Con los resultados en la mano, y mira que me apena constatarlo, Quantum Break se ha convertido en la nueva decepción de la temporada. Tanto alimentar el hype del personal con sus indudables virtudes, su apuesta por la hibridación con el formato de las series de televisión, la espectacularidad de sus trucos para modificar las físicas del entorno… y al final, lo que han recibido los jugadores de Xbox One (a los pobres de PC los dejaremos aparte, porque vaya desastre de port), ha sido nada menos que un pobre juego de disparos con coberturas y poco más. Es decir, la misma historia de siempre con un envoltorio (en apariencia) revolucionario, que se termina revelando como una recolección de tópicos de serie B y un sinfín de sinsabores con las supuestas variaciones en función de las decisiones en el juego, que al final no afectan para nada al resultado. Todo demasiado conocido.

Yo de verdad que lo lamento por los usuarios de una consola a la que parece que Microsoft le está haciendo la cuenta atrás con un altavoz global, porque lo único visible en el horizonte, salvo que el E3 lo remedie de manera espectacular, es Scalebound. Todos y cada uno de sus exclusivos se van a PC y ya hay quien opina que no volveremos a ver una siguiente Xbox, sobre todo después de la somanta de palos en ventas que le está dando Sony (y aun con un catálogo infinitamente más flojo que el de la compañía americana). No hay quien entienda ya nada, francamente.

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Por otro lado, esta semana ocupa el primer plano la tercera entrega de la serie Dark Souls, a la que ya os avanzo desde aquí que no dedicaremos más apartado que estas líneas, a pesar de no estar recibiendo malas críticas. Desde que probé la primera parte tuve bien claro que este juego está hecho para un tipo de jugador amante de la dificultad extrema al que yo, desde luego, no me ajusto en absoluto. Mi concepto de disfrute de un videojuego no encaja en esta orgía de muertes y destrucción, en ese eterno deambular por parajes sombríos a la espera de que un matorral mutante me devore 1001 veces hasta hacerme entrar en modo Berserker y arrojar el mando y a quien pille más cerca por la ventana.

Por más que entiendo que cada juego tiene su público, jamás comprenderé el amor que tiene la gente por esta saga, ni a nivel técnico, ni jugable ni argumental (quizá solo artístico, y aun ahí tengo mis dudas), y mucho menos a esa especie de excitación masoquista al ver el infame “You Die” bañado en sangre con que el juego tiene a bien obsequiarnos una vez cada 30 segundos.

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Más suerte parece haber tenido el retorno de Ratchet & Clank, cuya última entrega está recibiendo parabienes y enlaza fenomenalmente con una película animada para la ocasión. Estos simpáticos personajes, que comenzaron su andadura en la ya vetusta Playstation 2 hace más de una década y media, llegan ahora con un juego al que es complicado sacar diferencias con su homónimo cinematográfico, lo que me lleva a pensar que, narices, ya podía haber sido este juego el que ocupara el espacio que llenó el inefable Knack en su momento. Más de uno lo hubiera agradecido, como agradecería yo que me explicaran a santo de qué demonios anuncia Sony una continuación de ese juego (hagamos un crowfunding para que se llame Knack Returns: Origins Apocalipsis, o algo así, por favor).

Este mes se completa con la llegada de Starfox Zero y Starfox Guard. Se trata del penúltimo cartucho de escopeta para una Wii U que, a tres años y medio de su salida al mercado, ya empieza a despedirse de la comunidad entre más y más rumores sobre la dichosa NX. El juego del intrépido piloto Fox llega en medio de una expectación diluida por controles problemáticos y un apartado técnico muy por debajo de lo esperado, y no pocas dudas sobre la duración del juego, del que aun así esperamos que nos devuelva un poco de ilusión antes de cerrar un ciclo, el de Wii U, sobre el que nos gustaría volver con detenimiento para analizar bien todos los factores que han intervenido en este clamoroso fracaso en ventas de Nintendo. Con el escuadrón galáctico de peluches os dejamos hasta la próxima entrega, pixeleros.

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