Después de haber visto con detalle todos los anuncios del pasado Nintendo Direct, que tuvo lugar hace una semana, así como las novedades que ya conocemos sobre el servicio online, me gustaría aprovechar la ocasión para reflexionar sobre este 2018 que se está marcando Nintendo, tras un 2017 donde dejó a todo el mundo (servidor incluido), deseando hacerse con una Switch que prometía más, mucho más, de lo visto en lo que llevamos de año.

Nintendo se justifica y defiende con cifras y letras. Las cifras son que Switch lleva vendidas la friolera de 20 millones de consolas en apenas un año y medio, con más de 11 millones de Mario Odyssey como juego emblema del sistema junto al port del juego de Wii U Breath of the Wild, que lleva unos nada despreciables 8.5 millones (a lo que habría que sumar el 1.5 más en su consola original). También argumenta Nintendo, y esto no hay quien lo pueda negar, que su consola tiene ya el mismo número de juegos en catálogo que 3DS, y que todo esto se vende como churros tanto en formato físico como digital.

Hasta aquí, nada que objetar y sí mucho que celebrar, porque evidencia que Nintendo hizo muy bien el lanzamiento y promoción de la consola durante el primer año, y está claro que esas rentas producen sus buenos beneficios. Sin embargo, si vamos ahora a la letra pequeña, lo cierto es que durante todo 2018, y precisamente desde el lanzamiento del título de Mario, la consola no ha conocido ningún juego de corte similar en cuanto a peso específico dentro del catálogo.

Ha habido una sarta de títulos menores y sobre todo una enorme lista de ports, remasters, refritos, revisiones, emulaciones y demás mandangas importadas de todos y cada uno de los sistemas anteriores que quepa imaginar, con una pobre Wii U a la cabeza a la que ya no le queda prácticamente nada que se le pueda robar de su catálogo de joyas. Es tremendo que en el último Nintendo Direct se anunciara el port de New Super Mario Bros U y todo el mundo esté dando saltos de alegría y diciendo que es uno de los mejores plataformas en 2D de la historia, cuando en su momento de lanzamiento no le llovieron más que palos (y merecidos) por no ser, ni de lejos, lo mejor que aquella plataforma podía ofrecer… en 2012. Ahora es el mejor de la historia. Perfecto.

Evidentemente que después del despropósito del E3 Nintendo estaba obligada a mostrar algo, y ahí están el nuevo Animal Crossing, Luigi’s Mansion 3 o Yoshi’s Crafted World, este último de los cuales ya llevamos un tiempo sabiendo de su existencia, pero del que faltaba por saber título oficial y fecha de lanzamiento. Pero en cualquier caso, y al margen de que son títulos que a mí personalmente no me dicen gran cosa, no me ilusionan lo suficiente y me parecen un más de lo mismo, esperable y repetitivo frente a catálogos de sistemas anteriores de la compañía, el otro problema es que todos ellos se van a 2019, ya que este último tramo del año (seis meses, ahí es nada), están dedicados a mayor gloria de Smash Bros, sobre el que, por cierto, también se volvió a hablar, una vez más, y para sopor general de la parroquia.

¿Y las third parties? Pues ahí andan, lanzando ports y más ports: ahora le toca el turno a Square-Enix, que tras haberlo hecho fenomenal con Octpath Traveller, que ha vendido lo que no está escrito y ha obtenido buenas críticas, ahora se suelta la melena y nos manda todos y cada uno de los ports de Final Fantasy concebibles (7, 9, X, X-2, XII), incluyendo el inefable Chrystal Chronicles de Gamecube (¿alguien recuerda haber pedido este juego, por cierto?).

Entiendo que se me califique de derrotista respecto a esta compañía, incluso de apocalíptico. Llevo ya mucho tiempo diciendo que este año es realmente flojo para Nintendo, que faltan lanzamientos de verdadera entidad y que el catálogo de Switch se está llenando de juegos muy pobres, de ports a granel de Wii U y de algunas versiones de juegos a los que se les podría hacer el carbono 14, de tan apolillados que están. Y no veo tampoco un esfuerzo muy consciente de la compañía por salir de ahí, sino más bien una especie de actitud condescendiente y acomodaticia, como si el hecho de haber sacado experimentos bien recibidos por la crítica como el Nintendo Labo los blindara de la menor crítica.

Hay una complacencia con esta compañía que no entiendo ni entenderé jamás, y que no la beneficia en absoluto porque le hace creer la realidad paralela de que todo está fenomenal y de que hay que seguir así. Una verdadera masa de usuarios crítica le estaría tirando de las orejas, y además de lo lindo, por el hecho de que en 2018 no nos haya dado motivos reales, originales, innovadores y de auténtica entidad para estar orgullosos del sistema. Sencillamente no los hay, y todo es una enorme y gigantesca cortina de humo para disfrazar que no hay juegos de peso, como ese traje del emperador que todos dicen ver pero que nadie se podría poner porque sencillamente no existe más que en sus más fantásticas ilusiones.