Hace ahora mismo 25 años, cuando no era más que un crío que muy poco sabía de este mundo y sus muchos problemas, comencé una andadura como jugador de videojuegos que ha sido, junto con el deporte, el cine o la literatura, una de mis grandes aficiones en este tiempo. En todos los demás campos he ido, con el tiempo, descubriendo una variedad, una riqueza y un fondo de armario que me permite disfrutar cada día de obras maestras, de nuevos rincones que para mí son del todo desconocidos y que no hacen sino afianzarme en la idea de que nada mejor puedo hacer con mi tiempo que dedicarlo a estos ocios.

Sin embargo, en estos últimos años tengo la extraña sensación de que, si bien otros campos del arte me van abriendo cada día puertas fascinantes, en el de los videojuegos está ocurriendo exactamente todo lo contrario. Siempre tuve, desde los tiempos de mi querida Mega Drive, la sensación de que esta industria crecía a golpe de obra maestra, a golpe de puro genio y talento venido desde las lejanas tierras de Oriente. Cada consola, cada generación, trajo consigo juegos absolutamente demenciales, clásicos instantáneos que me dejaban atónito prácticamente a cada mes. He vivido ya varias generaciones y en todas ellas, en todas, he tenido siempre la impresión de que mi cartera no daba abasto para satisfacer la oferta tan soberbia en cantidad y calidad. Hasta ahora.

Para mí siempre ha habido dos puntos de inflexión, que fueron el salto a las 3D con todo lo que eso suponía para la industria en 1995 y, una década después, la llegada de una séptima generación que al fin proporcionó a los usuarios un campo de crecimiento para juegos de corte más adultos. Si de niño me volvían loco Sonic, Donkey Kong y las peleas de Street Fighter 2 o Streets of Rage 2, de joven aluciné en colores con Super Mario 64, Ocarina of Time, Gran Turismo, Metal Gear Solid, Resident Evil 4 y Metroid Prime, y finalmente de adulto alcancé cotas que colmaron mis más optimistas expectativas con joyas como The Last of Us, Uncharted 2, Mass Effect 2, Heavy Rain, Bioshock o Journey; he llorado con ICO y Shadow of the Colossus, me he partido de risa con GTA V y he vibrado, en definitiva, con todos y cada uno de estos juegos y tantos otros que me dejo en el tintero.

A partir de 2013 esta sensación de progreso se ha frenado bruscamente, y cada año se va haciendo más y más patente la realidad dolorosa, cruda y descarnada que nadie parece querer reconocer, aunque me consta que se ve igualmente desde muchos puntos de vista críticos: estamos ante la peor generación de toda la historia de los videojuegos. Sé que esto resulta demasiado contundente, que muchos me dirán que los gráficos 4K y los frames por segundo y su abuela en vinagre: a mí todo eso me da exactamente igual, porque lo cierto, lo único constatable en realidad es que llevamos años sin ver un gran juego en nuestras consolas. No ha habido ni un solo candidato serio a trono de mejor juego del año en tres cursos seguidos, y de lo único que parecemos preocuparnos es del nuevo modelo de consolas para Xbox o PS4, como si eso fuera a compensar la falta de talento, de ideas y de creatividad en un sector asfixiado por el miedo a arriesgar y por las soluciones fáciles, ya sea en forma de remaster, de reboot o de como queráis llamar a estas opciones cobardes de seguir manteniendo activo un mercado cada día más desilusionado por la falta real de novedades en unos catálogos que se mueren de mediocridad y de políticas absolutamente lamentables.

Los juegos salen sin acabar, llenos de errores y con parches el día uno; las estrategias de DLC cercenan el contenido de los juegos y, salvo honrosas excepciones, son un robo descarado que no sonroja lo más mínimo a unas compañías que no hacen más que ponernos la miel en los labios para luego desilusionarnos con una facilidad aplastante. Es el tiempo de los retrasos, de los meses y meses sin lanzamientos first party, de las excusas baratas de unas compañías incapaces de innovar lo más mínimo o, en el colmo de los colmos, de finalizar en plazo sus puñeteros juegos, esos mismos que llevan años vendiendo de mala manera y con unos upgrades sonrojantes en las ferias. Es la época de los juegos multijugador online, de las batallas campales competitivas sin más interés que el de acumular headshots en títulos clónicos  que poco o nada aportan respecto del anterior.

El modelo de los videojuegos ya no va a volver a tiempos pretéritos. Japón ha fallecido como desarrollador, como se ha podido comprobar en una de las peores Tokyo Game Show que recuerdo, donde apenas uno o dos títulos ha conseguido llamar un poco la atención del respetable. Y lo que nos viene de los estudios americanos, canadienses y europeos no es suficiente, sencillamente no está a la altura de lo que se espera de unas máquinas potentes y capaces de mucho más de lo que estamos recibiendo cada mes. Sí, hay muchos títulos, pero ¿cuántos están a la altura de los ya citados? ¿De cuántas obras maestras estamos hablando? ¿Qué época actual hay comparable a 1992, 1996, 2002, 2007, o 2013, donde diez o doce juegos se disputaban tranquilamente el trono a mejor juego del año?

Ante la situación actual, caben pocas perspectivas optimistas. Uno puede optar por seguir jugando a toda la bazofia que se le propone, (o aquella que puede caer en sus manos, al menos), o bien retirarse a un monasterio y rezar para que pase pronto y surjan nuevos creadores, nuevas ideas y juegos que vuelvan a ilusionarnos. La generación de PS4 y Xbox One está siendo un fracaso inapelable en cuanto a creatividad y riesgo, y el panorama a medio plazo no augura nada bueno, más allá de las tres o cuatro fórmulas de reconocido éxito comercial. Hace falta que surjan los nuevos Miyamotos, Kojimas e Inafunes del sector, se llamen como se llamen. Hace falta un nuevo Ken Levine, un David Cage más centrado, gente que no reconozca en la primera entrevista que hacer videojuegos les está consumiendo el alma. Necesitamos de esas mentes pensantes para poner de nuevo en marcha una rueda que va camino de la irrelevancia más absoluta.

La pregunta es bien sencilla, señores de Sony, Microsoft, Nintendo, Konami, Ubisoft, Capcom y un larguísimo etcétera. ¿Dónde están los juegos? En serio. ¿A qué narices se están dedicando que les tiene tan alejados de la que debería ser su principal labor, que no es otra que crear dignos sucesores de una línea de éxito, de ilusión y de títulos imprescindibles? ¿Cuánto tiempo más nos van a hacer esperar?

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