Hace solo unas horas, Neil Druckmann anunciaba en Playstation blog el retraso de The Last of Us Parte 2, que se va nada menos que al 29 de mayo de 2020 (en principio, había sido anunciado hace poco más de un mes para el 21 de febrero de ese mismo año).

Que un juego se retrase es algo, por desgracia, a lo que cada vez nos acostumbramos con más frecuencia. Soy de la teoría de que las compañías no deberían hacer anuncios semejantes hasta que los juegos entren definitivamente en su recta final de desarrollo (el dichoso gold, como lo llaman), para que luego nos evitemos esas roturas de expectativas tan decepcionantes, como la que nos ocupa.

Más grave aún me parece el hecho de que con dicho anuncio hace un mes, se abriera el tarro de las reservas de todo tipo de ediciones especiales y de coleccionistas, que mucha gente tendrá ya pagadas y que seguramente ahora estén pensando si han hecho bien en realizarlas; está claro que a la hora de poner la mano a las compañías no les entra la misma preocupación que a la hora de terminar sus dichosos juegos, máxime cuando dichas reservas se van en algunos casos a varios cientos de euros.

Francamente, comprendo quien tenga alguna que otra duda razonable, a la vista de que PS5 saldrá casi con toda seguridad con su versión del juego a 60 frames y 4K, de si merece la pena pagar 70 euros por una versión peor, la de PS4, apenas seis meses antes. Yo me conozco y sé que no podré evitarlo, más teniendo en cuenta la paliza que se nos va a dar mediáticamente con el tema y porque, qué demonios, llevo casi 7 años esperando esta secuela como para hacerme ahora el remolón. Pero es para pensárselo, qué duda cabe.

En cualquier caso, sigo sin comprender a qué demonios está jugando Sony con todo esto, ya que evidentemente el retraso de la secuela de las aventuras de Joel y Ellie supone, también, que Ghost of Tsushima se vaya a vete a saber cuándo (las malas lenguas apuntan a 2021, directamente ya para una PS5 que, por cierto, será presentada en el E3 2020 apenas unos días después del lanzamiento de la secuela de los infectados). Sea como fuere, me parece lamentable que primero se anuncie el juego, se extienda la mano para recibir los billetes y acto seguido se nos vuelva a poner el ya clásico mensaje de las visiones de los creadores y las máximas realizaciones de dicho sueño y festín audiovisual para justificar lo injustificable.

Estoy hasta las narices, sinceramente, de que me vengan con ese cuento, porque me suena a sarta de topicazos que únicamente encierran una razón real: mala planificación, torpeza, errores en el desarrollo, lentitud o falta de competencia. Nada de esto sería un problema si Naughty Dog no se hubiera lanzado hace unas semanas a abarrotarnos de tráilers y gameplays (y reservas), confirmando una fecha de lanzamiento que era evidente que ellos sabían que no iban a poder cumplir (lo de que se han dado cuenta «ahora» de que no les va a dar tiempo a terminarlo se lo creerán los muy fans de la compañía, pero yo no).

Por supuesto que prefiero que lo lancen en mayo si con eso se consigue un mejor nivel general de acabado, faltaría más; en cualquier caso, lo que más me ha molestado no es todo esto, que ya nos lo sabemos de sobra en esta generación por su triste frecuencia, sino el tono, absolutamente arrogante y desmedido, con el que Druckmann se ha lanzado a decir que ahora mismo el asunto no está «al nivel de pulido que podríamos denominar calidad Naughty Dog«, una falta absoluta de humildad para una compañía que, sinceramente, por más que tenga dos juegos magistrales en su haber (Uncharted 2 y The Last of Us) y un epígono intachable como Uncharted 4, no creo que esté en condiciones de ponerse aquí estas medallas de semejante manera. ¿Calidad Naughty Dog? ¿Cuál, la del francamente mediocre e igualmente epigonal Lost Legacy? ¿La del turbulento e irregular Uncharted 3? ¿La de los cada día peor envejecidos Crash Bandicoot y Jak & Daxter?

Cuenta el mito que Narciso, tras haber provocado la cólera de Afrodita por ignorar sus deseos de yacer con él, fue hechizado por la diosa del amor para enamorarse hasta la obsesión del primer ser que contemplara. Y este, tras despertar de un profundo sueño, fue a calmar su sed en un estanque donde contempló, fascinado, su propio rostro, que al intentar besar llevó a una horrible muerte, ahogado en esas mismas aguas de cristal que devolvían su efébica belleza.

Qué lástima sería que Druckmann y su trouppe, embebidos como están de los halagos de media humanidad a cada paso que dan en el camino del ocio digital, se dieran con semejantes aguas, y perdieran la noción de la realidad a base de besar de manera demasiado obsesiva su propio sello de calidad. Una auténtica lástima, sin duda.