Una vez superados los rigores veraniegos afrontamos ya la recta final del año, con ese tradicional trimestre donde asoman en el horizonte los dos pesos pesados en venta de todas las campañas navideñas, FIFA 20 y Call of Duty: Modern Warfare, que con sus modos de fútbol callejero y su vuelta a las campañas cinematográficas clásicas amenazan con arrasar nuevamente en las listas de más vendidos. Sigo pensando, y así lo mantendré, que a ambas franquicias les ha hundido el prestigio y la calidad el asunto de los sangrantes micropagos, motivo por el que desde hace varios años me niego a analizar sus entregas en este blog, pero es evidente que soy una minoría insignificante comparado con los millones de usuarios que siguen dando la razón a estas agresivas estrategias comerciales.

Más preocupantes parecen las noticias que nos van llegando de ese futuro de transición generacional en el que también estamos a punto de entrar. Las compañías han hecho anuncios bastante perezosos en las ferias veraniegas, con alguna que otra excepción, y apenas han dejado noticias de auténtica repercusión para la industria, como la compra de Insomniac por parte de Sony (algo que seguramente tampoco habrá sorprendido a cualquiera que haya seguido la trayectoria de la compañía, casi siempre ligada a la marca japonesa con alguna que otra honrosa excepción).

Los modelos de negocio basados en plataformas me siguen pareciendo todavía bastante verdes, con muchas dudas acerca de rendimiento, precio, fechas, catálogo y sistema de desarrollo futuro a expensas de dichas plataformas. ¿Alguien se cree de verdad que juegos como Gears 5, ahora mismo arrasando en Xbox One, van a ser la tónica de lanzamientos de Game Pass en el futuro a medio y largo plazo? Yo tengo para mí que estamos más cerca de ver lanzamientos tipo Sea of Thieves que triples A a la antigua usanza (Gears 5 comenzó su desarrollo antes de conocerse los planes de Microsoft para su plataforma, recordemos).

Y mientras Sony y Microsoft siguen tratando de dilucidar dónde y en qué condiciones se librarán las batallas del futuro, Nintendo sigue haciendo de su capa un ejemplar sayo, lanzando un Nintendo Direct plagado de refritos, remakes, ports y más ports, aun con las buenas noticias que ha traído consigo el sorprendente Astral Chain, en el que personalmente no tenía demasiadas esperanzas y con el que celebro haberme equivocado. Ahora, de ahí a hablar de la resurrección absoluta y definitiva de Platinum Games, creo que hay un trecho bastante grande. Más interesante me ha parecido el ver que Smash Bros Ultimate sigue creciendo día a día como el gran manual del homenaje al videojuego de los 90 y 00, con las incorporaciones al plantel de Banjo & Kazooie y de Terry Bogard, la gran estrella olvidada de aquellas sagas de lucha tan fabulosas que fueron Fatal Fury y King of Fighters, en los tiempos dorados de SNK.

Hideo Kojima, por su parte, sigue desgranando más y más detalles con sucesivos vídeos plagados de juego en tiempo real de su Death Stranding, ese juego del que todavía no tenemos ni la más remota idea de qué va o cómo se juega. Resulta difícil conservar la sorpresa y emoción por un juego cuando se nos ponen tantos y tantos materiales, pero más difícil aún me parece que con tanto a nuestro alcance el juego siga resultando un completo y absoluto enigma. Está claro, en cualquier caso, que este señor ha hecho siempre las cosas muy a su manera no solo en el desarrollo de videojuegos sino en sus estrategias comerciales para venderlos, y buen resultado le ha dado hasta la fecha.

No obstante, para mí el asunto principal no ya solo de esta recta final del curso sino realmente de todo el año que llevamos, es la absoluta carencia de grandes títulos, de juegos de verdadera entidad. No parece que de aquí a diciembre vaya a salir nada comparable a los grandes títulos de los años anteriores, lo que refleja mejor que nada el declive generacional. Esto, que puede parecerle lógico a muchos agoreros que llevan proclamando el fin de los tiempos desde hace demasiado, a mí me parece que se está pasando de la raya.

Normalmente, los años finales de cada generación suelen implicar lanzamientos que pasan a formar parte de lo mejor del catálogo general de cada sistema, algo lógico si se tiene en cuenta lo cómodos que se encuentran ya a esas alturas los desarrolladores con cada consola, que llevan más de un lustro conociendo y explotando. Es cierto que aún faltan juegos por salir en PS4 y One, como The Last of Us Part II o Halo 5, pero no hay más que echar un vistazo a cómo terminaron todas y cada una de las generaciones anteriores para darse cuenta de que esos últimos compases eran los que ofrecían juegos más depurados, que sacaban el máximo partido a las consolas.

Así, por ejemplo, Super Nintendo despidió su ciclo de vida con tres juegos en las navidades de 1995 tan salvajes como Super Mario World 2: Yoshi’s Island, Killer Instinct y Donkey Kong Country 2 (y aún lanzaría la tercera entrega de la trilogía del simio las navidades siguientes, cuando se lanzó oficialmente N64); PSOne lanzó el magistral Final Fantasy IX y Dragon Quest VII en 2001; Playstation 2 lanzó en 2007, año en que salió PS3, nada menos que God of War 2 y Final Fantasy XII; Wii sacó Skyward Sword en 2011, a un año de que naciese la malograda Wii U; Playstation 3 sacó Bioshock Infinite, The Last of Us y GTA V en 2013, pocos meses antes del lanzamiento de PS4, y así podríamos seguir toda la vida.

Me resisto a creer que con God of War, Spiderman o Red Dead Redemption 2, todos ellos de 2018, hayamos tocado techos técnicos o jugables dos o tres años antes de darle carpetazo a este asunto, cuando, recordemos, costó casi dos años empezar a ver frutos decentes en una generación plagada de mediocridades y ports de sistemas anteriores durante todo 2014 y buena parte de 2015. De cumplirse estos pronósticos yo tendría serias dudas de calificar la presente generación como una de las peores y más decepcionantes en la historia del sector, y eso es decir mucho.