Tuve ocasión de probar este fin de semana una experiencia de realidad virtual que el Parque Warner ha instalado en su famosa montaña rusa ambientada en Batman. El asunto ha sido publicitado en prensa y televisión menos de lo que quizá debería, aunque lo más grave del asunto es que en la propia atracción faltan indicaciones más claras de en qué consiste, cuántas personas pueden utilizarlo, etc.

Realizada con el mismo motor gráfico de la ya legendaria saga Arkham, la idea es combinar las emociones fuertes de la montaña rusa con la espectacular sensación de inmersión de las gafas de realidad virtual, en este caso a cargo de un dispositivo que incluye un Samsung Gear VR. La idea es que Joker se ha liberado de sus cadenas en el sanatorio y ha dado también vía libre a Hiedra venenosa, Bane y Mr. Freeze para que hagan de las suyas en Gotham. El visitante se pone en la piel de un preso con el que Joker juega en una azotea para lanzarlo alegremente por los aires, momento en que “entramos” en los raíles de la atracción y todo se desmadra.

Es una experiencia apasionante, sin lugar a dudas, tan breve como intensa, pero por la que sin duda merece la pena esperar la larga cola que se forma para ocupar uno de los privilegiados 12 asientos traseros de cada vagón de pasajeros. Hay una adecuación perfecta entre lo que uno siente y lo que ve, algo que la VR siempre deja como algo ligeramente empañado por esa falta de correspondencia entre lo que estamos viendo y lo que deberíamos sentir, pero que no sentimos.

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Aquí el engaño es absoluto a nuestros sentidos, y aunque a nivel técnico no es que el asunto sea para tirar demasiados cohetes (recordemos que hay que generar esa capacidad gráfica por duplicado para engañar al ojo), lo cierto es que funciona a las mil maravillas… o no tanto. Y es que tuve ocasión de comprobar cómo varias personas de diferentes turnos se quejaban de que sus gafas se quedaban colgadas al principio de la partida, lo que hacía que sufrieran literalmente el mareo de verse zarandeados sin referencia alguna, más allá de una imagen congelada.

Por lo visto, el parque cuenta con varias remesas de 12 gafas, que van rotando con el tiempo suficiente de limpiarlas y comprobar que está todo en orden, pero con las prisas propias de una atracción de estas características, es evidente que entre eso y el paso de las muchas horas de uso en una sola jornada provoca indeseados fallos. Insisto en que no hablo de casos sueltos, sino de que hubo personas que esperaron su hora y media de cola para luego pasarse dos viajes seguidos en blanco (les concedieron la gracia del segundo al quejarse del fallo técnico, pero no había lugar al tercero porque la gente se iba ya mareada hasta la náusea).

Tuve la suerte de que no fuera mi caso y de poder vivir la experiencia tal y como creo que fue concebida, y lo cierto es que en ese sentido no tengo reparo alguno que ponerle. Suerte, eso sí, para que si vais os toque una cola no demasiado larga que esperar y, sobre todo, unas gafas que funcionen correctamente.