Ayer mismo saltaba la noticia, a través de un comunicado de la propia Sony, confirmando que no acudirá al E3 de 2019, y que tampoco dará conferencia alternativa alguna, al modo de Microsoft. Esto, sumado al hecho de que tampoco se celebrará la Playstation Experience a finales de este año, como venía siendo habitual, conduce inevitablemente a la compañía japonesa a un voluntario silencio de más de un año (hasta finales de 2019, de momento). La pregunta que resulta de todo esto es, lógicamente, por qué.

Tuve la impresión, ya en la conferencia del E3 2018, de que Sony estaba realizando una declaración de intenciones bastante evidente para el que tuviera ojos y oídos: Spiderman, The Last of Us Part II, Ghost of Tshushima y Death Stranding son los últimos proyectos triple A exclusivos para la consola PS4, y después de esto se acabó. Los tres últimos están a la espera de confirmación definitiva, aunque todo parece indicar que se repartirán 2019 del mismo modo que God of War, Detroit; Become Human y el propio Spiderman se han repartido 2018, con enorme éxito de crítica y ventas.

Todo esto hay que ponerlo también en el contexto de las declaraciones de Jhon Kodera el pasado mayo, cuando el CEO de la compañía afirmó que el ciclo de PS4 estaba alcanzando su recta final, así como de los persistentes rumores de que los kits de desarrollo de PS5 están ya en manos de muchas compañías desde hace tiempo. La compañía afirma, en su comunicado, que no dispone de material suficiente para organizar una conferencia de estas características, dando a entender, de manera velada, que lo que sí está preparando para PS5 aún se encuentra en una fase demasiado verde en su desarrollo.

La duda que le puede quedar al usuario es por qué no se aprovecha ese E3 de 2019 para la presentación en sociedad de Playstation 5, como ha ocurrido en generaciones anteriores. Si, como todos los rumores parecen afirmar, la consola tiene prevista su salida en algún momento de 2020, esperar al E3 de ese año puede parecer algo precipitado. No obstante, permitiría respirar a la comunidad de PS4, que con toda seguridad alcanzará los 90 millones de usuarios en esta campaña navideña y aún puede generar beneficios durante un año fiscal completo, sin sombras en el horizonte que entorpezcan las ventas de PS4 o PS4 Pro.

Otra teoría que está cogiendo bastante fuerza en los foros, y que desde luego tiene todo el sentido comercial del mundo, es que el lanzamiento en 2020 (o quizá antes) de la consola podría venir perfectamente acompañado por ports de, por lo menos, The Last of Us Part II y Death Stranding, cuyo desarrollo de este último sigue sumido en el más absoluto misterio y no parece que vaya a ver luz en un futuro cercano, por lo visto hasta la fecha.

Cábalas aparte, lo cierto es que esta decisión de Sony está condicionada claramente por el cambio a la próxima generación y la falta de nuevo contenido para su consola actual, Playstation 4. No tengo claro de qué manera podrá afectar negativa o positivamente a la imagen de la compañía que el E3 tenga lugar sin su presencia, tan celebrada en ediciones como la de 2015, cuando anunció a bombo y platillo The Last Guardian, Shenmue III y Final Fantasy VII Remake ante un público delirante que no se lo podía creer. Sony lleva “ganando” el evento desde hace ya demasiado tiempo, y provocando que tanto Nintendo como Microsoft terminen por arrojar la toalla y montar sus propios eventos alternativos, ya sea en forma de conferencia digital o presencial en otro auditorio, respectivamente.

Quizá más triste sea la consecuencia que esto supone para un E3 que cada año se devalúa más por la ausencia de grandes desarrolladoras, como Rockstar o Blizzard, que celebran sus propios eventos, o las espantadas de las tres compañías fabricantes de hardware, que parece evidente que están buscando formas más modernas y beneficiosas de comunicar sus contenidos a los usuarios. No parece casual que en todo este proceso de degradación y devaluación paulatina se hayan ido incorporando elementos ciertamente ajenos a la esencia original del E3, como ese público masivo que paga auténticas obscenidades por pasearse por la feria de Los Ángeles. Y todo esto se produce precisamente en la antesala de un 2019 en el que, paradójicamente, se cumplirán 25 años de su primera edición.