Ya está aquí el E3, y con él decenas de noticias y centenares de juegos que están siendo anunciados en este mismo momento. Es tal la cantidad de información que, sin el menor ánimo o intención de saturar al personal, me gustaría destacar aquí lo que más me está llamando la atención (algún que otro tráiler incluido, aunque insisto, sin mayores ambiciones que la de ser un particular filtro de toda la avalancha).

Evidentemente, es obligado comenzar con Xbox One X, la nueva consola de Microsoft que tanta expectación había levantado, y que finalmente saldrá al mercado el 7 de noviembre al precio de 499 euros. Más allá del ancho de banda de memoria, la CPU y todos esos datos que inundan los cuadros de medio Internet, creo que lo más interesante es poner en perspectiva que se trata de la consola más potente del mercado, sí, pero al precio más caro del mercado, con un catálogo de más de 40 juegos anunciados al que, eso sí, le falta un título exclusivo realmente rompedor. No se trata de ver vasos medio vacíos o medio llenos, sino de decir las cosas tal y como son.

Y el hecho es que, por más potencia a 60fps y 4K nativos de los que se presuman, el precio es a todas luces una soberana decepción, y mentiría si dijera que a mí Forza 7, State of Decay, Crackdown 3, Sea of Thieves y un largo etcétera me parecen suficientemente ilusionantes. Microsoft tenía la dura tarea de presentar consola y catálogo rompedor, y por desgracia ha hecho solo la primera parte. Estoy convencido de que todos y cada uno de los juegos que allí se presentaron serán grandes juegos y tendrán unos gráficos de infarto, pero yo sentí un interés bastante relativo por todos ellos.

Es evidente que Microsoft lleva remando a contracorriente y pagando las facturas de aquellas barrabasadas que cometió al inicio de la generación, cuando lo fió todo a Kinect y al tema multimedia/TV, etc. Lleva tres años en una incómoda segunda posición mientras Sony se hace con los principales mercados y se lleva las principales exclusivas, y por desgracia ha tenido que cancelar proyectos y estudios por el camino (Scalebound y Lionhead, por ejemplo), al margen de que ciertos proyectos que sí vieron la luz y en los que había mucha confianza, como Quantum Break, no salieran como estaba previsto.

Xbox One X es la consola que seguramente debió haber sido One, del mismo modo que PS4 Pro debía haber sido la PS4 de 2013. La crisis y el miedo a una consola más cara hicieron que ambas compañías sacaran productos inferiores, que ahora tratan de compensar con estas versiones claramente mejoradas, y en ese sentido One X es muy, muy superior a One, mucho más de lo que Pro es respecto a PS4. Microsoft, del mismo modo que Sony, garantiza la compatibilidad de ambos sistemas con todo el catálogo.

La diferencia está en que Microsoft tiene un largo camino por recorrer, mayor que el de Sony, si quiere volver a recuperar la relevancia que ha perdido en este tiempo. No es que Xbox One funcione mal en ventas o que su catálogo sea pobre, pero está claro que tanto el hardware como el software necesitan un revolcón que, de momento, solo encuentra un acomodo en el primer caso. Me parece un buen punto de partida para que la compañía convenza a otras desarrolladoras para confiar en ella como hicieron en su momento con 360, pero me pregunto si hay tiempo para esos desarrollos de aquí al final de generación y, por otro lado, hasta qué punto el mercado está dispuesto a recibir de buen grado esta actualización del sistema.

 

No hay datos fiables de ventas de PS4 Pro y tampoco creo que las vaya a haber de One X, de manera que resulta muy complicado desde este lado de la barrera analizar el éxito de este nuevo modelo de negocio, pero lo cierto es que sea como fuere el asunto de verdad se tiene que traducir en juegos. Así pues, centrémonos en ellos.

