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Últimamente hemos estado trabajando en varios juegos para analizar en El rincón del píxel, y hemos llegado a una conclusión similar con tres casos bastante significativos. Se trata de GTA IV (edición completa), Max Payne 3 y Castlevania: Lords of Shadow. Tres redactores diferentes nos han hecho llegar a la mesa de redacción la sensación de que ninguno de los juegos está a la altura de lo que esperaban, que resultan anodinos en su desarrollo, repetitivos hasta decir basta y, para colmo, incapaces de levantar la más mínima emoción ante el final del juego. Como nosotros solemos decir, estamos ante tres buenos ejemplos de juegos que se nos caen de las manos.

Que nadie nos entienda mal: conviene aclarar que este fenómeno puede suceder, perfectamente, con juegos encumbrados por crítica y público. No estamos diciendo, ni mucho menos, que se trate de malos juegos. Aunque muy diferentes, de los tres se puede decir que poseen un apartado técnico espectacular, en algunos casos de lo mejorcito que ha traído la séptima generación. No se trata de eso. Se trata de que un videojuego debe ser una combinación de elementos técnicos y jugables, y ahí es donde, por encima de todo lo demás, estos tres casos hacen que la gravedad actúe sobre ellos de forma muy distinta a la del resto. Pero vayamos por partes.

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Siguiendo un orden cronológico, deberíamos comenzar por GTA IV, cuya secuela está a solo unos meses de volver a romper todos los récords del mercado, como ya hizo esta cuarta entrega. Las andanzas de Niko Belic por la ciudad de Liberty City (una Nueva York nada disimulada) llevan al jugador durante horas y horas a… ir de un lado a otro andando, en coche o moto. Resulta impresionante la cantidad de horas que podemos pasar cumpliendo misiones MRW (es decir, «ve de A a B y mata a C o entrega el paquete D». La sensación de que somos el chico de los recados, de que absolutamente todo lo que hacemos está determinado por unas misiones con una excusa argumental paupérrima, es tan desoladora como frustrante. No ayuda, la verdad, el hecho de que tanto el sistema de conducción como el de disparos se haya quedado bastante desfasado, y por mucho que en su momento sorprendiera su escala y proporciones, ahora mismo hasta esto lo tenemos ya algo superado. Tanto bombo se le había dado a este juego que, sinceramente, esperábamos mucho más, y es algo que nos deja algo fríos de cara a esa quinta parte de la que todo el mundo habla sin parar. Y es que, fuera de esas misiones repetitivas y aburridas, el juego ofrece una falsa sensación de libertad en la que lo único que podemos hacer es entregarnos a una destrucción gratuita y jugar al ratón y al gato con una policía con una inteligencia artificial absolutamente penosa. Qué decepción.

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Otra producción de Rockstar Games, Max Payne 3, recoge la herencia de una franquicia que ya en su nacimiento, allá por 1998, nos pareció sobrevalorada y limitada en un concepto de juego que se basaba únicamente en recorrer escenarios pasilleros disparando a troche y moche a todo lo que se moviera. La mecánica del tiro al pato con chutes de una droga que nos devuelve la energía ha sido recuperada, literalmente recuperada, sin aportar nada más que un apartado técnico más que correcto, aunque disimulado con unos efectos de distorsión que llegan a fastidiar y cansar. Max Payne 3 no aporta absolutamente nada que no hicieran sus precuelas, es siempre lo mismo, disparar, disparar y disparar, avanzando por unos escenarios ultra pasilleros que únicamente en la sección de las favelas alcanzan un nivel digno de esta generación, si bien siguen lastradas por un concepto de juego que, francamente, creemos que debería haber sido superado hace tiempo. Lo que a finales de los 90, el tiempo bala, era lo más de lo más, quince años después resulta muy ridículo, por no mencionar que hemos exterminado a media raza humana en el juego, lo cual no hace sino ahondar aún más en esa horrible suspensión de incredulidad a la que nos obligan constantemente. Y además, y por mucho que los fans adoren al filósofo que da título al juego, nosotros no soportamos las parrafadas de Max, lo sentimos. Es un plasta.

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Respecto a Castlevania: Lords of Shadow, entendemos que es un aire fresco y renovador a una franquicia moribunda, que ha generado pingües beneficios a sus creadores y todo lo eso. Fenomenal. El apartado técnico es una maravilla y las animaciones son fluidas, e incluso la historia va ganando algunos enteros hasta alcanzar un final decente. Sin embargo, ello no quita para que tengamos la extraña sensación de que este juego contiene varios juegos en sí mismos, y no todo lo bien conjuntados que deberían. Esas costuras se notan demasiado, con zonas que nada tienen que ver unas con otras, como ocurre con toda la historia de los castillos vampirescos y esa especie de Hades a la que uno va después, que no se sabe de dónde narices ha salido (y eso es algo que no aporta variedad, señores de Mercury Steam: revela incoherencia). El problema de LOS es que, por encima de todo lo demás, sus mecánicas no aportan nada a la industria. Todo parece importado de otras franquicias, desde el mismo concepto de avanzar por pasillos nada disimulados hasta grandes áreas donde nos debemos enfrentar a todo tipo de criaturas, pasando por combinaciones de botones que, sinceramente, llegan a saturar de tal variedad que hay. Otro problema es que el control del personaje es algo tosco, lo que hace que las zonas de saltos se vuelvan simplemente insufribles. Más correcto es el sistema de combates, aunque nos tememos que está a años luz de la calidad de God of War en este aspecto.

Estamos seguros de que muchos lectores tendrán opiniones muy distintas a las aquí expresadas: no faltaba más. Nosotros simplemente queremos exponer los motivos por los que estos juegos no han pasado el corte para el análisis, al no haber demostrado méritos jugables dignos de la generación a la que pertenecen. El envoltorio puede ser maravilloso, eso nadie lo niega y puede que a muchos les baste con eso. No es nuestro caso.