Se está hablando mucho estos días sobre el 25 aniversario de la salida al mercado de Playstation, con sesudos análisis y reportajes sobre sus indiscutibles logros y su excelente catálogo de grandes juegos. Todo ello me parece muy pertinente y adecuado, porque realmente esa consola es un pequeño milagro dentro de la industria, tanto por lo que supuso como invitado de honor a aquella fiesta que hasta entonces parecía privada entre Nintendo y Sega, como por convertirse, al menos en el imaginario colectivo de este país, en el sinónimo por excelencia de «consola de videojuegos».

Playstation popularizó los videojuegos y puso las primeras piedras para convertir este fenómeno en la locura global que es hoy en día. Hasta la llegada de esta consola los videojuegos se asociaban a mascotas simpáticas que saltaban de plataforma en plataforma. Fue con la llegada de este sistema que muchos jugadores comprendimos que esa infancia dorada de los años 80 y primeros 90 estaba entrando en una adolescencia con rasgos realmente prometedores de cara al futuro, una especie de acné poligonal del que ahora todos reniegan por lo mal que ha envejecido aquella primera tecnología pero que en su momento se veía con el asombro de estar ante el umbral del futuro.

Para mí lo realmente relevante no es tanto aquel primer y (justamente) glorificado sistema, sino que aquello supuso la entrada en escena de una compañía, Sony, que desde entonces lleva un cuarto de siglo compitiendo por llevarse siempre la primera posición en cada generación, y que con el único manchón en el expediente que supuso PS3 (sobre todo al inicio de su respectiva etapa), las otras tres en las que ha participado han sido sonoros éxitos: PS1 se llevó por delante a Nintendo 64 y a Saturn; PS2 se cargó a Sega y su Dreamcast, se comió con patatas a Gamecube y dejó en mal lugar a la bastante superior primera Xbox; y en esta última generación, la que empezó en 2013, lleva vendidas más de 100 millones de consolas, muy, muy por encima de sus competidoras.

En estos 25 años, los usuarios de Playstation han podido disfrutar de prácticamente todos los grandes títulos third-party, de acuerdos exclusivos que durante mucho tiempo hizo que franquicias como Metal Gear, Final Fantasy, Grand Theft Auto y un larguísimo etcétera se asociaran únicamente con Playstation, a lo que se suma un cada vez mayor repertorio de títulos exclusivos que son ya historia de la compañía, juegos que como Metal Gear Solid (1998), Shadow of the Colossus (2005), The Last of Us (2013) o God of War (2018), han hecho historia en cada una de sus respectivas generaciones.

Yo me incorporé a ese particular carro en la época de PS2 (como media humanidad, me imagino), y desde entonces he podido asistir al crecimiento de la industria en esta plataforma, con esa continuación de la adolescencia que fue PS2 y esos inicios tímidos, pero importantísimos, en conceptos de juego más adultos que hubo ya en la etapa de PS3, donde juegos como Assasin’s Creed, Bioshock, Mass Effect, Journey o el ya citado The Last of Us me hicieron ver que el videojuego era un asunto mucho más serio de lo que se pensaba. PS4 ha continuado en esa línea, y nos ha seguido ofreciendo auténticos bombazos cada año, aunque tuviera un inicio complicado en cuanto a lanzamientos. Ahora mismo, el reinado de PS4 es absolutamente indiscutible.

Todo eso está muy bien, y me imagino que la parroquia de Sony y sus fans estarán ahora mismo celebrándolo como merece la ocasión (que seguramente hubiera agradecido que se lanzara este año una mini PS1 mucho mejor que aquella que lanzaron el año pasado, por cierto), pero para mí lo realmente interesante es, ahora que ya ha quedado claro que esta octava generación no ha tenido prácticamente historia ninguna desde el primer momento, qué va a ocurrir en esa que tenemos en ciernes a partir del año que viene.

Porque la supremacía que ha demostrado Sony, con el matiz ya señalado de PS3, se ha basado hasta ahora en una serie de claves que han permanecido prácticamente inalterables, en cuanto a política de lanzamientos, acuerdos de exclusividad y promociones ante usuarios, pero el año que viene se abren frentes para los que, en mi opinión, Microsoft se está preparando mucho mejor. Ya hablé hace unos días de la, a mi juicio, pobreza de PS Now frente al Game Pass de Xbox One, y entre eso y la cantidad de compras de estudios que está realizando últimamente Microsoft, me pregunto hasta qué punto no se está armando mucho mejor su gran competidora de cara a la novena generación.

Entiendo que en Sony estarán también preparando su particular arsenal, y en ese sentido creo que la retrocompatibilidad de PS4 en PS5 es un acierto indiscutible para invitar a la mayor parte de sus usuarios a dar el salto al nuevo sistema, pero en cualquier caso, haría mal en dormirse en los laureles de su propio éxito. Ya lo tuvo que pagar, y bien caro, tras el descomunal éxito de PS2 en su momento. Hay retos muy importantes de cara al futuro que se van a granjear en nuevos territorios, como esas plataformas de contenido digital, el juego online, los Esports o Twitch y similares, y si queremos una industria fuerte sería bueno que todas las compañías hicieran frente a esos retos como merece la ocasión, y entre ellas Sony, que estoy convencido de que tendrá ese papel esencial que se ha ganado a pulso en estos 25 años.