Desde que aterrizó en España hace ya más de 25 años, Dragon Ball me ha parecido siempre un fenómeno bastante curioso. En su momento, la locura y la fiebre por Goku y compañía era sencillamente asombrosa: no podías dar un paso sin encontrarte al pequeño guerrero en todo tipo y forma de merchandising de la época. En aquellos primeros años 90, la fuente principal de difusión era, muy por encima del cómic (manga, me perdonen los expertos), la serie de dibujos animados (de nuevo pongan anime aquí los puristas). Recuerdo haberla devorado con mis amigos, junto con otras producciones japonesas tipo Oliver y Benji, y vivir aquellas primeras aventuras con auténtica pasión. Las desventuras de Goku, Bulma y Yamcha para encontrar las bolas mágicas del dragón Shen Ron en aquellas primeras temporadas de la serie me parecieron sencillamente mágicas, con una mezcla de épica, humor y cierto aire picante tan del gusto japonés (lo de las perversiones del maestro Muten Roshi era para hacérselo mirar, en serio).

Dragon Ball Z, la segunda fase de esta serie, fue la que más éxito e impacto causó, sin embargo. Con un Goku adulto y unas tramas totalmente centradas en la acción pura y dura, la serie fue derivando en un patrón narrativo que a mí, a pesar del entusiasmo inicial, me fue cansando hasta hacerme abandonar por completo aquello. Eso de que llegara el rival poderoso de turno (Vegeta, Freezer, Célula o quien fuera), y todos los personajes acumulados hasta entonces se batieran el cobre hasta que llegaba Goku (que tardaba lo suyo por estar muerto/en vías de resurrección/herido o lo que fuera del combate anterior) para salvar el día, me pareció que no tenía ya demasiado sentido. Todo lo posterior a eso, incluyendo las sagas de Buu, GT y demás zarandajas en forma de OVA hostil ya me lo perdí, creo que por suerte para mi salud mental.

Más o menos por aquella época (hablo de los estertores de Super Nintendo), uno de los sueños húmedos de muchos de mis amigos y de un servidor era tener el juego de Dragon Ball para dicha consola, un arcade de lucha que nos llamaba la atención por varios factores, no tanto como juego en sí sino porque nos permitía encarnar a estos ya clásicos personajes. Ese famoso Super Butoden 2 (llegaron a sacar hasta 4 en aquella consola, si no recuerdo mal) era, sin embargo, un juego de lucha bastante pobre, con apenas diez personajes y un sistema de control tosco, lento y desesperante que nada tenía que ver con Super Street Fighter 2, para mí uno de los mejores juegos de lucha de todos los tiempos.

Era la ambientación, no nos engañemos, lo que hizo que mucha gente comprara aquel y otros tantos juegos de una franquicia que ha dado cientos de juegos a lo largo de todos estos años. De todos ellos, bastante mediocres por lo general, yo solo rescataría los Budokai Tenkaichi de Playstation 2, que llevaron el fan service hasta el infinito con aquellas plantillas de 160 personajes y ese cell-shadding tan bien empleado, o el entrañable Dragon Ball Origins de Nintendo DS, que sin ser un juego maravilloso a mí al menos me devolvió a esos tiempos de la primera saga de Goku niño.

Sin embargo, más allá de estas honrosas excepciones, e incluso en ellas, lo principal era que estaban ambientadas en ese universo y nos devolvían a todos una pequeña parte de nuestra infancia/juventud, según los casos. No eran, ni por asomo, buenos juegos en sus respectivos géneros, ya fueran la lucha, el action rpg o la aventura. Y desde luego, no era por potencial narrativo, por carisma de personajes o por posibilidades de un mundo que, ya solo con la saga original, daría para un juego de aventura, acción y exploración tipo Shenmue magistral, pero que devino en horrores como aquel Dragon Ball Kinect, por poner solo un deshonroso ejemplo.

Personalmente, cuando Dragon Ball FighterZ se anunció el pasado E3, yo me temí que iba a ser más de lo mismo. Todo muy espectacular, eso sí, todo muy idéntico al anime/manga en el trazo y en el colorido, y con unas animaciones y una fluidez como nunca se había visto hasta entonces. Sin embargo, yo pensé para mis adentros: “vale, todo eso está fenomenal, pero seguro que luego es una castaña de juego, como siempre”. Bueno, pues no solo ha sido así sino que al parecer es un juego sobresaliente.

 

Parece ser que esto de equivocarse es bienvenido cuando recibimos sorpresas como este juego, que está alcanzando puntuaciones magníficas en toda la prensa internacional y tiene ya a toda la comunidad encantada. Realizada por una compañía diferente a Bandai/Namco, Arc Systems Works, responsables de las sagas Guilty Gear y BlazBlue, y con un estilo de tres contra tres que recuerda mucho al Marvel Vs Capcom. Por lo que pude probar en su momento de la beta (que fue poco, porque salió un poco mal el asunto), el juego es una gozada no ya solo desde el punto de vista del fan service, que yo eso lo daba ya por descontado, sino que además es un juego de lucha accesible para el principiante y profundo para el interesado, con algunas acciones muy espectaculares en ese 2,5D que se salta a la torera el eje para ofrecernos siempre el combo más impactante.

La selección de personajes (un total de 25, con una única incorporación original, el androide 21) incluye todos los personajes que cabían esperar de un plantel inicial que, seguro, irá creciendo con los consabidos DLC que Bandai/Namco ya ha anunciado. Más allá de fusiones y experimentos raros, tener a Goku, Piccolo, Vegeta, Freezer, Célula, Gohan, Trunks y compañía es siempre sinónimo de éxito, así que creo que en ese sentido los usuarios tienen poca queja. Vamos a ver ahora qué tal funciona el tema del online, que esperemos que no siga la senda de la desastrosa beta, y cómo se desarrolla esa política de temporadas o personajes, pero en cualquier caso me alegro sinceramente de que al fin se haya hecho justicia con una serie que lleva décadas pidiendo una adaptación al videojuego tan fiel (el nivel de detalle es enfermizo), entretenida y divertida de jugar.