Cuando apareció en 2005, God of War supuso un auténtico golpe de efecto que revolucionó el catálogo de Playstation 2. Si ya por aquel entonces la consola era la absoluta dominadora de la generación, aquel juego supuso un mazazo para las aspiraciones de cualquier sistema por hacerle la menor sombra. La odisea de Kratos en su ascenso hasta el poder como uno más de los dioses del Olimpo apasionó a todo el mundo con un apartado técnico sobrecogedor y una historia fascinante. God of War 2, aparecido en 2007, hizo que muchos se preguntaran hasta qué punto era necesaria una nueva generación con juegos como este, con aquel final por todo lo alto que nos dejó a todos con la miel en los labios y la mirada puesta en 2010, año del lanzamiento de la tercera entrega ya en Playstation 3.

La escala épica de la trilogía es innegable, con una tercera entrega que le puso alta definición al asunto y una dimensión aún más colosal y titánica incluso al momento más insignificante, algo que parecía imposible pero que, con batallas como las libradas con Poseidón, Hades o Zeus, logró dejarnos a todos boquiabiertos. Toda una demostración de poderío que, sin embargo, mostró algunos síntomas de agotamiento en lo que a mecánicas se refiere, algo que se ha hecho mucho más evidente en todos los sentidos, pero especialmente en el narrativo, en la última entrega de la saga hasta la fecha, Ascension, que funciona a modo de precuela de toda la saga.

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God of War ha sido siempre, tanto en estas entregas como en las dos aparecidas para PSP, un hack and slash sencillo, directo y contundente. Y extremadamente violento, cabría añadir. En el juego manejamos a un espartano pintado de blanco y rojo en una lucha permanente contra todo y contra todos, una historia de venganza y redención que nos tiene en vilo hasta el mismísimo final y donde hacemos un repaso bastante sui generis de la mitología, a la que Sony Santa Mónica ha dotado de una especial crueldad y sensualidad. Tenemos un botón de ataque medio y otro fuerte, posiblidad de alzar a los enemigos al cielo al estilo de Devil May Cry y multitud de combos, armas y poderes que vamos mejorando, junto con nuestras barras de vida y salud, gracias a unos cofres que vamos encontrando a lo largo de unos juegos de cámara fija y estructura lineal y pasillera.

Una de las grandes virtudes de estos juegos ha sido siempre un apartado jugable a prueba de bombas, con una cámara que no nos deja tirados y unas mecánicas de combate divertidas, fáciles de ejecutar y realmente espectaculares. Todo eso se mantiene en Ascension, con un pequeño problema: al situarnos antes de que Kratos comience a desarrollar sus poderes divinos, se trata de una versión menor del guerrero en todos los aspectos. Nada de cabezas de hidra, alas de pegaso o botas de Mercurio; aquí volvemos a las espadas del caos, con un pequeño tuneo en forma de poderes elementales (agua, fuego, rayo y sombra), y poco más.

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El hecho de no poder tocar uno solo de los hilos argumentales posteriores quita de escena a todo el panteón olímpico, con Zeus y Atenea a la cabeza. Y en lugar de los personajes y monstruos más carismáticos de la mitología clásica, como aquella hidra del barco del primer nivel del juego, el coloso de Rodas del segundo o los dioses y héroes del tercero, aquí nos tenemos que conformar con las Furias. Alecto, Megera y Tisífone eran las encargadas de llevar a cabo castigos eternos a todos aquellos merecedores de sufrirlos, unas criaturas monstruosas e inmisericordes que, no obstante, y a pesar de los esfuerzos de Sony Santa Mónica por dotarlas de carisma y un buen diseño, no logran estar nunca a la altura de los villanos de las anteriores entregas.

El problema de Ascension es que, a diferencia de los anteriores, basa toda su fuerza en el poderío técnico de una Playstation 3 que explota de manera fenomenal a nivel gráfico, técnico y sonoro. Pero no hay mucho más y, lo que es peor, se ve empequeñecido cuando se lo compara con su inmediato predecesor, una tercera entrega que nos ofrecía un inframundo plagado de momentos visuales asombrosos y, sobre todo, una historia muy superior. En Ascension no hay una trama coherente ni bien contada, de modo que Kratos va dando bandazos de aquí allá sin saber muy bien cómo o por qué, y con un desorden narrativo de flashbacks y flashforwards que termina por descolocar completamente al jugador, al que sinceramente le importa bastante poco el motivo de Kratos para deshacerse de las Furias.

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Así las cosas, todo queda reducido a los siempre excelentes combates de la serie, con la posibilidad de emplear armas secundarias como espadas, mazas, escudos o lanzas, así como poderes nuevos y curiosos, como el de regenerar ciertas partes de los escenarios para determinados puzles o el de desdoblarnos en un nuevo Kratos que nos puede ayudar a limpiar los escenarios de enemigos hasta llegar a los enemigos más poderosos.

Y, de nuevo, aquí nos encontramos con el mismo problema de antes: para cualquiera que haya vencido a Ares en el primer juego o al Kraken en el segundo y a medio Olimpo en el tercero, Ascension sabe a muy poco, especialmente porque con la excepción del prólogo del juego, en la línea espectacular de los mejores momentos de la saga, el resto de jefes finales son realmente pobres, anodinos y aburridos. Hasta los quick time events, en otro tiempo bien integrados en los mejores momentos, aquí cortan el juego hasta la desesperación, como ocurre con el guardián del oráculo y sus saltos dichosos, que casi nos hizo tirar el mando al Hades de un puntapié.

Entre unas cosas y otras, la campaña del juego se completa más por inercia que por otra cosa. Hay niveles soporíferos, puzles muy poco originales y tramos que se hacen enormemente pesados, como toda la parte de las serpientes del oráculo o la isla con la escultura gigantesca de Apolo en Delos, que es de lo más soso que hemos visto nunca en la saga. Los enemigos se repiten con muchísima frecuencia y otros, como los centauros, apenas tienen el protagonismo que deberían.

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En definitiva, y mal que nos pese, creemos que Ascension nunca alza el vuelo hasta donde se le exige a esta saga. Tanto a nivel de combate como, especialmente, de historia, se alimenta de las migajas de sus muy superiores entregas precedentes y provoca una sensación importante de agotamiento de una saga que, mucho nos tememos, con la tercera parte debió haberse despedido por todo lo alto. Y no, no nos vale el multijugador como excusa para poner en marcha un juego al que maldita la falta que le hace algo así: escaso de opciones, mapas y posibilidades, y sin el menor esfuerzo por conectarlo de manera alguna con la trama principal. A Ascension le ha tocado pagar los platos rotos de una generación excesivamente alargada. Estamos seguros de que si Playstation 4 hubiera salido un año antes, este juego nunca habría salido a la venta, algo más evidente cuanto más conocemos de un título menor en todos y cada uno de sus apartados.

Si en realidad Sony Santa Monica tiene la intención de seguir tirando de Kratos para su estreno en Playstation 4, creemos que tiene mucho trabajo por delante. Ya no es solo que tenga que introducir las suficientes novedades para justificar una nueva entrega de la franquicia, sino que además deberá borrar el agridulce sabor de boca que nos ha dejado este juego. Y no sabemos cuál de las dos tiene más mérito, la verdad.

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