Hoy, día 3 de marzo, se cumple el primer aniversario del lanzamiento de Nintendo Switch (y por tanto, de Zelda: Breath of the Wild, ahí es nada), y ahora que todo el mundo está cantando las sin duda merecidas virtudes de una consola que ha arrasado, literalmente, en ventas y a nivel de crítica, que están todos sacando el champán y celebrándolo como sin duda merece, a mí me gustaría aportar un punto de vista algo diferente porque creo que estamos perdiendo un poco la objetividad con todo esto, como (casi) siempre ocurre con la compañía nipona.

No seré yo el que niegue ni una sola de las evidencias que definen a Switch como el mayor éxito en más de una década de una compañía, Nintendo, que bien necesitaba esto. Su consola híbrida ha supuesto un éxito rotundo en ventas (14 millones en un año, superando las ventas globales de Wii U durante su ciclo entero de vida); ha colocado dos títulos, Zelda y Mario Odyssey, entre los mejores de 2017 y, además de estos, tanto Splatoon 2 como Mario Kart 8 Deluxe han tenido unas ventas soberbias (todos ellos por encima de los 4 millones de unidades, con el título de Mario llegando a colocar 7.4, según datos de VGChartz).

Sin embargo, creo que no debemos perder de vista que Nintendo ha hecho un gran 2017 porque necesitaba hacer un gran 2017. Después del fiasco de Wii U, y por mucha riqueza que tuviera la compañía o margen de error, como señalan algunos, lo cierto es que Nintendo estaba empezando a sugerir una idea de irrelevancia tanto en buena parte del sector de desarrolladoras como, lo que es peor, en el público objetivo, los consumidores. El éxito de Wii, aunque incontestable, no puede enmascarar el hecho de que buena parte de los jugadores reales (no los casual), preferían otras plataformas. Nintendo hacía mucho tiempo que había perdido una posición predominante no ya solo en el mercado (lleva 20 años sin ser la empresa que fue, como ya hemos tenido ocasión de comprobar).

El problema, o la duda, es saber si después de echar buena parte de la carne en el asador con Zelda y Mario, además de otros juegos meritorios en el pasado año, será capaz de mantener ese ritmo y, además, superar no pocas cuestiones que se le han perdonado hasta ahora por esa situación de comprensión provisional que se tiene siempre hacia el recién llegado. 2018 no solo tiene que ser un año donde aparezcan títulos originales exclusivos de un peso equivalente al mostrado con los ya citados, sino que es un curso importante para resolver qué pasa con la consola virtual, qué ocurre con Internet, con las funcionalidades extras tipo Netflix o YouTube…

No son pocos problemas, y de momento Nintendo los ha ido esquivando con una estrategia de despiste que, desde luego, conmigo no tiene demasiado éxito: los ya manidos ports o reediciones de Wii U (lo de Donkey Kong Tropical Freeze a 60 eurazos es para hacérselo mirar, por cierto), que con los dos Bayonetta, el título de Donkey y la edición “definitiva” de Hyrule Warriors copan absoluto protagonismo en esta primera mitad de año, y esa fenomenal cortina de humo que es Nintendo Labo, que está dando casi más que hablar que la propia consola.

Son varios los frentes abiertos que Switch tiene que seguir mejorando (catálogo de exclusivos y funcionalidades, principalmente), para que consolide una posición que, evidentemente, se ha ganado por derecho propio. Por eso es tan importante que las velas del cumpleaños y el confeti no nos hagan perder de vista que aún quedan muchos retos cercanos y no tan cercanos pero igualmente seguros (porque aún no se ha hablado de qué pasará cuando salgan PS5 y lo próximo de Microsoft, pero llegará).

Switch no puede, no debe, conformarse con convertirse en una Switch U. Algunos de sus títulos demuestran que esta consola tiene un potencial lo suficientemente grande como para ir más allá de eso y ser lo que todos queremos (y la industria necesita) que sea Nintendo: una empresa donde la innovación, la calidad y la originalidad van de la mano. Así que sí, feliz cumpleaños y todos los parabienes que se quieran, pero recordando que aún queda mucho por hacer.