Hace tiempo, mientras moría de maneras tan absurdas como agotadoras en Dark Souls III, me planteé seriamente si tenía algún sentido estar perdiendo el tiempo de manera tan soberana. Llevaba más de tres horas intentando recorrer un espacio de cincuenta metros, y diferentes criaturas de tamaños y armas de físicas imposibles me lo impedían una tras otra. Al final lo mandé al carajo, como he hecho ya antes con las dos primeras entregas y el adorado Bloodborne, y me dediqué a asuntos mucho más productivos.

Estoy seguro de que al leer esto los miles de adoradores de esa secta del masoquismo que es la escuela de Dark Souls estarán sonriendo maliciosos, poseedores de una verdad arcana que solo da el haber terminado con todos estos juegos de culto con una mano atada a la espalda, un ojo guiñado y cantando toda la discografía de Enrique Iglesias al mismo tiempo. Seguro que me están imaginando manco y torpe, y ciertamente puede que no les falte algo de razón.

Morir, sabe Dios que vamos a morir; pero la pose, siempre elegante…

Llevo mucho tiempo jugando a videojuegos, pero es evidente que la edad se nota llegados a ciertos límites, y habilidad, lo que es habilidad, nunca tuve demasiada para cierto tipo de juegos como los que nos ocupan. A esa lista podría unirse la saga clásica de Castlevania, con ese Symphony of the Night que tendrá todas las legiones de fans que se quieran, pero no hay manera de avanzar de cierto punto sin empezar a maldecir en la lengua de los vampiros mientras echas espuma por la boca.

No sé al resto de los mortales, pero a mí al menos me ocurre que cuando llego a un punto en que siento que estoy empezando a perder vida (no «vidas» dentro del juego, entiéndase), comienzo a cabrearme seriamente con esa fuente de disgustos en que se convierte el videojuego. Yo cuando juego lo que quiero es que se me traslade a otros mundos, que se me permita descubrir nuevos modos de interacción jugable, que se me enganche con una historia apasionante y, sobre todo, que me lo pase bien jugando, que disfrute haciéndolo. No me parece mal que haya desafíos, incluso más complicados de lo normal de cuando en cuando, porque sin duda eso le añade un punto picante a la experiencia y le da una satisfacción al término del viaje que de otro modo no existiría.

Señora, me confunde usted con otro…

Así me ocurrió con God of War, por ejemplo, una de las experiencias más apasionantes que he vivido jamás como jugador, y donde hubo momentos de agarrar el mando y jurar en arameo, sobre todo hacia la madre que trajo a la reina de las Valkirias, que en paz descanse. Pero salvo ese detalle y algún otro, la experiencia jamás se vio entorpecida por una mecánica imposible, injusta, traicionera y basada en el sistema de ensayo y error tan descarado como he visto y vivido (o mejor dicho, muerto) en los juegos anteriormente citados. A mí toda la saga Souls y sus sucedáneos me parecen un amasijo de injusticias en forma de criaturas de dudoso gusto y peor diseño, con un apartado técnico bochornoso, unas físicas lamentables y una respuesta al control del personaje digno de un octogenario reumático en mitad de un ictus.

Morir en esos juegos es, a base de romper la dinámica de avance propia de cualquier otro título, la única forma de no darse cuenta de que tienen una simplicidad, una linealidad y una estructura repetitiva y falta de narrativa, de gracia y de algo parecido a una trama capaz de enganchar a nadie. Se juega a esos juegos porque hay que jugarlos, porque hay que decir que se los ha pasado uno para que no lo miren como a un pobrecito pringado; se juega a esos juegos porque pertenecen a una moda de culto que consiste en que un juego es bueno cuando está roto y es imposible, o casi imposible salvo para esas mentes de manos supremas que miran hacia abajo, desde su particular Olimpo de la sangría, sin que importe realmente si dichos juegos tienen la menor calidad real.

Y el caso es que se me hace tarde ya, y yo había quedado…

Yo no juego a videojuegos para sufrir, ni para atascarme durante meses con la serpiente bizca monstruosa que nada más verme arrolla mi exigua barra de vida sin más tiempo que el de ver en la pantalla del título, de manera humillante y enfermiza, que he vuelto a perder. No me parece que maltratar al jugador sea una forma de respetar nada; antes al contrario, yo vengo de una tradición donde los desarrolladores querían que el jugador pudiera experimentar su visión, su historia, a través de un juego que sin renunciar a los retos estaba pensado para que, quien más quien menos, cualquier hijo de vecino pudiera ver los títulos de crédito.

Y eso no es ningún desdoro, no le resta un ápice de emoción ni calidad a títulos como el ya citado God of War, la saga Uncharted, la saga Zelda, cualquier juego de la saga Mario, los buenos títulos de la franquicia Assassin’s Creed, The Last of Us, los juegos del Team ICO, Journey, la trilogía clásica de Mass Effect… Despreciar todos esos títulos y tantos otros que me dejo en el tintero únicamente porque «cualquiera» puede pasárselos es un desprecio a una comunidad de jugadores que tiene más objetivos en mente que hacer posturitas absurdas después de matar al desollador de bolsas escrotales que vive en la alcantarilla más recóndita de la ciudad sin nombre.

¿Sabes lo que pasa si me matas en el prólogo, chaval? Que pierdes también. Chúpate esa, coherencia narrativa…

Tocará aguantar, como ha pasado ya con el infame Sekiro, que cada vez que salga un juego con la coletilla de «el nuevo Dark Souls», a toda la prensa nacional y extranjera sacando el monóculo del jugador hardcore que revienta a sus enemigos sin despeinarse mientras contempla desde las alturas de su divinidad al reino de los humanos. Tocará aguantar que decenas de desarrolladores valiosos se dediquen a hacer memeces imitando semejante patrón, como los estamos aguantando ya a los que hacen epígonos a mansalva de Destiny o de PUBG, títulos todos ellos que, como el primer Dark Souls, tampoco eran para tanto. De verdad que no.