Leyendo ayer el reportaje de El País sobre cómo el volumen de negocio de los videojuegos alcanzó el año pasado una cifra de negocio cercana a los 70.000 millones de euros, el doble que el de la industria del cine, volví a preguntarme qué es lo que tiene que pasar exactamente para que a esta forma de ocio se le quite de una santa vez la etiqueta de infantil, ridícula o superficial, especialmente más allá de una determinada franja de edad.

Desde que era bien pequeño y andaba ya correteando por las praderas de Green Hill en Sonic the Hedgehog, estoy acostumbrado a las típicas coletillas de que eso es algo que tarde o temprano dejaré de hacer. Yo mismo me llegué a convencer de que en realidad eso era inevitable, que llegaría el día en que me aburriría de jugar con simpáticas mascotas y haría cosas de adultos.

Sin embargo, a la Mega Drive le sucedió la Super Nintendo, y a esta la Nintendo 64. Cambié al bueno de Sonic por Donkey Kong Country, y a este por Mario 64 o por Ocarina of Time, y cada nuevo juego que probaba, cada obra maestra que caía en mis brazos me abría nuevas puertas, nuevos mundos y posibilidades que jamás había pensado posible. Para cuando estrené Playstation 2 y viví sensaciones maravillosas de la mano de Metal Gear Solid 2, Final Fantasy X o Gran Turismo 3, o aluciné con Gamecube y Metroid Prime o Wind Waker, todo mi entorno seguía pensando que era simplemente un joven con demasiado tiempo libre, pero que ya se me pasaría.

Sin embargo, más de 10 años después de aquello, y tras haber vivido con Playstation 3 la que posiblemente haya sido la experiencia más satisfactoria en videojuegos que he tenido jamás, con experiencias tan irrepetibles como Assassin’s Creed II, Heavy Rain, Journey, Mass Effect 2 y 3, Ni no Kuni, Uncharted 2 y un infinito etcétera, sigo jugando a videojuegos. No soy un niño, ni un adolescente, ni un joven con demasiado tiempo libre. Soy un adulto que sigue disfrutando de este tipo de ocio que, por volumen de negocio, supera ampliamente a la música y al cine, contra las que nadie tiene absolutamente ningún prejuicio de edad porque, al igual que ocurre en los videojuegos, ofrece una amplia variedad de experiencias de acuerdo con la edad de cada uno de sus respectivos consumidores.

La diferencia entre los videojuegos y el resto es que este sector es más nuevo, en creciente y continua expansión, y mi generación (y quizá la anterior) somos las que vamos abriendo el camino de la edad en este aspecto. Somos los “batallitas” del sector, los que podemos contar a qué sabía jugar a la pulga en aquellos pixelados ordenadores de los años 80, que hemos vivido la evolución desde los tiempos de Atari, la rivalidad entre Sega y Nintendo, la irrupción de una Sony Playstation que acaba de cumplir 20 años… Y somos los que seguiremos jugando el año que viene a Final Fantasy XV, a Metal Gear Solid V, Arkham Knight y a todo lo que se nos ponga por delante, porque junto con nosotros va creciendo también una industria que cada vez cuenta historias más maduras, sin que ello impida que Sonic, Mario y compañía sigan haciendo de las suyas para alegría de los más pequeños.

Ojalá llegue el día en que los videojuegos dejen de ser catalogados de manera peyorativa por todos aquellos que ni los entienden ni los han disfrutado realmente en su vida. Será tarea nuestra, tanto de las generaciones mayores en esto como de todos aquellos que tenéis ahora el placer de darle lo suyo al FIFA 15, al GTA V online o al Advanced Warfare con vuestras 15 o 20 primaveras, hacer que este sector no solo tenga solidez porque lo digan 70.000 millones de euros en beneficios, sino porque tenga detrás a todo un ejército de fans dispuestos a disfrutar, sin ambages de ninguna clase, de una forma de ocio sencillamente apasionante.

Friends Playing Video Games