Para alguien que creció junto al erizo Sonic, cuyo primer juego fue la puerta de entrada en el mundo de los videojuegos, no ha habido nada más doloroso, nada más profundamente decepcionante que ver cómo la mascota que llegó a discutirle el trono a Nintendo, que logró superar en ventas a Mario y ser incluso más famoso que el ratón Mickey durante casi una década, dejara que su estrella se apagara casi inmediatamente después de una forma tan penosa como irreparable.

Evidentemente, la última década ha estado marcada en sus inicios por la quiebra de Sega y su reconversión en compañía Third Party. A partir de 2002, y tras la cancelación de Dreamcast, todas sus licencias fueron vendidas al mejor postor y buena parte de su plantilla emigró a otros lares, preferentemente a una Microsoft que, al menos en sus primeros años, pareció haber heredado el legado de Sega con conversiones bastante decentes de Shenmue 2 para la primera Xbox o juegos propios de sus franquicias como Panzer Dragoon Orta, para 360, por ejemplo.

Esta bancarrota y posterior reciclaje influyeron de manera decisiva en Sonic. Si ya en su primera década el abuso de conversiones, juegos menores y spin offs había sido espantoso, esta tendencia se agudizó y afectó a los juegos principales de la franquicia, hechos en su mayoría con prisas y sin el profundo conocimiento del hardware que el Sonic Team, ya sin Yuji Naka al frente de la dirección (a partir de 2005) ni buena parte del equipo original, tuvo que afrontar.

El primer juego de esta etapa es Sonic Heroes (2003), un juego con el que se intentó relanzar la franquicia en PS2, Gamecube y Xbox. La idea principal parecía atractiva: se hacían equipos de tres personajes, entre diversas posibilidades de entre los clásicos de la saga (Sonic, Tails y Knuckles en uno; Espio, Charmy y Vector en otro; Rose, Cream y Big en el tercero, dejando el último para Shadow, Rouge y el robot E-123), que combinaban sus habilidades para llegar al final de los diferentes niveles. Semejante maremágnum de personajes, que mezclaba sin ninguna fortuna lo bueno con lo anodino, tuvo como resultado un juego profundamente desigual, que por encima de todo fallaba en un diseño de escenarios bastante mejorable y una simpleza de mecánicas que hacía que a los cinco minutos uno ya hubiera visto prácticamente todo lo que el juego tenía que ofrecer. No es que fuera un mal juego, pero a nivel técnico era pobre y estaba a años luz de los intentos de Sonic Adventure por ofrecer ideas nuevas y mecánicas atractivas, lo que explica su fracaso de crítica y público.

Juegos posteriores, como Shadow the Hedgehog (2005) o Sonic and the Secret Rings para Wii (2007), no le harían ningún favor a la saga con su diseño pasillero, controles imposibles y cámara espantosa, pero es sin duda Sonic the Hedgehog (2006), lanzado para PS3 y Xbox 360, el juego que sepultó toda posibilidad de que el erizo volviera por donde solía. El juego, que está considerado como el peor juego de Sonic hecho jamás, es un completo despropósito que no hace uso de un 10% de la potencia de sus respectivas plataformas, un desastre en todos los aspectos imaginables que trataba de introducir mecánicas de exploración en una ciudad que supuestamente funcionaba como el castillo de Mario 64.

El control era tan, tan, tan rematadamente malo que ni siquiera sus muchas carencias técnicas o de diseño conseguían superar tanto lastre. Plagado de bugs, de escenas de vídeo que no venían a cuento, unas físicas que se volvían de auténtica desesperación manejando a Tails o a Sonic en las partes de máxima velocidad, así como de una cámara inoperante y unos tiempos de carga inexplicablemente largos, este juego es la quintaesencia de lo mal que se puede hacer un videojuego, mucho más grave todavía cuando lo que se pretendía desde el mismo título era relanzar la franquicia y celebrar los 15 años desde la salida del primer juego. Por favor, que esto no se vuelva a repetir nunca más.

Por fortuna, los siguientes títulos no podían hacerlo peor que este, pero tampoco le vinieron a la zaga. Con títulos tan bochornosos como Sonic Unleashed (2008) y Sonic and the Black Knight (2009), este último exclusivo de la pobre Wii, estos dos juegos demostraron que todavía quedaban muy malas ideas por incluir en juegos de Sonic. El primero de ellos lo convertía en erizo-lobo, o algo así, y si por el día correteaba alegremente por escenarios nefastos, durante la noche nuestro simpático amigo se convertía en una especie de bestia parda a la que le daba por despedazar a todo bicho viviente (como lo oyen), haciendo gala de una lentitud pasmosa.

