Ante la avalancha de críticas después de la enésima matanza en Estados Unidos, donde dos asesinos han acabado en El Paso y Dayton con la vida de 32 personas, Donald Trump ha intentado zanjar la polémica con su habitual demagogia presidencial barata que solo buscar contentar a su público más fiel (y de paso distraer de sus propios comentarios racistas, a quienes muchos señalan como parcialmente responsables de la tragedia de Texas), diciendo que se trata de «dementes» para después disparar a lo primero que se le pasó por su cabeza: los videojuegos.

«Debemos parar la glorificación de la violencia en nuestra sociedad», dijo Trump, en su primera comparecencia pública tras conocerse las nuevas matanzas, que suman un total de 248 solo en lo que llevamos de 2019. «Esto incluye los repugnantes y macabros videojuegos que ahora son un lugar común. Es muy fácil hoy para la juventud atormentada rodearse de una cultura que celebra la violencia. Debemos parar o reducir sustancialmente esto, y tiene que comenzar inmediatamente. El cambio cultural es difícil, pero cada uno de nosotros puede elegir construir una cultura que celebra el valor inherente y la dignidad de cada vida humana. Eso es lo que tenemos que hacer».

Que el presidente de una de las naciones más poderosas del mundo señale con el dedo índice a los videojuegos como principales responsables de una situación que más bien parece un parte de guerra que un listado de víctimas en una sociedad contemporánea, da una idea del desbarajuste de mundo hacia el que nos dirigimos con líderes de semejante calado. Esa misma sociedad que glorifica la violencia, como señala el presidente norteamericano, no se puede reducir únicamente a un sector del ocio, por más que un porcentaje elevadísimo de sus productos contenga contenido violento o para adultos, algo que desde luego no seré yo el que lo niegue.

En cualquier caso, por más que ese «cajón desastre» de la cultura de la violencia (donde también se podría hacer alusión al cine, las series de televisión o la música, por cierto), tenga una parte indudable de contribución a la salud social, no es menos cierto que videojuegos, películas, canciones y series violentas las hay en prácticamente todos los países, pero matanzas por arma de fuego que solo en 2019 han ocasionado casi 250 víctimas mortales y cerca de 1000 heridos, eso solo pasa en un país del mundo: Estados Unidos.

Estamos hablando de un país que tiene en la posesión y uso de armas de fuego un derecho constitucional, además de una industria de la guerra enormemente lucrativa para empresas, gobiernos y partidos políticos como el del republicano señor Trump, empeñado una y otra vez en negar leyes de control de armas en el Congreso y el Senado desde hace décadas. Mientras sea legal comprar armas de fuego de un calibre semejante en cualquier tienda de la esquina sin el menor control, mientras en el país se planteen proyectos de ley que debaten la necesidad de llevar armas en lugares públicos por motivos de «prevención», mientras la cultura del rifle y la pistola sigan legitimadas por las leyes, seguirá habiendo matanzas, por más que le «pese» al señor Trump y su autoproclamada conciencia social.

Tuve el infortunio de vivir un año en Chicago, una de las ciudades más violentas y con mayor índice de criminalidad de todo Estados Unidos, donde las tensiones raciales, socioeconómicas y culturales provocan estallidos de violencia cada día, y puedo asegurar que es una ciudad en la que se vive con miedo porque todas esas tensiones se suelen «resolver» a balazo limpio. No saber si la persona que se cruza contigo por la calle irá armada (probablemente sí, dicho sea de paso), no sentirte seguro al caminar por las calles a prácticamente cualquier hora del día o de la noche, tener que andarte con cien ojos o desplazarte en vehículos por norma general puede ser algo que concibamos como «aceptable» en ciertos lugares del mundo conocidos por su peligrosidad; que ocurra en una de las ciudades más avanzadas del primer mundo, no.

Es inaceptable que Trump, que llama a cualquier inmigrante «violador y criminal», alentando el odio en su ciudadanía, se permita el lujo de dar lecciones morales sobre el asunto. Es inaceptable que este señor, que no tiene reparos en hacerse fotos mientras cobra suculentas donaciones de la Asociación Nacional del Rifle, intente disfrazar su política de proteccionismo bélico y la cultura política de un país que lleva desde el lejano oeste caminando con espuelas y revólveres con una acusación demagógica, fácil y de gran resonancia hacia un sector del ocio como el videojuego. Es inaceptable que tengamos que soportar, una vez más, como este sector es vilipendiado con los argumentos más pobres, miserables y rastreros que se repiten cada vez que un tarado agarra un arma para acabar con la vida de otra persona.

Estados Unidos vive instalado en la locura de las armas legalizadas desde hace siglos y acumula miles de víctimas cada año porque potencia un mercado armamentístico socialmente aceptado, así que no nos vengan ahora a tocar las narices con que la culpa la tiene el maldito Call of Duty. Menuda vergüenza.