Si alguna vez la saga Assassin’s Creed supuso algo importante en el sector de los videojuegos, y no solo en términos estrictamente económicos, ese tiempo ya ha pasado. Si alguna vez la historia del enfrentamiento milenario entre asesinos y la orden del temple era un relato apasionante que combinaba diferentes géneros para enganchar a cualquier tipo de jugador en una trama llena de giros, personajes llenos de carisma e interés, en unas etapas de la historia que nunca antes nadie había recreado con igual belleza y perfección, ese tiempo ya ha pasado. Si una vez algunas de las páginas más intensas, brillantes y emocionantes de la historia del sector se escribía con la sangre de los asesinos, ese tiempo, aquel de Altair y Ezio Auditore, ya ha pasado.

Tras varios intentos fallidos, Assassin’s Creed Unity podría haber sido el juego que devolviera el esplendor a una saga asfixiada por la sobreexplotación, con 15 juegos oficiales desde el lanzamiento de la primera entrega, en 2007. Unity lo tenía todo para triunfar, desde unas nuevas plataformas next gen capaces de sacarle el máximo partido al motor gráfico y online a, especialmente, un marco ambiental que los fans llevaban siglos pidiendo a gritos: la Francia revolucionaria. Y es cierto que París es una ciudad increíble, probablemente la mejor creación de toda la franquicia a nivel arquitectónico, de ambientación y de habitantes, que se cuentan por cientos y en los lugares más abarrotados llegan a impresionar por número y animaciones, convirtiéndose sin duda en la mayor baza del juego.

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También es cierto que al fin el modo online no es un simple añadido de relleno, y que realmente tiene algo de impacto en la campaña (aunque menor de lo que se había publicitado, todo hay que decirlo). Por primera vez, hasta cuatro jugadores pueden cooperar en misiones de infiltración que son realmente divertidas, con momentos brillantes y planteamientos que deberían permanecer sí o sí en futuras entregas de la saga.

Sin embargo, hay que dejar claro desde el principio que estas y otras bondades del juego, a las que se suman algunos añadidos importantes en mecánicas (como el parkour hacia abajo), no son suficientes para sostener un edificio que se derrumba a causa de tres razones básicas, que iremos desgranando a continuación.

París, un bonito decorado (y nada más)

Como siempre, el aspecto técnico de cualquier Assassin’s Creed es digno de mención, y en el caso de Unity hace que nos entre literalmente por los ojos. Más a nivel arquitectónico que de diseño de unos personajes pobres en animaciones y en unos pelos que parecen briznas de hierba mal puestas en cara y cabeza, Unity destaca por su distancia de dibujado y la cantidad de elementos que es capaz de desplegar sobre el tablero de juego. Los interiores de casas, mansiones y palacios son para quitarse el sombrero, con efectos de metales preciosos, telas y ropas que son para enmarcar y por los que hay que felicitar al departamento de diseño del juego. Otra cosa son unos personajes que, como siempre, ven cómo las armas atraviesan ropas de forma inexplicable y que no logran transmitir más apariencia que la de unos sofisticados maniquíes sin verdadera alma o sangre corriendo por sus poligonales venas.

Por lo demás, si bien es cierto que las últimas entregas de la saga han pinchado de manera notable en unas tramas derivativas y plagadas de personajes principales y secundarios de lo más anodino, lo de Unity se lleva la palma. Mientras que en otros juegos teníamos la sensación de que las acciones de nuestros personajes modificaban el rumbo de la historia, que la escribían de un modo sibilino, oculto y maquillado para las páginas de los libros oficiales, en Unity la Revolución francesa no es más que el decorado secundario, de cartón piedra, donde tiene lugar la “trama” de Arno Dorian, un pseudo-Ezio de pacotilla con una personalidad inexistente que se mueve a bandazos emocionales por una extraña e injustificada vendetta personal, sus desvaríos amorosos hacia una dama de hierro (Elise) que tiene menos de dama que de hierro, y unos secundarios que son a cual peor, desde un consejo de notables asesinos donde no se salva ni el apuntador de la total mediocridad o, en el colmo de los colmos, unos personajes históricos metidos con un calzador de aúpa, como el Marqués de Sade, Robespierre o Napoleón, que simplemente pasaban por allí para saludar al respetable. Qué lejos quedan aquellos tiempos de Leonardo da Vinci.

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Todo este material con tantísimo potencial narrativo está desaprovechado a nivel de trama en este juego, en especial todo lo relacionado con un villano que es, con diferencia, el peor y más patético contendiente al que nos hayamos enfrentado jamás (el duelo final es, sencillamente, un mal chiste). No hay interés en ningún momento de la breve campaña, ni asomo de empatía con los personajes, y lo que es peor: este juego no aporta nada, absolutamente NADA, a la mitología oficial del juego. Por decirlo de otro modo: si elimináramos a Unity del canon oficial de la saga, no se notaría, tal es su grado de “aportación” a la franquicia. Una lástima.

