Después de muchas dudas, objeciones y sentimientos encontrados con Nintendo Switch, finalmente me he decidido a hacerme con una. No es que las dudas, objeciones y sentimientos encontrados hayan desaparecido (ni muchísimo menos), pero a lo largo del año se han ido sucediendo algunos lanzamientos que, en el último trimestre del ya extinto 2017, se me han hecho irresistibles. Me refiero, cómo no, a Super Mario Odyssey y Xenoblade Chronicles 2, títulos que se unen a las versiones (ligeramente) mejoradas de Wii U de los magistrales Zelda: Breath of the Wild y Mario Kart 8 para hacer un póquer imbatible (en mi caso el quinto en discordia es ese futuro, y esperado, Metroid Prime 4).

Llevo ya varias generaciones afirmando que, quizá desde Nintendo 64, a mí Nintendo lo que me vende es más su catálogo de juegos exclusivos triple A que sus consolas. Ni Gamecube, Wii, DS, 3DS, Wii U o Switch me parecieron hardwares potentes (obviedad número 1, ya lo voy avisando), ni me interesaron demasiado sus experimentos con los sistemas de control, esas jeremiadas que terminan funcionando únicamente, y a veces ni eso, en la conferencia de presentación y en algún que otro título anecdótico, como pasó con los mini discos, el control de movimiento, las 3D o la vibración HD, de los que ya muy pocos se acuerdan. Sí que nos acordamos, en cambio, de barbaridades como Wind Waker, Mario Galaxy, Metroid Prime y un largo etcétera: son los juegos, no las consolas, donde reside toda la gracia de este asunto de los videojuegos, pero en el caso de Nintendo esto es un hecho aún más evidente.

En mi caso se une, además, que yo estaba realmente contento con Wii U. Sí, sé que es una consola que tuvo mil y un problemas, a la que le faltan dos o tres juegos de auténtica entidad para elevar su catálogo aún más alto, y que recibió un apoyo nulo de prácticamente todo el sector third party tras su primer año de vida, pero qué quieren que yo le haga: no puedo evitar un cariño así con una consola que me permitió disfrutar de lo lindo con hasta cuatro grandes juegos de Zelda, el mejor Mario Kart de la historia, Pikmin 3, Bayonetta 2 y un largo etcétera que incluye juegos de Wii que no jugué en su momento, como la saga de Mario Galaxy o Metroid Prime Trilogy, y que por adquirir un poco más tarde apenas estaba empezando a degustar cuando se anunció la dichosa Switch.

Todo este 2017 ha sido un convencerme, casi sin éxito, de que no merecía la pena dar el salto por un par de ports, por buenos que fueran, de juegos que ya conocía, y una sarta de mediocridades, curiosidades o juegos menores, en el mejor de los casos. Admiraba el éxito que estaba teniendo la consola, más por inesperado que por merecido, pero con la conciencia bastante clara de que se trata de un hardware bastante limitado en lo técnico y que se va a quedar corto en muy poco tiempo respecto de una competencia que no hace más que ganar teraflops y potencia bruta a cada día que pasa.

Switch me sigue pareciendo una consola lanzada de forma prematura, en buena parte por culpa del fracaso de Wii U. Ha salido bastante pelada en cuanto a juegos y funcionalidades, y aún a día de hoy sigue siendo básicamente una consola de videojuegos que no te permite nada más que eso. Puede que haya quien piense que teniendo un Mario Odyssey para qué quieres más en la vida, pero yo sinceramente echo en falta las opciones de música, cine o series que me permite mi PS4, por ejemplo. El tema de Internet todavía sigue siendo asignatura pendiente, aunque Nintendo ha prometido novedades pronto respecto a esto. Se supone que a lo largo del primer tercio de 2018 debería estar ya disponible la funcionalidad online equivalente al PS Plus o al Xbox Gold, con su correspondiente pago anual y juegos mensuales de dudosa calidad o relevancia.

Sigo pensando, y en eso tampoco ha habido novedad alguna, que los 32 GB de memoria son un insulto (y exigen un desembolso secundario más que añadir al precio final por una micro SD medio decente), que la duración de la batería es realmente escasa y que los controles de los joy con son pequeños hasta la extenuación (seguramente hechos para manos más infantiles que las mías, todo sea dicho). Sigo pensando que Switch se queda a medio camino de muchas cosas, por más que sea una mejora sustancial, y vaya si lo es, respecto a Wii U en cuanto a acabado y calidad.

Otra de las objeciones que le hacía, y sigo haciendo, a este sistema, es que a diferencia de otras épocas, donde para mí con la de Nintendo ya tenía más que suficiente, Switch es, al igual que sus últimas predecesoras, una consola para tener como segundo sistema. Es algo así como la casa en la playa, a la que uno va cuando necesita un relax que solo le permite la contemplación de esas olas refrescantes, pero donde no se puede vivir de lunes a viernes. Todo lo que huele a third party en este sistema es o bien un refrito de juegos de hace cinco o seis años, o en su defecto conversiones menores de títulos que podría disfrutar con bastante más calidad, e incluso opciones de juego, en PS4, como ocurre con Skyrim, Doom, NBA2K18 o FIFA 18, quizá siendo este último el más sangrante de todos. Por supuesto que la ventaja portátil está ahí para todos ellos frente a sus competidores de otras consolas, pero no puede servir como excusa para todo ni como justificante de una calidad tan baja en algunos casos, como ha ocurrido con ports como el de Rime o la versión en modo portátil de Xenoblade Chronicles 2, donde los frames se van de vacaciones aún más lejos todavía.

Tampoco logro entender del todo el tema de los precios. Por más que ahora hay buenas ofertas, que según las cadenas pueden incluir uno o dos juegos con el pack de la consola (en torno a unos 380 euros, ojo), a eso se suma el pro controller (70 de media), la funda (20), el protector de pantalla (5-7), lo que deja el desembolso final en torno a los 500 euros. Se ponga como se ponga el personal, es muy caro. Y ya no es tanto una cuestión de pagar por plástico de periféricos, como pasaba en Wii, sino que realmente estamos pagando un precio realmente elevado por un hardware que, en el mejor de los casos, nos va a ofrecer un nivel técnico similar al de la pasada generación.

Y me temo que aquí va a entrar la caterva de fanatismos varios alegando que la magia es lo que cuenta. Por supuesto que Nintendo sabe dar un acabado fenomenal a buena parte de sus juegos, eso nadie lo duda: precisamente por eso es por lo que me compro el sistema, así que fuera ese argumento, que ya nos lo sabemos. Se trata de que estoy pagando 500 euros por un sistema que no va a poder trabajar con el Unreal Engine 4 en todo su ciclo de vida, que es ya el estándar de una actual generación a la que Nintendo llega con tres años largos de retraso, y en el que a día de hoy tampoco termino de ver una diferencia de potencia tan enorme respecto de Wii U como me dice todo el mundo. Sigo sin verla. Y a pesar de todo…

(Continuará)