Hubo un tiempo en que Steven Spielberg, el llamado rey Midas de Hollywood, era capaz de trasladar a la audiencia, preferentemente infantil/juvenil, a reinos fabulosos y a experiencias que entonces solo el cine era capaz de aportar al público. Hablo de aquellas casi dos décadas, que más o menos van desde Tiburón (1975) a Jurassic Park (1993), y que incluyen una galería de clásicos como la trilogía de Indiana Jones (1981-1989), E.T. (1982) o Hook (1991) en labores de dirección, mientras que como productor puso todo su talento a proyectos como Gremlins (1984), Regreso al futuro (1985) y sus dos secuelas, además de Los Goonies (1985), El secreto de la pirámide (1985), ¿Quién engañó a Rogert Rabbit? (1988), y un largo y fascinante etcétera.

Muchas de estas películas se convirtieron en auténticos fenómenos en su tiempo, con un enorme éxito de taquilla, y han ido adquiriendo categoría de culto, dando pie a diversas franquicias con mejor o peor fortuna. Precisamente con una de ellas, la de los dinosaurios feroces, Spielberg comenzó un declive claro (El mundo perdido, 1997), del que a mi juicio no ha sabido recuperarse, quizá porque la edad le ha llevado a ocuparse de temas más serios y sesudos, como los que inició justo en 1993 con La lista de Schindler, y que ha tenido continuidad a lo largo de otras dos décadas con películas magníficas, pero de un claro tono más adulto, como Salvar al soldado Ryan (1998), A.I. (2001), Munich (2005), Lincoln (2012) o The Post (2017).

 

Y aunque ha seguido vinculado en labores de productor a proyectos tan curiosos como Men in Black o, en una línea mucho más mediocre, la saga de Transformers o de Jurassic Park, aquel Spielberg que era capaz de excitar la fantasía de medio mundo ha pasado a mejor vida. Y en ese sentido la película que nos ocupa, Ready Player One, es toda una demostración de lo que Spielberg fue y ya no es, porque en cierta manera aquel mundo que él y su gran amigo George Lucas iniciaron en el séptimo arte de los años 80 ha sido fagocitarlo por esos mismos ordenadores que dieron rienda suelta a sus efectos espectaculares, y en concreto por los videojuegos, que son objeto de culto por parte tanto de la cinta como de la novela original de Ernest Cline.

Nada se le puede reprochar a la factura técnica de un filme que justifica muy bien el masivo uso de CGI en un 80% de su metraje, el basado en el universo virtual de un lugar llamado Oasis donde tiene cabida prácticamente todo lo que uno pueda imaginar basado en videojuegos, con cientos de referencias a cultura popular de música, cine y videojuegos de los 80, 90 y siguientes. Esto, que por una parte puede ser, y de hecho es, uno de los reclamos principales de la cinta (era curioso ver a la gente buscar esos Easter Eggs como el que da motivo a la trama por todas partes, ya fueran luchadores de Street Fighter, personajes de Overwatch o de sagas como Doom, MinecraftHalo o Sonic), termina por convertirse en una pequeña distracción de una trama que poco o nada tiene que ver con eso, sino con una aventura de corte extremadamente convencional, de personajes planos y trama del tópico viaje del héroe, con sus pruebas, su dragón (en forma de un convincente King Kong) y la princesa de turno a la que hay que rescatar.

Me resultó intrigante que más allá de las referencias a videojuegos (donde hay un claro salto entre los de los años 80, a los que realmente rinde culto la novela, y los posteriores), todas aquellas que tienen que ver con películas y música pueden pasarle bastante desapercibidas al público juvenil actual, que no sé si habrá visto y sabrá valorar, por ejemplo, la aportación de una película que tiene tanto peso en la trama como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980).

Por todo ello, y más allá de la espectacular secuencia de la carrera con que se abre la película (lo mejor de toda la cinta, sin duda), el resto es el típico correcalles de buenos y malos, con ese Ben Meldensohn que está claro que no tiene miedo a que lo encasillen como villano de por vida. Hay quien alaba con fuerza la batalla final, donde se dan cita millones de referencias y guiños de toda clase, pero para mí la película comienza con una premisa prometedora y una secuencia que se lleva por delante todas las buenas ideas, dejando el resto en un hasta cierto punto tedioso juego del ratón y el gato para encontrar un tesoro que tampoco queda muy claro al final en qué consiste. Sobre la sociedad postapocalíptica en que está ambientada la historia poco o nada se sabe y tampoco importa demasiado, como todo lo que tiene que ver con una realidad gris que nada puede hacer frente a los píxeles brillantes del mundo de Oasis.