Lo peor, en cualquier caso, es esa sensación de que estamos en la época de las reivindicaciones de libertad, igualdad y fraternidad como podríamos haber estado en cualquier otra época. De hecho, en un alarde de torpeza que, francamente, hacía tiempo que no veíamos, hay tres secciones insertadas con un calzador aún mayor que el de los secundarios históricos, donde el único objetivo es escalar la torre Eiffel (que, por razones evidentes, no podía aparecer en la trama oficial del juego). Pero claro, cómo íbamos a quedarnos sin visitar el monumento más emblemático de París. De traca.

La falta de interés de Ubisoft por desarrollar una mínima trama en el presente, aquella que en tiempos de Desmond Miles a nosotros nos tenía tan enganchados o más que las tramas históricas, aquí ya ha pasado de ser testimonial, como en Black Flag, a inexistente. Muy mal en este sentido, porque precisamente ésa fue una de las bazas de una franquicia que, es evidente, ya no tiene nada que contar. Una señora nos da indicaciones de cuando en cuando, en una mesa de oficinista donde parece aburrirse tanto como nosotros con sus desvaríos sobre una Abstergo que ya, francamente, nos importa poco lo que haga o deje de hacer.

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Ubisoft contra el usuario.

Hay decisiones de Ubisoft que no podemos llegar a entender, por mucho que se empeñen, como el sistema de dinero aplicado al juego, plagado de micropagos y cofres exclusivos de los miembros VIP. No podemos entender que el sistema de progresión del juego esté supeditado a un dinero que tarda demasiado en aparecer en nuestras arcas, lo que nos hace afrontar misiones sin el equipamiento necesario o los puntos de habilidad suficientes como para realizar acciones básicas que en otros títulos teníamos desde el principio y que aquí debemos desbloquear sin razón aparente. Que se hayan eliminado movimientos tan básicos como el de salto perpendicular para cruzar de un muro a otro, todo por culpa de un parkour hacia abajo que sí soluciona muchos problemas previos es algo que también escapa a nuestro alcance.

Cuirosamente, el único que sí podemos entender es el que más ha perjudicado al título: sacarlo sin estar terminado. Por mucho que ahora se descuelguen con el DLC gratuito que acaba de salir, lo cierto es que durante más de dos meses los usuarios hemos tenido un juego sencillamente roto e incompleto por el que nos han cobrado el mismo precio que si el juego hubiera estado 100% terminado. Para que os hagáis una idea, el último parche era de 6 gigas, solo uno menos que el DLC que acaba de salir.

Esta rotura no solo afecta a los ya manidos bugs que Internet se ha dedicado a pregonar a los cuatro costados: el juego tiene problemas de frame muy serios, con bajones en los peores momentos posibles, tirones y pérdida de fluidez justo cuando la ocasión más lo requiere, que es en los momentos de luchas, tensión y huidas. No puede ser que se nos venda un juego inacabado y se quiera compensar con meses de parches y regalos, porque no cuela.

Este juego no debería haber salido en su fecha prevista, y confirma lo que muchos ya nos tememos desde hace tiempo, que no merece la pena ser comprador de día 1 con esta saga y sí esperar dos, tres o incluso seis meses para comprar un juego ya terminado y, seguramente, a menos de la mitad del precio inicial. Y eso no tiene ningún sentido, se mire por donde se mire, cuando hablamos de una franquicia que en otro tiempo nos tenía literalmente pegados a la pantalla y contando los días para que saliera.

Esta lucha entre Ubisoft y la cartera del usuario es tan absurda como incomprensible, con ejemplos de compañías como Rockstar y un GTA que vende 5 veces más que cualquiera de la saga de los asesinos, y al que le compensa trabajar en novedades auténticas con cada nueva entrega porque el usuario valora y premia dicho esfuerzo.

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Unas mecánicas de tiempos remotos.

El último de los problemas críticos de Unity es que su propuesta de juego no aporta nada esencial a lo ya visto y oído antes, lo que lleva camino de convertirse en un cáncer arrastrado desde los tiempos de Revelations, que este año cumple ya 4. Los que ya conozcan otros juegos de la saga se van a encontrar con las mismas mecánicas, con algún que otro añadido sin nada esencial que aportar. Es cierto que ya no somos indestructibles con apretar el botón de contraataque, pero eso ya sucedía en Black Flag ACIII. Los enemigos ya no hacen una cola tan descarada como antes, sino que disparan a la menor ocasión y nos invitan a hacer siempre todo con el mayor de los sigilos, pero de nuevo eso ya sucedía en Black Flag. Al margen de las mecánicas, que están pidiendo a gritos una verdadera revolución (y perdón por el chiste fácil), un Assassin’s Creed se debe valorar también por su amplitud de miras, y en ese sentido Unity es menos ambicioso que su predecesor.

Por paradójico que parezca, si tenéis ocasión de haceros con uno de los dos juegos de esta saga aparecido para PS4, nuestra recomendación es clara: la aventura de Edward Kenway es netamente superior en variedad de misiones, escenarios y libertad de acción, y por mucho que sus ciudades palidecen en comparación con la majestuosidad de París, la cuna de los ilustrados pronto comienza a mostrar su realidad de cartón piedra tras dos o tres secuencias de memoria, mientras que los océanos abiertos de Black Flag garantizan muchas más horas de diversión.

