Satoru Iwata nació en Sapporo un 6 de diciembre de 1959. Ya desde niño le encantaba desmontar calculadoras para crear sistemas de juegos basados en numeración, de modo que cuando obtuvo su primera consola de videojuegos, a finales de los 70, le faltó tiempo para abrirla de arriba abajo, tal era su deseo de comprender aquella tecnología para producir él mismo sus propios videojuegos. Sus estudios, que realizó en el Instituto Tecnológico de Tokyo, le permitieron profundizar en la comprensión de la ciencia de las por entonces jóvenes computadoras. Compaginó sus estudios con una beca en Commodore y hasta tuvo tiempo de co-fundar HAL Laboratory con un grupo de compañeros, aunque ello le llevó no pocas discusiones y disgustos familiares.

Sin embargo, trabajar en HAL le permitió conocer a la que sería la empresa de su vida, Nintendo. El acuerdo entre ambas compañías para producir juegos para la entonces flamante NES llevó a Iwata a trabajar con códigos fuente y una tecnología muy, muy similar a la que él conocía de sus primeras disecciones con la vieja Commodore PET. Para Nintendo, Iwata trabajó ni más ni menos que en juegos como la saga Kirby, Earthbound o Balloon Fight. Su trabajo en Kirby Dream Land para Game Boy lo colocó como un importante programador en el sector, que remató con su excelente aportación a la saga Pokémon en las ediciones Gold y Silver y, muy especialmente, en el sistema de combate de Pokémon Stadium, de Nintendo 64, que Iwata programó en una semana con la única ayuda de su intuición tras observar el código fuente de Pokémon Rojo y Verde.

Tras presidir HAL en sus años finales, Hiroshi Yamauchi se llevó a Satoru a su equipo principal en Nintendo, colocándolo en 2000 como jefe de la división de planificación corporativa. Los efectos del siempre diligente Iwata se vieron reflejados en un aumento de beneficios considerable. Era alguien que entendía a los programadores, que confiaba en dar tiempo y confianza a su trabajo para obtener productos de calidad, y era apreciado por prácticamente toda la compañía como un jefe responsable y comprensivo. Tras la retirada de Yamauchi, en 2002, Iwata pasó a controlar la compañía, siendo el cuarto presidente de la misma pero el primero en no tener relación directa con la familia que hasta entonces había regido los destinos de Nintendo.

Por aquel entonces Nintendo acababa de lanzar al mercado Gamecube, que se arrastraba en ventas frente a sus competidoras. Iwata dio entonces el paso al frente más importante de su carrera con la idea de ampliar el mercado de consolas más allá de los clásicos niños y adolescentes, una visión del entretenimiento familiar que quería aplicar tanto a la nueva consola portátil de la compañía como al siguiente proyecto de sobremesa.

El resto es historia: de 2004 a 2009, Nintendo DS y Nintendo Wii se convirtieron en dos de los sistemas más exitosos de todos los tiempos, y lograron ampliar la barrera de edad y de género de los jugadores a cotas nunca vistas hasta entonces. Los beneficios de la compañía se dispararon y ambos sistemas se colaron en casas de todo el mundo como nunca se había visto.

El último periodo de su presidencia fue menos exitoso, por desgracia. 3DS y Wii U no lograron posicionarse como sus predecesoras y Nintendo perdió fuelle. No obstante, Iwata siguió manteniendo su línea de apoyo a las experiencias de juego familiar, a la confianza en los tiempos de desarrollo largos y a defender, a capa y espada, a sus trabajadores de unos accionistas que año a año perdían confianza en él. Decisiones tan arriesgadas, y al mismo tiempo tan revolucionarias, como bajarse el sueldo a la mitad en plena crisis o la creación de los Nintendo Direct, marcaron su línea de trabajo de cara al público que llegó a identificar a Iwata con Nintendo, muy por encima de otras figuras clave de la compañía como Miyamoto.

La muerte de Satoru Iwata, debida a un tumor en el conducto biliar, ha dejado consternada a toda la industria y a un público que se había acostumbrado al sentido del humor, simpatía y cercanía de este japonés entregado a la causa de una empresa en la que tenía fe ciega. Su visión, tanto de lo que significaba Nintendo como de lo que debían representar sus productos, han sido un sello de identidad que siempre hemos respetado, compartido y alabado, y que esperamos que su sucesor mantenga por el bien de todos los que seguimos asociando a Nintendo con ese rincón de nuestra infancia que no queremos perder por nada del mundo.

Descanse en paz, Iwata san. El placer fue nuestro.

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