Desde hace más de 60 años, la empresa LEGO fabrica un tipo de juguetes basado en la creatividad como motor principal de una serie de piezas pequeñas de varios colores que, combinadas, pueden dar lugar a todo tipo de ambientaciones, épocas históricas y, desde que entramos en el siglo XXI, la recreación de películas de éxito comercial como Star Wars, El Señor de los Anillos o Harry Potter.

El impresionante negocio que ha montado esta compañía con sede en Dinamarca es tal que, desde 1997, se atrevieron a dar el salto al espacio de los videojuegos como una forma más de dar difusión a su marca. Lo que comenzó con tímidos juegos que trataban de trasladar el concepto del juego físico, con programas para PC que permitían crear escenarios animados, terminó derivando en esta última década en toda una colección de juegos de aventura que toma la forma de sus simpáticos muñecos para sumergirnos en el universo de los ladrillos.

Como fans que somos del juguete físico, tenemos que reconocer que el tema de los videojuegos de LEGO siempre nos ha despertado más pereza. Al margen de que la calidad del producto ha sido siempre muy alta, y que en los últimos años el diseño y producción ha mejorado una barbaridad, hay fans por todo el mundo capaces de recrear con una fidelidad asombrosa el abismo de Helm, Rivendel o cualquier locura friki que se os pueda ocurrir, con especial hincapié para la auténtica estrella de su catálogo en los últimos años, Star Wars. Aquí abajo podéis contemplar el Halcón Milenario lanzado en 2007, toda una joya de coleccionista de más de 5000 piezas por el que se han llegado a pagar auténticas burradas en Internet:

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Si en el reino de los juguetes ahora mismo Lego tiene pocos rivales, en el ámbito de los videojuegos es bien diferente, ocupando un lugar minoritario donde el éxito radica más en la licencia en sí y en el tirón entre el público infantil que en las mecánicas de juego que proponen sus títulos.

En la mayoría de los casos se trata de juegos con buenas intenciones, con un buen diseño de producción y un sentido del humor simpático dirigido a los más pequeños de la casa, contra el que no tenemos nada en absoluto. Sin embargo, y con la honrosa excepción de los discretísimos primeros títulos para PC, en ninguno de ellos hemos podido encontrar rastro alguno de la capacidad de libertad de creación.

En muchos juegos de LEGO hay determinados momentos donde apretamos un botón para ver cómo nuestro personaje monta algo con piezas que hay por el suelo, pero no participamos en dicha creación. No hay libertad alguna para resolver los puzzles haciendo uso de nuestra imaginación, como hacen otros juegos tipo Scribblenauts, porque el único objetivo de este tipo de títulos es de ir desde A a B, matar a todo bicho viviente y coleccionar piezas pequeñas que luego podemos canjear por personajes secretos.

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Da igual que se trate de adaptaciones de Star Wars, de Harry Potter o, más recientemente, de El Señor de los Anillos o El Hobbit. El sistema es casi siempre idéntico, con muy pocas variaciones: avanzar por escenarios, limpiarlos de enemigos, resolver puzzles muy sencillos y enfrentarnos a jefes finales. Incluso Lego City Undercover o Lego Batman, quizá los mejores juegos de los 50 creados hasta la fecha con la licencia de LEGO, pecan de simple en buena parte de su desarrollo, aunque al menos pueden presumir de tener el sistema más completo, abierto y generoso en contenido de todos.

En nuestro caso, tenemos bien presente la decepción que nos llevamos con Lego Star Wars III, juego que nos sirvió para estrenar la Nintendo 3DS. La razón de que lo comprásemos fue la ausencia total de catálogo en el inicio del sistema, y no es que el juego tuviera problema alguno en sí mismo: nos duró en torno a 10 horas de sana diversión, y coleccionamos personajes tan fenomenales como Darth Maul, con el que era toda una gozada repartir espadazos a diestro y siniestro. El problema es que su absoluta linealidad, escasa capacidad de rejugabilidad y pobres minijuegos hicieron que se nos agotara el entusiasmo en apenas una semana. Otro tanto nos pasó con Harry Potter años 1-4, un juego cargado de humor y de homenajes a una saga mítica para muchos, que se nos terminó cayendo de las manos porque hasta el modo cooperativo terminaba cayendo en una profunda monotonía.

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En el futuro, nos gustaría que los responsables de la licencia se tomaran más en serio el papel que pueden aportar a una industria harta ya de aventuras clónicas en tercera persona. No basta con tener una licencia atractiva o personajes carismáticos y recrear mundos vistosos en forma de ladrillos con mecánicas simplonas para llenar a un jugador, porque eso implica el lento pero inexorable camino a la irrelevancia que lleva ahora mismo esta saga de videojuegos, con alguna que otra notable excepción.

Evidentemente nosotros no somos expertos en diseño de videojuegos, pero de verdad creemos que tiene que haber una forma mejor que la empleada hasta ahora, menos limitada, más cercana a la experiencia del Lego real que todos conocemos, para trasladarla a los videojuegos con más fidelidad al espíritu de una receta que ha hecho soñar a generaciones enteras. Así, de primeras, una mezcla entre lo creado por Skylanders o Disney Infinity y el ya mencionado Scribblenauts nos suena a una buena idea, aunque haría falta talento del bueno para llevar a buen puerto ese barco. Solo desde una óptica renovadora similar se podrá sacar de una vez por todas el creador que todos llevamos dentro, y que al igual que con ladrillos, sueña también con otros mundos posibles en forma de píxeles.

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