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Hace unos días llegó a la redacción una copia de Sonic Generations, el juego con el que Sega celebró el 20 aniversario del erizo más famoso de los videojuegos. Hasta ahora nos habíamos resistido a jugarlo, quizá por miedo o por la conciencia clara de que llevamos ya demasiados años sin un juego decente del erizo, que ya no está ni de lejos en el lugar que ocupó en el primer lustro de los años 90. En aquella época Sonic le trataba de tú a tú al mismísimo Mario, venciéndole en ventas y en cariño de unos fans que llegaron a conocerlo casi tan bien como al ratón Mickey. De eso, por desgracia, parece haber pasado una eternidad y ahora Sonic está siempre a la espera de ese juego que le devuelva a la primera plana sin que ninguno, y aquí incluimos el sobrevalorado Sonic Colors, lo haya logrado plenamente.

Sega, llevada de un arranque de nostalgia desmedido (en nuestra opinión), se lanzó a crear un juego que contendría los dos diseños oficiales del erizo: el achatado y bajito clásico, y el más espigado y hablador actual de ojos verdes, que surgió en 1998 con Sonic Adventure de Dreamcast. El juego reelabora escenarios clásicos de diferentes juegos, como Green Hill, Chemichal Plant o Sky Sanctuary, tanto en 2-D para el Sonic clásico como en 3D para el actual. Al margen de que visualmente está muy cuidado e incluye decenas de guiños, el juego tiene buenas intenciones y extras para los más fanáticos, y será de buen agrado para mucha gente con ganas de volver a las raíces, de eso no nos cabe la menor duda, pero la sensación que nos queda al terminarlo es que se trata de un ejercicio de nostalgia barato, vacío y, lo que es peor, que únicamente pone de manifiesto la decadencia de un personaje que no ha sabido o no ha podido evolucionar, como sí lo ha hecho, y de qué manera, su gran rival histórico, Mario.

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Y es que, mientras que las fases de Sonic en 2D se desenvuelven entre la pereza de unas mecánicas desfasadas y un diseño ni de lejos tan complejo como los niveles originales,  el juego toca fondo por la torpeza, falta de precisión y lamentable diseño de las fases en 3D, que han sido seña de identidad de la saga desde que entró en escena el Sonic actual (eso por no hablar de la incoherencia y anacronía de adaptar a 2D fases de juegos que ya se desarrollaron plenamente en 3D: es un sinsentido). Es la demostración palpable, en cualquier caso, de por qué Sonic no ha conseguido salir adelante: porque no ha tenido un equipo de desarrollo a la altura, capaz de crear mecánicas tridimensionales efectivas para conceptos como la velocidad, que en 2D funcionaban bastante mejor. Y todo ello al margen de que la elección de los niveles nos ha parecido, cuando menos, discutible. Que no haya ni una sola fase de Sonic 3, (¡ni una!), cuando a nuestro juicio es el mejor juego de la saga en diseño, equilibrio y refinamiento de mecánicas, supone una bofetada de las gordas en toda la cara para cualquier fan de la saga. Y, al margen de eso, la historia de la campaña es de una memez soberana, y la intervención de esa larga, interminable e innecesaria lista de personajes secundarios que se fueron creando a partir de los clásicos Sonic, Tails y Knuckles está resuelta de una manera chusca, torpe y hasta cierto punto desganada.

Insistimos: Sonic Generations podrá ser un caramelo para todo aquel que lleva ya casi 20 años esperando un juego digno (a ver qué pasa finalmente con Sonic Lost World), pero nosotros nos consideramos fans a ultranza del erizo y, francamente, esto no es lo que esperamos de Sonic, porque no va mucho más allá de la mera curiosidad. Esta situación se hace un poco más dolorosa si se sigue la trayectoria de los últimos años de Mario, que desde Mario 64 ha ido sentando cátedra una y otra vez de cómo hacer plataformas en tres dimensiones, en especial con las entregas de la saga Galaxy, a nuestro juicio la obra maestra de Wii y posiblemente de toda la séptima generación en el campo de las plataformas. Pues bien, todos aquellos que hayan jugado a la segunda parte de Galaxy sabrán que en el último mundo se esconde una sorpresa, solo para los más fans del fontanero, llamada «Fortaleza Nostálgica», que es ni más ni menos que una reconstrucción actualizada a las mecánicas de Galaxy de un nivel completo de Super Mario 64. Y fíjense en la diferencia con el caso anterior de Sonic: aquí la nostalgia es un componente menor dentro de un juego superior, una joya oculta que a nosotros casi nos hace saltar las lágrimas de la emoción, al escuchar de nuevo la música y ver aquellos entrañables enemigos.

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Pero es que lo mejor de todo es que a nivel de control, de movimiento de cámara, de sensaciones… qué similar es a la joya de Nintendo 64, qué magnífico recorrido ha habido desde entonces en este campo y qué gusto da ver ese nivel con el refinamiento técnico, que roza la excelencia, de Galaxy. Nintendo tiene fama de hacer las cosas bien, pero es que en este caso lo ha bordado, y un año antes de que Sega se dedicara a nuevas aberraciones con su maltrecho erizo, Nintendo ya había demostrado, una vez más, cómo deben hacerse este tipo de ejercicios de nostalgia. La sensación que tenemos con Sonic es que está solo, desamparado y sin una sola producción digna que mantenga su nombre, motivos reales por los que celebrar un 20 cumpleaños en condiciones; la sensación con Mario es que es el rey, el monarca indiscutible de un género que él mismo inventó en 1996 y que domina con puño de hierro tanto en el campo de sobremesa como en el portátil. Y no parece que tenga competencia, al menos en el futuro cercano.

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