Uno de los axiomas o principios básicos de la historia de los videojuegos es que su relación con el cine ha sido siempre muy conflictiva, por decirlo de un modo suave. No existen juegos que hayan sabido pasar al celuloide, y respecto a los grandes éxitos de taquilla que han intentado pasar al universo digital, los fracasos son tan estrepitosos que no sé bien por dónde empezar. Existe, no obstante, una notable excepción que fue, además, uno de los exclusivos de Mega Drive más celebrados de todos los tiempos: Jurassic Park.

Mientras que la versión de Super Nintendo y PC ponía a un improbable Alan Grant con un lanzagranadas a destruir dinosaurios en perspectiva cenital, la versión de Sega Mega Drive fue desarrollada por uno de los equipos propios de la compañía, Bluesky Software, que dedicó más de 15 meses a investigar sobre los dinosaurios de la película y el modo más fiel de representarlos. Esto fue posible gracias a una sorprendente técnica en 3-D llamada Stop Motion Photography, para la que utilizaron maquetas de gran calidad que recreaban fielmente al Tiranosaurio, Velociraptor, Triceratops y un largo etcétera de animales que incluían también a dos grandes protagonistas de la novela, el Procompsognatus y el Pteranodon, ausentes en el film. El juego era una aventura de acción lateral donde el jugador podía optar por la historia de Alan Grant, que debía sobrevivir (de un modo más realista que en otras versiones, con dardos tranquilizantes) o bien ponerse en la piel de un Velociraptor. Para un auténtico fan del libro y de la película como yo, poder disfrutar de escenas como la de la balsa, que también quedó fuera de la película por razones de presupuesto, o poder meterme en la piel de un dinosaurio fue sencillamente impagable. Es un auténtico juegazo, con una dificultad endiablada y unos valores de producción altísimos para la época (tanto fue así que Sega realizó una conversión directa a recreativa, algo que jamás había ocurrido hasta entonces, ya que la dirección solía ser la contraria, de recreativa a consola). El duelo final en el centro de visitantes entre Grant y el Velociraptor es una pasada, y todas y cada una de las intervenciones del Tiranosaurio son para quitarse el sombrero, por la calidad tan impresionante con que está realizado. Una maravilla, en definitiva, a la altura de su propio mito.