Más allá de la película, que para mí no pasa del aprobado justito, lo que me pareció realmente interesante fue el modo en que este producto establece un nuevo paradigma entre la relación del cine y los videojuegos. Ya a propósito del último desbarre de Lara Croft mencionaba que en esta relación me parece que el videojuego va ganando el pulso poco a poco, y Ready Player One me parece una prueba más de ese clavo del ataúd: sinceramente, a mí me interesa mucho más jugar a cualquiera de los juegos que allí aparecen que tener que someterme a esa estructura de espectador pasivo para ver lo que ya sé, que al final ganan los buenos y los malos reciben su merecido tras mucha tensión y mucha batalla desigual. Si por lo menos ese espectáculo fuera tan glorioso como el que proponía la trilogía del Señor de los Anillos (2001-2003), quizá la última vez que el cine de aventuras tocó el cielo, pero me temo que esos tiempos ya se fueron para no volver..

 

Hubo un tiempo en que Steven Spielberg, el llamado rey Midas de Hollywood, era capaz de trasladar a la audiencia, preferentemente infantil/juvenil, a reinos fabulosos y a experiencias que entonces solo el cine era capaz de aportar al público. Hablo de aquellas casi dos décadas, que más o menos van desde Tiburón (1975) a Jurassic Park (1993), y que incluyen una galería de clásicos como la trilogía de Indiana Jones (1981-1989), E.T. (1982) o Hook (1991) en labores de dirección, mientras que como productor puso todo su talento a proyectos como Gremlins (1984), Regreso al futuro (1985) y sus dos secuelas, además de Los Goonies (1985), El secreto de la pirámide (1985), ¿Quién engañó a Rogert Rabbit? (1988), y un largo y fascinante etcétera. Muchas de estas películas se convirtieron en auténticos fenómenos en su tiempo, con un enorme éxito de taquilla, y han ido adquiriendo categoría de culto, dando pie a diversas franquicias con mejor o peor fortuna. Precisamente con una de ellas, la de los dinosaurios feroces, Spielberg comenzó un declive claro (El mundo perdido, 1997), del que a mi juicio no ha sabido recuperarse, quizá porque la edad le ha llevado a ocuparse de temas más serios y sesudos, como los que inició justo en 1993 con La lista de Schindler, y que ha tenido continuidad a lo largo de otras dos décadas con películas magníficas, pero de un claro tono más adulto, como Salvar al soldado Ryan (1998), A.I. (2001), Munich (2005), Lincoln (2012) o The Post (2017).   Y aunque ha seguido vinculado en labores de productor a proyectos tan curiosos como Men in Black o, en una línea mucho más mediocre, la saga de Transformers o de Jurassic Park, aquel Spielberg que era capaz de excitar la fantasía de medio mundo ha pasado a mejor vida. Y en ese sentido la película que nos ocupa, Ready Player One, es toda una demostración de lo que Spielberg fue y ya no es, porque en cierta manera aquel mundo que él y su gran amigo George Lucas iniciaron en el séptimo arte de los años 80 ha sido fagocitarlo por esos mismos ordenadores que dieron rienda suelta a sus efectos espectaculares, y en concreto por los videojuegos, que son objeto de culto por parte tanto de la cinta como de la novela original de Ernest Cline. Nada se le puede reprochar a la factura técnica de un filme que justifica muy bien el masivo uso de CGI en un 80% de su metraje, el basado en el universo virtual de un lugar llamado Oasis donde tiene cabida prácticamente todo lo que uno pueda imaginar basado en videojuegos, con cientos de referencias a cultura popular de música, cine y videojuegos de los 80, 90 y siguientes. Esto, que por una parte puede ser, y de hecho es, uno de los reclamos principales de la cinta (era curioso ver a la gente buscar esos Easter Eggs como el que da motivo a la trama por todas partes, ya fueran luchadores de…
Global - 50%

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Espectacular y previsible al mismo tiempo, Ready Player One demuestra que Spielberg conserva el talento de siempre para grabar escenas con pulso, pero ya no conserva la magia de antaño, y por ello su última película, todo un homenaje a la cultura popular, se debate entre el quiero y no puedo en medio de clichés, personajes superficiales y una trama bastante anodina que, más allá de los guiños a cine y videojuegos, tiene bastante poco misterio.

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