Hace unos días El País publicó un artículo doble acerca de la consideración del videojuego como forma de arte. Al margen de la respetable opinión de ambos coautores, (uno de ellos reflexiona sobre el concepto del arte sin mojarse demasiado, el otro aboga por el videojuego como forma de arte pero señala la carencia de una obra maestra que lo consolide como tal), me pareció un tema interesante sobre el que, paradójicamente, el propio periódico da una opinión también clara al etiquetar el artículo fuera de la sección de cultura, (donde sí están la música, el cine, la literatura, etc.), y dentro de la sección de tecnología. Curioso, cuando menos.

Si por algo se ha caracterizado la Historia del Arte ha sido, precisamente, por la escasa claridad del propio concepto del arte en sí. Siempre he pensado que el arte es únicamente lo que el público y la crítica quieren considerar arte, más allá del producto en sí o del artista; es decir, un constructo completamente subjetivo. Es famosa la anécdota de Joshua Bell, un reconocido violinista que, tres días después de haber dado un concierto en Washington a 100 dólares la entrada, tocó durante casi una hora el mismo repertorio con su Stradivarius de 3,5 millones en la estación de metro de la ciudad y fue completamente ignorado.

Precisamente por ser un concepto subjetivo (yo siempre me he sentido más cerca de la sensibilidad del canon clásico que del contemporáneo quizá por mi formación, pero entiendo que es algo coyuntural), afirmar que tal o cual producto es una forma de arte resulta complicado. No todo libro, película o disco me parecen obras de arte en un sentido general, del mismo modo que el 99% de lo que se publica en el ámbito de los videojuegos me parece muy alejado de cualquier intención o mérito artístico.

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Los videojuegos tienen que conquistar su espacio dentro de la cultura (quizá hablar de arte sea algo pomposo, la verdad), y deben hacerlo superando la etiqueta de juguete infantil que han acarreado desde sus orígenes. Es una forma de expresión relativamente moderna, y como tal debe convencer con tiempo y obras de calidad de que su apuesta es tan válida como cualquier otra, algo que en mi opinión todavía estamos lejos de ver. El hecho de que el videojuego sea una forma de ocio masiva, con una industria fortísima en EEUU, Europa y Japón, hace que los intereses comerciales condicionen de manera decisiva muchos lanzamientos que, quizá en otras circunstancias, alcanzarían cotas de excelencia mayores.

Respecto a la existencia de “Quijotes” en este particular sector, yo sí creo que los hay. Prácticamente cada sistema, cada generación, ha dado títulos gloriosos que deberían formar parte de cualquier colección seria que se precie. Y además estoy convencido de que es una industria que, al impresionante ritmo al que evoluciona, cada año está más capacitada para ofrecer experiencias sobresalientes a su público. No se trata solo de epatar al respetable con sensaciones audiovisuales orgásmicas: una de las muchas funciones del arte ha sido siempre la de entretener, algo que parece que muchos críticos olvidan a la hora de referirse al videojuego, pero también emocionar y ofrecer experiencias sobre la vida a través de las vivencias de sus personajes, y eso es algo que yo sí he sentido con títulos como los que ahora mencionaré, y otros tantos que dejo en el tintero para no convertir este artículo en un listado.

Es evidente que a la hora de elaborar un videojuego hay elementos creativos que confluyen necesariamente de diferentes ámbitos: la elaboración de una trama, el diseño del universo en cuestión, la composición de un ámbito sonoro y musical y, finalmente, la cristalización de todo ello en un espacio digital donde cobre una forma más o menos compacta. En cada uno de esos apartados hay grandes profesionales en muchos estudios, capaces de hacer auténticas virguerías que no están al alcance de cualquiera. Pocos autores tienen la visión de Shigeru Miyamoto, Hideo Kojima, Ken Levine, Fumito Ueda, Neil Druckmann o David Cage a la hora de crear y diseñar historias y personajes apasionantes, del mismo modo que pocos compositores han logrado llegar a cotas tan excelsas como Koji Kondo, Austin Wintory, Kow Otani, Gustavo Santaolalla o Jesper Kydd en muchos de sus trabajos.

Al margen de los gustos personales de cada jugador, me parece que títulos como Bioshock, Ocarina of Time, Portal, Journey, ICO, Shadow of The Colossus, Mario Galaxy o The Last of Us, por poner solo algunos ejemplos significativos, juegan en una liga cualitativamente superior a la gran mayoría de títulos que dominan en el mercado comercial. Y en todos ellos se da la conjunción de una serie de elementos tomados de otras formas culturales (narrativa, artes plásticas, música e incluso la interpretación de sus actores, en algunos casos) que, unidos a la jugabilidad propia de un videojuego, es lo que termina por elevarlos por encima del resto.

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Considero que el videojuego puede llegar a alcanzar cotas de maestría artística y cultural, pero en sus poco más de cuatro décadas de historia han sido contados los casos en que esto ha sido así, en buena medida por el fuerte condicionamiento económico al que está sometido, a su naturaleza de producto comercial sujeto a unas ventas y unos ingresos. Solo en casos donde el desarrollo de los títulos, por una serie de circunstancias muchas veces ajenas a la lógica del mercado, ha permitido el tiempo y el equipo creativo necesario para ello, surgen propuestas que superan las fronteras tradicionales del videojuego y trascienden a otro ámbito.

Lo que no mucha gente parece comprender del videojuego es su extraordinario potencial para superar sus propias fronteras, pasadas y actuales. La capacidad de interacción que ofrece esta expresión cultural es algo que ni la mejor literatura o el cine permiten, aun con toda la carga de prestigio acumulado durante siglos que tienen estas formas frente al videojuego. Conforme la técnica permite que los desarrolladores cuenten cada vez con más herramientas para dar rienda suelta a sus propias visiones, los jugadores nos sorprendemos con propuestas arrebatadoras, originales y apasionantes.

Es cierto que dichas propuestas son excepciones en un conjunto tendente al inmovilismo y al éxito garantizado de franquicias que van camino de perpetuarse, pero ello no es exclusivo del videojuego: también la literatura está plagada de mediocridades que solo buscan colocarse en el top de los best-sellers, del mismo modo que el cine nos satura con bobadas superheroicas cada dos por tres y la música nos intenta vender al próximo Michael Jackson un día sí y otro también, y nadie duda de la condición cultural de todas ellas.

Con el videojuego, con el tiempo, terminará ocurriendo lo mismo, aupado por el apoyo incondicional de generaciones de jugadores que ya lo consideran así porque, al igual que ha ocurrido con otras generaciones y el cine o la literatura, el videojuego forma parte de su vida desde que abrieron los ojos a ese fascinante mundo digital al que tanto nos gusta asomarnos y perdernos de cuando en cuando.

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