Hace poco más de un lustro, el juego online estaba literalmente en pañales. Sí, habían existido intentos de conectar el videojuego a la gran red de redes desde los años 90, pero solo con la llegada de las potentes consolas de séptima generación (Xbox 360, Playstation 3 y, en menor medida, Wii), la comunidad de jugadores de consola conectada a Internet pudo hacerse realidad de manera evidente y, sobre todo, global. A día de hoy, y ya con los nuevos sistemas de octava generación compartiendo servidores con los de la anterior, más de 500 millones de personas dedican buena parte de su ocio digital diario a compartir experiencias a través de diferentes juegos online.

No nos referimos a juegos menores, sino a las sagas más importantes, las que mayor número de ventas tienen desde hace unos años, como FIFA, Call of Duty o GTA, pasando por juegos que han adquirido categoría de culto online a través de sus cientos de torneos internacionales, como Street Fighter IV, y todo ello sin olvidarnos, claro de las nuevas adquisiciones centradas exclusivamente en el multijugador, como Titanfall o el inminente Destiny. Los aciertos indudables de Electronic Arts con modos como el Ultimate Team o todos sus torneos online para su simulador de fútbol, así como la habilidad de Activision para dotar a su célebre FPS de modos, coleccionables y retos capaces de seducir a millones de usuarios han convertido ambas franquicias en juegos que, año a año, nunca fallan en su cita con el éxito. Nadie quiere perderse este tren, y por ello las apuestas de las compañías por el juego online son cada día menos disimuladas.

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Uno de los mayores problemas que han tenido siempre los videojuegos, por mucho que los usuarios más veteranos nos negáramos a aceptarlo, era que el videojuego se convertía, como la lectura o tantas otras aficiones similares, en una experiencia fundamentalmente solitaria. Ahora mismo, un adolescente puede conectar con todo su grupo de amigos mientras dialoga con ellos a través de sus auriculares en tiempo real, por mucha distancia que los separe a unos de otros. Ya no está condicionado por las limitaciones del cooperativo local, que obligaba a quedar a determinadas horas razonables en casa de alguno de ellos o, peor aún, tener que compartir pantalla para dos, tres y hasta cuatro jugadores. Eso ya es pasto del olvido: el videojuego se ha empapado de un componente social que lo hace aún más irresistible, lo que unido a la cada vez más espeluznante perfección gráfica hace que nuestro concepto de videojuego clásico tenga que actualizarse a la luz de esta nueva realidad.

Todo se acelera. Muchas compañías han descubierto las bondades que hacen que un juego se mantenga en todo lo alto durante meses, quizá años, muy por encima de los méritos de una campaña principal donde suele irse la mayor parte del presupuesto. Una saga como Mass Effect sigue contando con una comunidad online apabullante, pese a que el modo multijugador de su tercera entrega es limitado en opciones, mapas y posibilidades en comparación con los pesos pesados de la industria. Decenas de miles de jugadores siguen fieles y mantienen la llama viva a la espera de que aparezca una cuarta entrega que, ahora sí, tiene que ofrecer un multijugador a la altura de los tiempos que corren. Ya no es solo que la gente tenga ganas de conocer más de ese fascinante universo creado por Bioware: además, su comunidad de fans queremos que se nos ofrezca un juego online como corresponde a la saga, y no vamos a conformarnos con el típico multijugador para salir del paso que tantos juegos han ofrecido en los últimos años, hechos deprisa y corriendo y que poco o nada ofrecen al conjunto, como le sucede a Tomb Raider y, en menor medida, a The Last of Us.

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Conscientes de ello, las compañías creadoras de hardware han centrado sus nuevos sistemas en dotarlos de funciones sociales, de posibilidad de compartir vídeos, fotos, audios y textos con grupos y comunidades. No se trata tanto de un salto gráfico como en generaciones anteriores: se trata de permitir interacciones sociales antes impensables, posibilidades de juego donde, como sucede en DriveClub, nuestros méritos contribuyan a los de nuestro equipo. El juego online suma en grupo, hace sentirse más fuerte al jugador, más acompañado, más reforzado en el uso de un producto sin el que el ocio le es cada vez más impensable.

Es por eso que hay ansia por el nuevo FIFA15  y sus nuevas opciones de red mucho más que por su motor gráfico renovado, sus físicas o su comportamiento del balón, como la hay por saber si todo el esfuerzo realizado en los modos online podrá tener algún tipo de continuidad; hay fervor por conocer las bondades de Call of Duty Advanced Warfare, pero no tanto por su espectacular campaña, que cada vez importa menos, sino por cómo los potentes servidores dedicados darán cabida a cada vez más jugadores. Rainbow Six Siege despertó pasiones en el E3 por la cantidad de posibilidades que ofrecía a la hora del juego cooperativo en red, y Battlefield Hardline se ha retrasado porque EA necesita tiempo para seguir puliendo un online que en la cuarta entrega hizo casi tanta agua como el modo para un jugador, que ya es decir.

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La octava generación está demostrando que su punto fuerte, su mayor baza de atracción de nuevos consumidores está en ofrecer productos que les ponen en vinculación con otros jugadores, y que es ahí donde centran todos sus esfuerzos. Los logros de Destiny, que con su espectacular beta nos ha puesto a todos los dientes como colmillos de mamut, estriban precisamente en su facilidad para convertir un universo en muchos sentidos familiar, en algo completamente distinto a lo que habíamos visto hasta la fecha: un cosmos dinámico, orgánico, donde nuestras decisiones, nuestras escuadras de amigos y nuestra total libertad para interactuar nos hacen vivir este juego como ningún online había hecho hasta la fecha. Las reservas del juego se han disparado porque nadie quiere perderse esta joya, que a partir de septiembre promete arrasar como no ha hecho título alguno hasta la fecha en lo que va de año.

GTA V, por su parte, ha alcanzado la escalofriante cifra de 35 millones de copias y amenaza con ampliarla aún más tras su salto a la octava generación. Y que nadie se engañe: Rockstar no hace esta remasterización para que se nos pongan los pelos de punta a 60 frames por segundo. Tiene en mente que la comunidad online que se ha dedicado a hacer barbaridades y locuras de todo tipo en GTA Online pueda tener continuidad en unas plataformas mucho más optimizadas para ello: se acabaron los problemas y los parches en Los Santos, donde seguiremos viendo a grupos de amigos tratando de saltar en moto desde una azotea a un avión en marcha que pasa a toda mecha por los cielos. Se trata de mantener viva la llama, de convertir una experiencia notable para un jugador en algo mucho más duradero y rentable para todo aquel que quiera participar de la fiesta.

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El viejo tópico del jugador solitario, aislado de la realidad y perdido en sus mundos de fantasía digital es ya solo eso, un mito del pasado. La realidad actual del videojuego, la capacidad de compartir experiencias a través de youtube y de los demás canales de comunicación de los sistemas online de las principales consolas han hecho del videojuego un elemento más de comunicación social, de interacción, de unión entre individuos. El juego online ya no es un balbuceo más o menos meritorio que encontraba el eco por única respuesta, es mucho más que eso: es el presente y el futuro de los videojuegos. Y el jugador ya no está solo, ni muchísimo menos: está jugando con o contra el mundo entero. Todo un reto.