Con el paso de las décadas, el baúl de los videojuegos empieza a configurar un espacio donde se filtran aquellos juegos dignos del olimpo, un corpus lleno de calidad que, lejos de quedarse anclado en sus máquinas originales y en el momento en el que fueron lanzados, se ha convertido en una especie de catálogo alternativo que inunda las tiendas virtuales desde hace un par de generaciones. Es una suerte, para muchos jugadores recientes, poder disfrutar de juegos como Sonic the Hedgehog, Super Mario Bros 3, Mario Kart 64 o el Street Fighter II original y un larguísimo etcétera.

Sin embargo, que una consola tenga un catálogo alternativo lleno de clásicos es una cosa, y otra bien diferente que una consola next-gen como Playstation 4 se alimente, en un porcentaje alarmante, de juegos de sistemas anteriores (y del sistema precedente, en concreto) para configurar su catálogo principal. Y aquí ya nos salimos del terreno del concepto de clásico para entrar en el espinoso “remaster”, es decir, un port de un juego muy reciente donde se han optimizado una serie de aspectos técnicos, como la tasa de frames o la resolución, y que se nos vende casi a precio de novedad. Y el problema con los remasters es que, a diferencia de los clásicos, no han pasado el necesario filtro del tiempo como para saber discernir la paja del grano.

Esto implica que a juegos indiscutibles con excelentes conversiones, como The Last of Us o GTA V, por poner dos ejemplos muy claro, se les unen decisiones tan cuestionables como Dishonored Injustice: Gods among us. No es que tenga nada en contra de estos juegos pero sinceramente no me parece que sean merecedores de ningún port, más cuando sus versiones para PS3 son tan recientes como nulas sus novedades o peso histórico en el sector del videojuego. En cualquier caso, que el pack más seductor de Playstation 4 de estas navidades fuera el que incluía nada menos que cinco juegos First Party de Playstation 3, por buenos que fueran dichos juegos, es sencillamente vergonzoso.

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Entiendo perfectamente que muchas compañías hayan tenido miedo del salto generacional en un primer momento, o que no hayan tenido tiempo de desarrollar juegos para las nuevas plataformas y les haya resultado mucho más rentable tirar de catálogo reciente para sacar títulos de relleno. Hacer negocio es el principal objetivo, eso está claro, y a cualquier precio. Sin embargo, si echo un vistazo a mi colección de Playstation 3, encuentro que los siguientes juegos han sido objeto de remaster:

  • 1- Uncharted: El tesoro de Drake
  • 2- Uncharted 2: Entre ladrones
  • 3- Uncharted 3: La traición de Drake
  • 4- God of War III
  • 5- The Last of Us
  • 6- GTA V
  • 7- Tomb Raider
  • 8- Heavy Rain
  • 9- Beyond: Dos Almas
  • 10- Dishonored
  • 11- Journey
  • 12.- Dark Souls 2
  • 13.- Devil May Cry 4
  • 14- Final Fantasy X/X2 (que ya era un remaster, a su vez, de los originales de PS2: de locos)

Es evidente que nadie obliga a comprar las nuevas versiones por tentadoras que resulten, como ese pack que incluirá Heavy Rain y Beyond Dos Almas y será lanzado en marzo a 40 euros. Cada jugador decide, a fin de cuentas, si tal o cual experiencia es merecedora de volver a vivirse con esa supuesta mejora técnica, que no siempre es tan buena como se nos quiere vender. No obstante, mucho me temo que es solo cuestión de tiempo que la saga Assassin’s Creed, Resident Evil 5 o 6, Killzone 2 y 3 y tantos otros se terminen uniendo a esta lista, algo que me plantea más problemas de lo que parece.

Se podrá argumentar que los remasters empezaron ya en la pasada generación, y bien es cierto que Playstation 3 recibió un aluvión de ports de épocas pasadas. La diferencia está en que dichos ports solían incluir una cantidad de contenido generosa, como ocurría con God of War Collection o  Metal Gear Solid: Legacy Collection, y por el evidente salto que experimentaban todas las versiones. De PS2 a PS3 el salto técnico fue bestial, empezando por la alta definición. Eso hace que juegos, como por ejemplo, ICO y Shadow of the Colossus alcanzaran cimas gloriosas en la versión combinada que el Team ICO lanzó en 2011. Si ambos juegos aparecieran de nuevo (y aparecerán, estoy convencido) para Playstation 4 con tasa estable de 60 fps y 1080p de resolución no supondría el mismo cambio, aunque tengo claro que ellos sí pertenecen a esa categoría de clásicos que merecen ser remasterizados una y otra vez. Hay quien sueña ya, y no soy ajeno a dicho sueño, con una edición de coleccionista que incluya, además del esperado título, los juegos anteriores de Fumito Ueda con estas nuevas características.

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Lo que nadie podrá negar, en cualquier caso, es que Playstation 3 tenía un catálogo propio donde dichas colecciones, que solían incluir juegos de franquicias aparecidos en la consola anterior con las siguientes entregas de PS3, ocupaban un espacio secundario. Para entendernos, nadie se compraba una PS3 por jugar al primer God of War. Sin embargo, uno de los packs que mejor funcionó hasta estas pasadas navidades de PS4 era el que incluía GTA V… seguido del que incluía The Last of Us.

Ante esta maldición de los remasters, que no hacen sino recordarnos lo buena que fue la época de PS3, mi esperanza está puesta en que este aluvión de títulos pronto quede eclipsado por las grandes novedades. Sony tiene por delante un 2016 donde aparecerán Uncharted 4, Gran Turismo Sports, The Last Guardian, Gravity Rush 2, Street Fighter V y No Man’s Sky, entre otros (también se ha anunciado Horizon: New Dawn, pero yo de ese no me lo creeré hasta que no lo vea. Y con The Last Guardian estoy haciendo un acto de fe enorme, que alimento con la portada oficial ya anunciada, por ejemplo). Esto, más las sorpresas que se vayan desvelando, son la primera línea prometedora de juegos exclusivos que ha tenido la consola desde que se lanzó, y donde hasta ahora reina en solitario Bloodborne sin oposición de ninguna clase por parte de la principal desarrolladora del sistema.

A estas alturas de la generación y enfilando ya su tercer año como sistema en el mercado, Playstation 4 no se puede permitir el lujo de seguir viviendo de las sustanciosas rentas del pasado reciente.

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