Ahora que acaba de llegar a nuestras pantallas La Desolación de Smaug, segunda entrega de la trilogía (?) de El Hobbit, nos ha parecido una buena ocasión para echar la vista atrás y rememorar qué ha sido de la Tierra Media en el ámbito del ocio digital. Lo primero que debemos destacar es que el universo de Tolkien y los videojuegos no han tenido nunca una relación sencilla, en buena medida por la dificultad para adaptar una obra tan compleja como la del autor británico, pero sobre todo por las dificultades técnicas de una industria que, allá por los años 80, no podía ofrecer un despliegue a la altura de la mítica saga de los orcos y elfos.

Los primeros intentos serios constituyen una trilogía en sí misma, The Hobbit (1982), Lord of the Rings (1985) y The Shadows of Mordor (1987). Se trataba de aventuras gráficas ideadas para los ordenadores de entonces (Amstrad CPC, ZX Spectrum, Commodore 64, etc.), con textos y opciones que el jugador iba eligiendo para avanzar en la aventura. El primero de ellos cubre la aventura original de Bilbo, mientras que los otros dos parten la trilogía posterior en dos entregas, abarcando prácticamente todo el contenido del libro con un interfaz sencillo, pero algo pobre tanto en las descripciones, uno de los puntos fuertes de la obra original, como en la recreación de unos paisajes planos, vacíos y con una paleta de colores, cuando menos, jurásica.

La compañía Melbourne House, responsable de los títulos anteriores, se dio cuenta de que el género escogido no era el adecuado y decidió cambiar el enfoque para su siguiente desarrollo, War in Middle Earth (1988), un juego de estrategia en tiempo real que cubría las batallas principales y las combinaba con niveles en los que controlábamos a los Hobbits. Algo más trabajado a nivel gráfico, el juego tenía sin embargo un desarrollo bastante plomizo. No obstante, supone un paso adelante de mucho interés dentro de la evolución de la saga.

Con el cambio de década una nueva compañía se hace con la licencia de la franquicia, Interplay, perteneciente a Electronic Arts. Para su estreno escogió la trilogía de El Señor de los Anillos, que publicó en dos partes para PC en 1990 y 1991 (posteriormente se haría una versión remasterizada para Super NES en 1994 de la primera entrega, que no tuvo continuación debido a las bajas ventas). No os dejéis engañar por la imagen que encabeza el párrafo, que pertenece a una intro muy elaborada de un rpg que la crítica destrozó por su absurdo y complejo interfaz y por un desarrollo lento y plagado de misiones secundarias que poco o nada aportaban a la historia principal.

Ocho años pasaron desde este último intento hasta el estreno, al fin, de la trilogía cinematográfica más importante de los últimos tiempos. Las películas de Peter Jackson y su alcance global en un mundo muy diferente dieron pie a todo tipo de adaptaciones para todos los formatos existentes (PC, Playstation 2, Gamecube, Xbox), y con una disputa bastante tensa entre Vivendi y Electronic Arts por los derechos, que dieron como resultado un juego basado en el primer libro, en el caso de Vivendi (La comunidad del anillo), y uno basado en las dos primeras películas para Electronic Arts (Las Dos Torres) en 2002. El primer juego fue un auténtico desbarajuste, hecho con prisas y un motor gráfico desastroso, que en el colmo de los colmos, te permitía pasarte el juego corriendo como un poseso de A a B y pasando olímpicamente de todos los enemigos. Aún recordamos las carcajadas en la redacción al pasarnos Amon Hen sin que un solo Uruk Hai nos tocara el flequillo.