En definitiva, Assassin’s Creed Unity se queda a medio camino de todas sus promesas. En el apartado técnico es notable, pero no sobresaliente, y ha tenido que sufrir meses de parches y reparaciones para mostrar un nivel mínimamente aceptable en comparación con lo visto en aquel lejano (e inflado) primer tráiler que se mostró de él. El apartado sonoro es discreto tirando a terrible (menudo doblaje al español, madre mía), y a nivel de banda sonora no supone ningún prodigio, como sí lo fueron las primeras composiciones de Jesper Kyd en su momento.

Respecto a trama y personajes, este juego suspende de manera clamorosa, algo que nosotros consideramos muy importante en un juego de estas características. La trama del presente se ha abandonado en detrimento de una historia paupérrima de corre que te pillo por una ciudad magníficamente recreada, la mayor de las virtudes de un juego que da gusto recorrer solo por admirar la perfección de la Santa Capilla, Notre Damme o los barrios marginales.

Muy escaso bagaje para una saga de la que ya cada vez esperamos menos. Si Black Flag nos pareció una piedra más en la sepultura de Assassin’s Creed como referente en el videojuego, Unity ha venido a confirmar que ni dar vida a los mitos del pasado con una ambientación inmejorable es capaz de salvar estos muebles. Ya se sabe que la próxima entrega estará ambientada en el Londres victoriano, así que más nos vale que Jack el Destripador nos pille confesados, porque este París, desde luego, no vale una misa.

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Si alguna vez la saga Assassin's Creed supuso algo importante en el sector de los videojuegos, y no solo en términos estrictamente económicos, ese tiempo ya ha pasado. Si alguna vez la historia del enfrentamiento milenario entre asesinos y la orden del temple era un relato apasionante que combinaba diferentes géneros para enganchar a cualquier tipo de jugador en una trama llena de giros, personajes llenos de carisma e interés, en unas etapas de la historia que nunca antes nadie había recreado con igual belleza y perfección, ese tiempo ya ha pasado. Si una vez algunas de las páginas más intensas, brillantes y emocionantes de la historia del sector se escribía con la sangre de los asesinos, ese tiempo, aquel de Altair y Ezio Auditore, ya ha pasado. Tras varios intentos fallidos, Assassin's Creed Unity podría haber sido el juego que devolviera el esplendor a una saga asfixiada por la sobreexplotación, con 15 juegos oficiales desde el lanzamiento de la primera entrega, en 2007. Unity lo tenía todo para triunfar, desde unas nuevas plataformas next gen capaces de sacarle el máximo partido al motor gráfico y online a, especialmente, un marco ambiental que los fans llevaban siglos pidiendo a gritos: la Francia revolucionaria. Y es cierto que París es una ciudad increíble, probablemente la mejor creación de toda la franquicia a nivel arquitectónico, de ambientación y de habitantes, que se cuentan por cientos y en los lugares más abarrotados llegan a impresionar por número y animaciones, convirtiéndose sin duda en la mayor baza del juego. También es cierto que al fin el modo online no es un simple añadido de relleno, y que realmente tiene algo de impacto en la campaña (aunque menor de lo que se había publicitado, todo hay que decirlo). Por primera vez, hasta cuatro jugadores pueden cooperar en misiones de infiltración que son realmente divertidas, con momentos brillantes y planteamientos que deberían permanecer sí o sí en futuras entregas de la saga. Sin embargo, hay que dejar claro desde el principio que estas y otras bondades del juego, a las que se suman algunos añadidos importantes en mecánicas (como el parkour hacia abajo), no son suficientes para sostener un edificio que se derrumba a causa de tres razones básicas, que iremos desgranando a continuación. París, un bonito decorado (y nada más) Como siempre, el aspecto técnico de cualquier Assassin's Creed es digno de mención, y en el caso de Unity hace que nos entre literalmente por los ojos. Más a nivel arquitectónico que de diseño de unos personajes pobres en animaciones y en unos pelos que parecen briznas de hierba mal puestas en cara y cabeza, Unity destaca por su distancia de dibujado y la cantidad de elementos que es capaz de desplegar sobre el tablero de juego. Los interiores de casas, mansiones y palacios son para quitarse el sombrero, con efectos de metales preciosos, telas y ropas que son para enmarcar y por los que hay que felicitar al departamento de diseño del juego. Otra cosa son unos personajes que, como siempre,…
Gráficos - 73%
Sonido - 70%
Jugabilidad - 63%
Duración - 77%
Argumento - 40%
Originalidad - 30%

59%

Nueva decepción de la saga Assassin's Creed, que pese a sus innegables encantos en cuanto a ambientación es incapaz de defenderse por culpa de un argumento lamentable y sin profundidad, unos personajes planos y sin vida, unas mecánicas ancladas en conceptos ya muy superados y un apartado técnico mucho más discreto de lo que esperábamos, y que en su lanzamiento fue una auténtica calamidad. Solo el modo online y algunas aportaciones salvan de la guillotina a este juego, junto con la excelente recreación del París de 1789, sin duda su principal baza.

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