En el lenguaje taurino, se dice que un matador hace un brindis al sol cuando se da cuenta de que tiene una faena difícil por delante, y procura ganarse el favor del público sentado en el tendido al sol, el que ha pagado menos por su entrada y que suele estar peor formado y, por tanto, es menos exigente con lo que ve en la plaza. El brindis al sol es una forma de buscar el aplauso fácil en previsión de una tarde muy cuesta arriba, ya que sabe que el aplauso del tendido de sombra es mucho más difícil de obtener.

De acuerdo con esta analogía, siendo Nintendo el torero y sus fans más acérrimos el tendido de sol, quedaría el 80% de la comunidad restante en una sombra expectante y escéptica ante cada nuevo movimiento de la compañía. Y que nadie se me ofenda con la comparación, porque no creo que el público de Nintendo esté menos formado, pero sí desde luego me parece mucho menos exigente con su compañía de lo que es el tendido de sombra.

En apenas un espacio de seis meses, Nintendo ha acumulado tres casos notables de stocks intencionadamente agotados: el primero de ellos, y el más relevante, es el de Nintendo Switch, su flamante nueva consola que es imposible de conseguir en tienda alguna desde hace ya demasiado tiempo. Los rumores apuntan a una nueva remesa cuando salga Splatoon 2, pero no hay nada confirmado. La cara de los dependientes de tiendas a los que he preguntado por esto es siempre la misma, de cantinela ya conocida de “no sé ni cuándo ni cuántas nos van a traer, ni siquiera si nos las van a traer al paso que vamos”.

El segundo caso es el que ha tenido a los Amiibos más recientes como protagonistas, ya fueran de Link, Pikmin, Cloud o Bayonetta. Lejos del aspecto infantil de las primeras remesas, estas últimas van claramente dirigidas a un público más adulto y de corte coleccionista. El tercero, como ya preveíamos hace apenas unos días, tiene a la SNES Mini Classic como protagonista, tras haber agotado literalmente en unos pocos minutos todas las reservas de la primera remesa de finales de septiembre de este año.

¿Por qué empleo la metáfora del brindis, os preguntaréis? Es muy sencillo: Nintendo sabe que un porcentaje mayoritario de estos compradores son su público más fiel, aquel que no suele darle la espalda (hay otro porcentaje de especuladores, eso no creo que haga falta casi ni recordarlo). Es el público que se siente VIP por tener acceso a lo que el resto de los mortales no tiene, su consola o cacharro con la marca Nintendo.

Mientras el tendido de sombra se queda perplejo ante esta demostración de absoluto fanatismo, con gente diciendo auténticas barbaridades por lo que no dejan de ser consolas correctas, con sus virtudes y defectos como todo hijo de vecino, aquí toca escuchar que es el siguiente advenimiento divino cada vez que se habla de Switch. Da igual que se recuerde la pobreza de catálogo y la falta de funcionalidades, en cuando sale el tema se contraataca con un “pero yo puedo jugar a Zelda en el metro, en mi baño o en la mazmorra de un castillo, si quiero”, y fin del asunto.

Debe ser que a esta gente le parece normal el modo de “distribución” de su compañía con sus productos. A mí, desde luego, me parece una aberración. Nintendo hace stocks muy pequeños, muy por debajo de sus posibilidades reales de producción; después de hacerlos los va enviando con cuentagotas a los puntos de venta, a sabiendas de que se agotarán casi antes de haber llegado. Quiere darle ese aroma de producto exclusivo, casi de lujo, a lo que no deja de ser una consola bastante normalita en lo técnico, que no cuenta con un catálogo de apoyo third-party (ni se le espera), y que como ha hecho con tantos sistemas antes que él, vivirá de las enésimas reediciones de sus sagas más importantes, como Zelda, Mario o Metroid.

Por su parte, los Amiibo, esos caramelos de coleccionista tan preciados en algunos casos, corren una suerte similar. No dejan de ser figuras de plástico de una utilidad bastante dudosa en los juegos para los que aportan “contenido”, pero se venden a precio de oro en las subastas de internet no bien se han puesto a la venta.

Algo similar ocurre con SNES Mini Classic, que a pesar de ciertas polémicas por no tener un catálogo más generoso, ha arrasado literalmente en apenas dos horas y ya tiene agotadas todas las reservas. Es muy posible que, al igual que los anteriores casos, no lleguemos a ver jamás una SNES Classic colocada en estantería de tienda alguna.

Pero eso da igual, o al menos importa poco si nuestro público fiel está que trina porque podrá hacer fiestas hipsters en sus terrazas llenas de ansiosos milennials mientras degusta con ellos el Mario Kart Remastered o lo que sea, porque logró sus Amiibos después de pasar la noche en vela esperando que su aplicación le dijera que ya podía reservar e irse a dormir, o que lucirá como si fuera la antorcha de la estatua de la libertad su SNES Mini en cuanto la tenga en sus manos.

No se trata de ridiculizar o de radicalizar nada. Me alegro mucho de que los nintenderos estén disfrutando de los productos de su compañía, cuya calidad global nadie debería poner en duda, pero lamento profundamente que no sean más críticos y no castiguen con más severidad las políticas de distribución de una compañía que son un auténtico disparate. Ni a ellos les generan las ventas que deberían y podrían, ni satisfacen la demanda real de un público que muchas veces se queda con las ganas, y contribuyen a generar un mercado de estraperlo y desvergüenza que cobra a pobres incautos entre tres y diez veces el precio oficial de salida.

Nintendo debería lanzar sus productos con un stock mayor, capaz de dar cobertura a todas las peticiones de reserva que tiene, que son muchas. Debería mimar un poco más a un público que es quizá más fiel de lo que su compañía se merece, y debería hacerlo lo antes posible o de lo contrario cada vez habrá más gente que huya del sol y quiera guarecerse en la sombra, que se está más fresquito y hay una mejor perspectiva (o al menos no tan dolorosamente luminosa).