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Desde hace dos días, las redes sociales e Internet en general está que trina después de la presentación de Xbox One. Miles de usuarios de Microsoft han quedado francamente decepcionados con lo que mostró su compañía de cara al futuro de su consola de sobremesa, de la que se esperaba mucho y se mostró muy poco. Ya no es solo que el diseño de la consola no termine de convencer, con ese aspecto de VHS de los 90, o que la idea de tener Kinect incorporado no termine de seducir a buena parte de un público hardcore al que, francamente, le vale con su mando a distancia y no necesita decirle a su consola que se encienda o se pase al modo TV. Es que muchos acudimos a la presentación de Redmond esperando saber algo acerca de juegos y consolas, y nos fuimos prácticamente con las manos vacías.

Uno de los problemas más graves que siempre hemos encontrado en Xbox, desde su mismo inicio, es su descarado -y exclusivo- interés por el público norteamericano. A él dedica todos sus mismo y esfuerzos, descuidando un mercado europeo y japonés donde, especialmente en este último, se ha pegado un sonoro batacazo que lleva camino de convertirse en endémico. El interés desmedido por eventos deportivos como el fútbol americano o la NBA, la insistencia excesiva con las series de televisión y los acuerdos con cadenas norteamericanas, la presencia de Spielberg para anunciar una serie de TV sobre Halo (?), y si a eso se suma que buena parte de estas prestaciones solo estarán disponibles en EEUU de salida, todo ello no hace sino ahondar aún más en la herida.

A nosotros la estrategia de Microsoft nos pareció un error. Si la nueva Xbox permite multitarea, ver la TV, navegar por Internet o conectarse a redes sociales, nos parece fenomenal. Sin embargo, nada de lo anterior tiene absolutamente nada que ver con videojuegos, que es a fin de cuentas para lo que debería servir una consola de videojuegos. Y tener a la prensa de medio mundo -el otro medio tiene cosas más importantes en qué pensar-, para mostrar siete miserables juegos, de los cuales cinco son multiplataforma, y de los cuales ni uno solo mostró imagen in-game alguna más allá de Forza 5, es un error colosal.

Pero más allá de la decepción general que ha provocado dicho evento, que ha dejado bastante maltrecha la imagen de marca Xbox One y que va a obligar a los americanos a esforzarse -y mucho- en el E3, a nosotros nos dejó muy mosqueado el asunto de lo que no se dijo en la conferencia. Como siempre, las ausencias más que las presencias son llamativas.

Para empezar, los grandes ausentes: los juegos. Microsoft ha tenido en un estado de semi-abandono a 360 en los últimos dos años a excepción de los epigonales Forza Horizon, Halo 4 y Gears of War Judgment, que poco o nada aportan a sus sagas respectivas. Se supone que en dicho periodo Microsoft había estado desarrollando una avalancha de juegos para acompañar la salida de Xbox One y, sin embargo, a la hora de la verdad todo se reduce prácticamente a lo de siempre: Fifa, Call of Duty, Assassin’s Creed, el enésimo Forza… ¿Y ya está? Sí, todos los títulos seguro que son juegos potentes, pero es que es lo mismo de siempre. Ni una sola idea nueva, ni una sola novedad (y no, a nosotros la miserable «muestra» de Quantum Break, con esa espantosa escena de telefilme entre madre e hija, no nos dice absolutamente nada. Nada de nada). ¿Dónde están los grandes juegos exclusivos del sistema, esas nuevas propiedades intelectuales que tienen que vender el sistema a los neófitos y convencer a los que ya son usuarios de Xbox de que deben subirse al carro de la siguiente generación? Misterio sublime.

En segundo lugar, la segunda mano. Se supo -después de la conferencia, y por medios secundarios- que Xbox One va a obligar a todos sus juegos a instalarse en el disco duro de la consola para combatir la segunda mano. Se trata de una especie de pass offline, que consiste en que cada juego se puede instalar en un único sistema, y si se lo dejamos a un amigo o queremos colocarlo en la segunda mano, obligamos al amigo o al comprador a pagar una cuota no especificada (pero que no imaginamos que baje de los 15 euros, como poco) para poder jugarlo. Es decir, que además de los 15/20 euros de media que cuesta un juego de segunda mano, añádanle otros 15/20 así, por la cara. ¿Por qué no se informó de esto en la conferencia? Otro misterio, aunque quizá menos sublime que el anterior, qué duda cabe.

En tercer lugar, la retrocompatibilidad. Tampoco se dijo nada de nada acerca de este asunto en la conferencia, pero en entrevistas posteriores se ha dicho que Xbox one no tendrá retrocompatibilidad porque los juegos de sistemas anteriores son «cosa del pasado». Fantástica aclaración. Ahora bien, cuando esta misma compañía pretenda vendernos reediciones hd o como sean de juegos de 360 y nos neguemos a comprarlos porque son «cosa del pasado», a ver qué cara se les queda.

En último lugar, el online permanente. De nuevo, ni esta boca es mía en la conferencia. Después de toda la polvareda que se armó con aquel trabajador de Microsoft que la lió en Twitter diciendo que esto del online permanente era propio del mundo en que vivimos, y al que no le guste que se pudra (declaraciones que, obviamente, le costaron el empleo), resulta que la gente de Redmond considera que no hace falta decir nada. Lógicamente, luego se filtró alguna que otra declaración no oficial para acallar la tormenta perfecta que se desató tras la «no conferencia», donde se procuró por todos los medios desmentir que sea necesario estar permanentemente conectado a Internet para jugar a Xbox One. Sin embargo, en otros sitios se pudo saber que esta opción estará abierta para todas las desarrolladoras que quieran hacer uso de dicha función, con lo que no entendemos nada de nada. Más misterios al canto.

En suma, Microsoft ha errado hasta tal punto en su enfoque que parece difícil determinar qué va a ocurrir. Desde luego, y como ha quedado sobradamente demostrado, aquí lo de menos era mostrar la consola, cosa que tanto criticaron algunos sobre el PS Meeting donde se presentó PS4. Aquí, como entonces, se trataba de ver juegos, y aquí no se vieron. Se trataba de ver nuevas ideas, conceptos y formas de vivir los juegos, y tampoco se vieron por ningún lado. Francamente, si la next-gen solo nos va a ofrecer modelos más detallados de Messi en el nuevo Fifa de turno y más partículas explosionando en el Call of Duty, que no cuenten con nosotros.