube para combatir momentos de extrema depresión). El problema de estos dos juegos, ejemplos de una larga lista de fracasos, fue la insistencia de las compañías en hacer uso de la técnica del Full Motion Video (FMV), una especie de combinación de píxeles con imagen real pre-grabada que, dadas las grandes limitaciones técnicas de Mega Drive, eran incapaz de dar un resultado mínimamente satisfactorio. Lo peor, insisto, era que a la hora de jugar aquello no había por dónde cogerlo, de modo que en poco tiempo la revolución del CD quedó reducida a ceniza.

El segundo y definitivo error de Sega fue que, cuando ya se empezaba a hablar de la quinta generación (y de hecho la propia Sega estaba desarrollando la Sega Saturn, de 32 bits), lanzó un catafalco llamado Sega 32-X que se colocaba encima, como si fuera un cartucho, y que a pesar de su rimbombante nombre no era en propiedad una consola de 32 bits, sino una especie de emulador parcheado de mala manera. A pesar de los intentos de Sega por dotar a este periférico de juegos de mayor mérito que a los del Mega-CD, como Star Wars Arcade, Virtua Fighter o Virtua Racing Deluxe, las desarrolladoras la abandonaron prácticamente tras su salida, en favor de desarrollar juegos para las futuras consolas reales de 32 bits, por lo que el sistema se hundió nada más ser lanzado: un descalabro en toda regla que no se puede entender, de todos modos, sin un dato clave: 32-X fue desarrollado por Sega América mientras Sega Japón estaba terminando Saturn. Lo divertido de todo esto es que los chicos de Japón “olvidaron” mencionar el desarrollo de Saturn, que cuando finalmente fue anunciado, apenas unos meses después del lanzamiento de 32-X, condenó definitivamente al periférico al olvido mientras en Sega América aún no se podían creer lo que acababa de pasar. Qué desastre.

 En cualquier caso, y para cuando llegó el fin de ciclo de Mega Drive, lo cierto es que pocos teníamos ya demasiada ilusión por su siguiente proyecto, con tanto mareo y tanto cable (cada periférico tenía sus propias fuentes de alimentación, lo que podían convertir tu salón o dormitorio en un auténtico laberinto de cables). La consola había contado con un excelente catálogo y juegos inolvidables, pero desde la salida de Super Nes sus fans tuvimos que aguantar que todos los juegos multiplataformas fueran siempre mejores en Super Nes, que tenía mayor potencia y una tarjeta gráfica y sonora realmente superiores, y los exclusivos fueron haciéndose cada vez más repetitivos y aislados en el tiempo. No obstante, este particular top 10 que viene a continuación intenta ser un homenaje a una consola de un catálogo muy destacable que, no obstante, nunca cumplió lo que aquellas agresivas campañas de publicidad de Sega anunciaban a los cuatro vientos (Sega does what Nintendo’nt: Sega hace lo que Nintendo no): en realidad, y por mucho que me duela, más bien fue al revés.