El segundo, otro despropósito se mire por donde se mire, nos ponía nada menos que una espada en manos del erizo para ir corriendo y dándole espadazos, al modo Zelda, a todo lo que se moviera. Al margen de lo inexplicable del asunto (porque ojo a las cinemáticas del juego, que son para llorar), el problema estaba en unas mecánicas tan penosas como incoherentes con absolutamente todo lo que se hubiera visto antes en la saga. Otro desastre más, y ya iban unos cuantos.

Sonic Colors (2010), también exclusivo para Wii, es el único juego para consolas de sobremesa en toda la década que puede presumir de haber obtenido un reconocimiento algo más positivo que todos los anteriores (y posteriores hasta la fecha). Concebido como un intento de darle a la saga nuevas mecánicas, nuevos ítems y un aire más fresco, logró parcialmente lo que todos habían intentado en entregas previas: darle a la saga un universo colorido, variado, capaz de ofrecer buenas plataformas tanto en 2D como 3D, con una buena música y el buen gusto de estar solo centrado en Sonic y Tails, sin más personajes anodinos.

Con mejores físicas y unos controles más adecuados, es con diferencia uno de los juegos más recomendables del catálogo de Wii en plataformas… si nos olvidamos de un tal Mario Galaxy. (Ouch) Aun así, hay que reconocerle el mérito de haber obtenido resultados notables, un oasis en el desierto por mucho que ciertas fases fueran ridículamente difíciles y su modo cooperativo fuera espantoso.

Sonic Generations (2011) y Sonic Lost World (2013) han sido los últimos intentos serios de Sega por intentar convencernos de que su mascota sigue teniendo el gancho de antaño. El primero, concebido como un gran auto homenaje a sí mismo, combina niveles clásicos de los juegos más exitosos de la franquicia (de los nuevos, solo Colors tiene algo de presencia), en versiones en 2D para el Sonic clásico, rechoncho y cabezón, dejando unas decepcionantes variantes en 3D para el Sonic moderno, ese que no para de hablar en plan chuleta y que se caracteriza, en la peor tradición de la franquicia, por unos controles penosos y una cámara absurda.

Plagado de situaciones decepcionantes y otras que revelan únicamente la incapacidad de unos diseñadores por ofrecer algo original, el juego pasó sin pena ni gloria, algo que puede aplicarse también al último intento, hasta el momento, de Sega: Sonic Lost World es un dechado de buenas intenciones que trata de copiar, sin éxito, la fórmula planetoide y de diseño de niveles de Mario Galaxy sin ninguna clase de éxito. Personajes sin carisma y fases llenas de lugares comunes, el juego es un constante quiero y no puedo, que nos recuerda una vez más lo bajo que ha caído esta saga con el paso de los años, hasta reducirla a un exclusivo de Nintendo, su antaño firme competidora, de escaso interés.

Resulta difícil saber cuándo Sonic perdió el rumbo y pasó a ser lo que es hoy en día, una mascota irrelevante desde el punto de vista de las ventas, la crítica o el impacto en los videojuegos. Sagas como la de Rayman Legends han demostrado tener una fuerza infinitamente superior, por no mencionar juegos concretos de la saga Super Mario, que siempre saben como mínimo estar a la altura de las circunstancias y ofrecer juegos de contrastada calidad, cuando no de maestría, como el caso de Super Mario Galaxy 1 & 2 en tiempos recientes.

Es evidente que el salto a las 3D no se dio en condiciones, con un elevado coste que se llevó por delante a la Sega Saturn con el fallido proyecto de Sonic Xtreme, y que después ha sido realmente difícil decir algo cuando la consola fallaba (Dreamcast) o los equipos de desarrollo eran incapaces de hacer juegos con un mínimo de calidad. Sea como fuere, lo cierto es que a día de hoy Sonic está en peor forma que nunca, relegado de plataformas con visibilidad como las de Sony o Microsoft y que, en el colmo de los colmos, no ha vuelto a tener un éxito considerable desde 1992, cuando Sonic 2 superó los 6 millones de copias. Con decirles que los últimos juegos del erizo que se han acercado a a esas cifras son los spin off de Mario y Sonic en los Juegos Olímpicos, queda todo dicho. Ni siquiera intentos loables, como Sonic 4 en formato DLC, lograron generar atención alguna ni reconocimiento de ninguna clase, condenadas ya sus fórmulas a la época de los 16-bits, que es donde únicamente lograron el esplendor que merecía la saga.

Queda, y siempre quedará, eso sí, el gran regusto que dejaron las primeras entregas para Mega Drive, cuando aquellos cuatro excelentes juegos llenos de carisma y velocidad eran capaces de levantar pasiones entre los jugadores más exigentes, y que hoy en día se pueden encontrar en multitud de recopilaciones llamadas, justamente, Sonic Classic Collection (DS, 2010). Eran tiempos mejores para ser erizo, qué duda cabe. Tiempos de leyenda.