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Más fortuna tuvo la entrega de EA, que aprovechaba las bondades de la quinta generación mucho mejor que su competidor, para poner en escena la recreación de las batallas más famosas de la primera película (la cima de los vientos, las minas de Moria y la ya citada Amon Hen), pero se centraba en su tramo principal en los acontecimientos de la segunda (el bosque de Fangorn, la tierra de Rohan y, sobre todo, el abismo de Helm). Acompañada de las voces de los actores, de la banda sonora original y de un estilo arcade de acción realmente convincente, aunque algo limitado a la hora de explorar los impresionantes escenarios, este juego alcanzó un nivel de crítica y venta bastante aceptable. El juego contaba con un sistema de mejoras y de compra de nuevas habilidades y armas que le daban cierta profundidad, y permitían alcanzar niveles de combos muy efectivos y espectaculares. Un juego que, si no alcanza ni de lejos la categoría de obra maestra, permitía disfrutar de la licencia en condiciones, algo a lo que hasta entonces no estábamos nada acostumbrados.

El juego tuvo, obviamente, su secuela al año siguiente, centrada en la tercera entrega. El Retorno del Rey incluía la posibilidad de jugarse en modo local cooperativo, lo que añadía un plus de diversión enorme a una fórmula que aquí se perfeccionaba. Las batallas multitudinarias en Minas Tirith, Osgiliath y la Puerta Negra eran el centro neurálgico, con la posibilidad de manejar a todos los personajes de la comunidad y algún que otro invitado extra, y con una torre de desafíos plagada de cientos de enemigos para aquellos que se hubieran terminado la historia principal. Al igual que el anterior, conforme íbamos descubriendo niveles se activaban extras relacionados con la película como galerías de imágenes, entrevistas con los actores o mini-documentales de making of del juego. A nuestro juicio, se trata de una de las mejores adaptaciones de la franquicia al videojuego, dando por sentadas sus bases de acción pura y dura sin complicaciones.

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A partir de aquí, comienza un desbarajuste de géneros derivado del éxito de la trilogía en el que es complejo poner orden. Hubo juegos de estrategia, como el bastante flojo War of the Ring, de 2003 para PC; juegos de plataformas como la pobre adaptación de El Hobbit para todas las plataformas y, un año más tarde, La tercera Edad, un juego de rol donde no controlábamos a ningún personaje central, sino a soldados o elfos random. El juego tenía buenas ideas, pero su apartado técnico era bastante flojo y los combates terminaban por hacerse bastante aburridos, a diferencia de sus predecesores. Algo muy distinto le sucedió a Battle for Middle-Earth y sus secuelas, juegos de estrategia en tiempo real con los que EA pretendía mejorar el sabor de boca de anteriores intentos, y que lograron transmitir todo el sabor épico del universo de Tolkien: complejos, largos, profundos y absorbentes, cualquier fan del género que popularizó Dune 2 tiene aquí una parada obligatoria.

No podemos finalizar este recorrido sin hacer mención a varios títulos notables, como Lord of the rings online y sus expansiones o los también muy dignos Aragorn’s Quest y War in the North. Todos ellos han contribuido a mantener viva la llama de la saga en los tiempos de entreguerra entre los rodajes de ambas trilogías. No obstante, nosotros nos quedamos por encima de todos con El Señor de los Anillos: La Conquista, un título heredero de la saga Battlefront de Star Wars (no en vano está desarrollado por la misma compañía), que recoge todo el espíritu de aquel pero con la ambientación de las películas, y que nos permite vivir la historia en ambos bandos. Es posible que no sea técnicamente ningún prodigio (PS3 y Xbox 360 daban para mucho más, la verdad), pero nos permite vivir la saga con un sabor a séptima generación, lo cual es siempre de agradecer. Eso por no mencionar que poder reescribir la historia de Tolkien con Sauron como vencedor es una absoluta gozada, con el Balrog destrozando la comarca a su antojo y voluntad.

Esta historia está, en cualquier caso, muy lejos de terminar aquí. Con la salida al mercado de la nueva trilogía se ha despertado de nuevo el interés (si es que en algún momento decayó), y ahora tenemos los consabidos juegos de Lego y las posibles futuras adaptaciones que, seguro, llegarán de las aventuras de Bilbo y compañía. Esperemos que sea para bien, aunque a diferencia de lo ocurrido con Star Wars, tenemos la sensación de que aún falta por salir el juego que marque la diferencia por encima de todos los demás. Un mundo tan rico, profundo y con posibilidades como este bien lo merece, qué duda cabe.

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