Ahora que estamos inmersos en el análisis de Assassin’s Creed IV: Black Flag, que esperamos poder ofreceros dentro de poco, nos han asaltado una serie de dudas sobre las que nos gustaría reflexionar en este espacio de opinión. Todas ellas tienen que ver con lo que se espera de una nueva generación, algo que precisamente nos trajo, y de qué manera, la primera de las entregas de los asesinos y templarios de Ubisoft, hace ahora mismo siete años.

En 2007 las experiencias que ofrecían los videojuegos eran muy distintas a hoy. Los juegos tenían géneros claros, limitaciones derivadas de dichas clasificaciones y una serie de patrones que permitían al usuario predecir, de cierta forma, el grado de satisfacción que iba a obtener de tal o cual franquicia, de tal o cual juego de nueva propiedad intelectual. En aquel año casi todos estábamos esperando como agua de mayo que apareciera Metal Gear Solid IV: Guns of the Patriots, que considerábamos que iba a revolucionar el género como en 1998 hizo el primero de los juegos de Solid Snake en 3D. Y aunque sin duda fue un juego extraordinario en muchos sentidos, sinceramente no considero que fuera revolucionario en prácticamente nada. Tantos años después de su lanzamiento, entregas anteriores e incluso polémicas, como la segunda, siguen figurando por delante de la cuarta entrega en la mayoría de listados de preferencia de críticos y usuarios.

La huella de Assasin’s Creed es bien distinta. Es cierto que como juego, aquella primera entrega de Altair y la Edad Media tenía carencias notables, estructura extremadamente repetitiva y un sistema de infiltración y combate defectuoso, (lastre del que todavía no ha podido despegarse por completo la saga, por cierto). Sobre eso se ha escrito ya demasiado, y no es nuestro interés incidir en esos aspectos. Sin embargo, aquel juego ofrecía algo que yo particularmente jamás había sentido, visto o vivido hasta entonces: una inmersión apabullante en un periodo histórico del pasado, un apartado audiovisual absolutamente maravilloso y un trabajo de doblaje de una calidad equiparable al de cualquier producción cinematográfica de primer nivel. Pero sobre todo, libertad de acción, de movimientos, de interacción: la agilidad de Altair, con esa mezcla de habilidades ninja, parkour y acrobacias aéreas (qué buenos y sorprendentes por aquel entonces, los saltos de fe). Era algo impresionante.

Carousel_Video_AC1_Launch_Trailertcm2951262

Assassin’s Creed es, a mi juicio, el primer gran juego de la séptima generación. Nada de lo que aparece ahí podría haber sido creado con los motores gráficos de consolas anteriores, ni por capacidad ni por nivel de resolución. La cantidad de texturas, polígonos, personajes en pantalla y opciones de juego era escandalosa, y a mi juicio infinitamente más interesante que la que podría ofrecer un Grand Theft Auto, cuya ambientación no ha variado en esencia desde hace diez años.

Nunca había visto un juego ambientado en el medievo que me hiciera sentir auténticamente en esa época. Recuerdo escalar la catedral de Acre y contemplar desde la cima de su campanario los límites de la ciudad, el inmenso océano y las montañas de la costa, y pensar que estaba ante una nueva dimensión en los videojuegos. Recuerdo los diálogos, las persecuciones y la emoción de los primeros combates, así como las huidas cuando era descubierto o los viajes, siempre plagados de detalles fascinantes, a caballo entre las diferentes localizaciones del juego. Vagar por el reino y explorar hasta el último de sus rincones me parecía una experiencia renovadora en el sector, todo ello aupado por una banda sonora de Jesper Kyd que tiene algunos temas magistrales y siempre acompaña como debe a la acción del juego.

Yo no sabía qué podía esperar de la séptima generación hasta que las aventuras de Altair me hicieron vislumbrar su potencial. Fue precisamente su secuela donde creo que la saga, y buena parte de la generación, alcanzó un techo aún no superado. Su narrativa, las posibilidades de una trama por aquel entonces apasionante y la infinidad de ramificaciones que se podían derivar de ella auguraban un futuro esplendoroso, que luego no fue tanto. No obstante, aquellos dos primeros juegos consiguieron hacerme creer en que los desarrolladores pueden crear universos en los que queremos permanecer, y recrear periodos históricos apasionantes que da gusto conocer, explorar y revisitar una y otra vez.

AC1_PC_1

Todo ello, y más, me asalta ahora cuando enciendo la Playstation 4 para vivir las aventuras piratas de Edward Kenway, ese extraño descendiente de Altair. A nivel audiovisual es un juego notable, con algunos efectos muy llamativos, y el control está pulido hasta niveles exagerados, aun con sus muchos fallos, que todavía los hay. No obstante, no hay nada en este juego que sea mínimamente revolucionario. Las sensaciones que transmite son prácticamente idénticas a las que ya viví con Altair hace siete años, y eso no tiene perdón ni justificación de ninguna clase. No puede ser que comience a jugar al juego y a los cinco minutos esté familiarizado con absolutamente todas las mecánicas presentes en el título, y que vague por los escenarios como, si más que una secuela, fuera una especie de ampliación o expansión de niveles de un juego que ya no provoca, ni de lejos, las sensaciones que los juegos originales.

Por lo que he podido descubrir de Assassin’s Creed Unity, hay motivos para la esperanza con el nuevo motor gráfico y el hecho de que sea un título creado específicamente para la nueva generación. París muestra un aspecto realmente ilusionante, capaz de emular los éxitos de aquellas dos primeras entregas (o de La hermandad, otro de mis juegos favoritos de la generación y donde aún la saga brillaba con fuerza). No obstante, las sensaciones que transmite son muy parecidas a las de Black Flag. Los movimientos, el sistema de combate, las acciones de saltos, escalada y todo el variopinto arsenal de su protagonista me resultan demasiado familiares, y eso me preocupa, porque mucho me temo que la verdadera experiencia de la octava generación ya no va a proceder de mi querida saga de asesinos, cuyo efecto sorpresa y buena parte de magia quedó tan lejana ya como las murallas de aquella enigmática, fascinante y poblada de posibilidades Masyaf. Qué tiempos aquellos.