De la conferencia de Microsoft hubo dos títulos que me llamaron especialmente la atención, los multiplataforma Anthem y Assassin’s Creed Origins. El primero es la respuesta de Bioware a Destiny y Titanfall, un título de ambientación futurista con ingenios mecánicos y mucha ensalada de tiros con acción, eso sí, en tercera persona. El tráiler mostrado es espectacular y comienza con un guiño claro a esas críticas faciales de su anterior título (desarrollado por el equipo B de Bioware, recordemos), con un personaje en primer plano luciendo músculo gráfico. Este equipo de las estrellas de Bioware sabe que la compañía ha perdido mucho crédito con Andromeda y necesita quitarse esa espina y demostrar su buen estado de forma, y parece que con este juego pueden conseguirlo. Habrá que ver si el tema del ya famoso downgrade hace tanta mella en este juego como en los demás, pero en cualquier caso parece que a pesar de que a nivel estético no parece que este juego vaya a suponer ninguna revolución, sí es posible que haya más buenas ideas de las que parece sobre el papel. Veremos.

Assasin’s Creed Origins, por su parte, tiene la difícil tarea de enmendar el rumbo de una saga, la suya propia, que lleva demasiados años dando tumbos. La ambientación egipcia, que nos pondrá en la piel del asesino Bayek en la época de máximo esplendor del imperio de las pirámides, promete devolvernos un poco de esa magia épica del primer Assassin’s Creed. A nivel técnico el juego luce de maravilla, pero no he podido evitar pensar que ese águila resulta demasiado “dronesca” para los intereses del juego, y que a nivel de gameplay todo parece recordar demasiado a lo ya visto y jugado anteriormente.

Ubisoft jura y perjura que esto es el no va más y que aquí los malos se juntan para pegarnos en lugar de esperar su turno educadamente, pero me temo que hace falta más, mucho más que eso, para devolverle a la trama de templarios y asesinos a su cauce glorioso de antaño. Promete más de lo que yo pensaba inicialmente, desde luego, y puede que encierre más sorpresas de las que imaginamos, por lo que habrá que seguir atentos.

De todos los (muchos) juegos anunciados, hay una gran cantidad de títulos interesantes, como Wolfenstein: The New Colossus, Shadow of MordorThe Evil Within 2 o el un poco menos esperado Metro Exodus, pero que no dejan de ser secuelas de títulos ya conocidos. El que se sale un poco de la órbita, en el sentido de que no sé muy bien qué esperar de él, es esa precuela de Life is strange en la que, sinceramente, tengo muy poquita fe. No entiendo la necesidad de continuar la historia ni como secuela (también se habló de eso en la rumorología previa al evento), pero mucho menos la de contar lo que pasó antes de los eventos del juego de DontNod.

El que levantó revuelo, y de qué manera, fue Battlefront 2 y su espectacular tráiler, con Darth Maul haciendo de las suyas en el palacio real de Theed (Naboo) y partiéndose el lomo junto a los droides de combate de la federación y los soldados clon. EA Dice ha anunciado que habrá DLC’s gratuitos para el juego (uno sobre The Last Jedi llegará en diciembre, coincidiendo con el estreno de la peli) y se reafirma en la ausencia del Seasson Pass, aunque yo sigo pensando que de algún modo sabrán “monetizar” el asunto los muchachos de esta compañía. Y si no, al tiempo. Sea como fuere, lo cierto es que el asunto promete toda la espectacularidad de la primera entrega y escenarios y personajes de todas las épocas para todos los gustos (mientras nos dejen matar algún que otro Gungan a mí me tienen convencido ya).

No me gustaría terminar sin hacer referencia a Switch, que está teniendo mucha menos presencia de la que me imaginaba. Apenas FIFA 18, del que apenas se sabe nada más allá de que no corre en el motor Frostbite y que no contará tampoco con el modo Historia), y Skyrim, han sido confirmados hasta ahora de los títulos de verdadero peso. Entiendo que meter una burrada como AnthemAssassin’s Creed Origins hubiera sido impensable, pero hay otros que yo creo que sí podrían ser convertidos con bastante facilidad para un sistema en el que, por desgracia, parece que cree más el público que los desarrolladores. Mal empezamos en este asunto, y mira que me lo temía…

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