Con el estreno de la cuarta entrega oficial de la saga Assassin’s Creed, por primera vez en muchos años hemos tenido la certeza de que esta vez no, de que esta vez no nos vamos a dejar convencer. Sí, seguro que el juego promete horas de diversión, que la navegación marítima y los paisajes y ambientación pirata es fenomenal y que se han corregido cientos de errores respecto a la tercera entrega (por lo que sabemos, Black Flag no tiene un solo bug). El problema es que, por mucho que Ubisoft se empeñe, a nosotros las aventuras del abuelo del insulso Connor nos importan ya muy poco. Pero que muy poco.

No siempre fue así. Hubo un tiempo, allá por 2010, con la segunda entrega aún reciente y el estreno de La Hermandad, donde la emoción por esta franquicia nos desbordaba. Nos parecía que su trama del presente era absorbente y llena de posibilidades, y estábamos ansiosos por conocer qué iba a suceder con Desmond y el fin del mundo. Pero, sobre todo, nos parecía demoledor el modo en que Ezio Auditore y su enfrentamiento con la familia Borgia nos trasladaba literalmente al Renacimiento italiano. La recreación de Roma, Florencia y Venecia, la libertad de acción y exploración, el refinamiento de muchas mecánicas y la posibilidad de liderar nuestro propio grupo de asesinos nos hacía sentir como ninguna otra saga de la séptima generación había logrado: en control de un juego poderoso técnicamente y con una historia apasionante.

A partir de 2011, sin embargo, todo comenzó a torcerse. Revelations es un final digno en muchos sentidos para la trilogía de Ezio, y tiene muy buenas ideas, pero supuso un paso atrás monumental en la historia de Desmond, con aquel sujeto 16 y aquellas extrañas misiones en primera persona, y nos puso a los mandos de un avejentado Ezio que seguramente andaba aún más perdido que nosotros por aquella Constantinopla que no podía competir con anteriores localizaciones. Entre eso, las tirolinas y las tower deffense a granel, únicamente el broche a las tramas de Altair y Ezio alimentaron la paciencia de los usuarios, a la espera de la que prometía ser una nueva etapa evolutiva en la saga: Assassin’s Creed III.

 

No fue así. La trama del indio Connor y sus desventuras por la América independentista no pudieron resultarnos más aburridas, sus ciudades más feas y grises y sus personajes más planos. La exploración de las galerías subterráneas era un tostón de los buenos, la optimización de armas nula al partir de inicio con la mejor hacha de todo el inventario, y en el colmo de los colmos, terminamos vestidos de indios la mayor parte del juego porque no nos pegaba ni con cola el uniforme de asesino en medio de aquel ambiente. Lo único que disfrutamos, al margen de las magníficas batallas navales, fue la exploración del escenario natural, es decir, dos modos de juego totalmente secundarios al margen de una historia principal que, en el colmo de los colmos, tiene el peor final posible de toda la saga. Y esto es algo realmente doloroso porque supone el fin del ciclo de Desmond, a quien se saca de la historia de la manera más chapucera posible.

Entre Revelations y Assassin’s Creed III nos dimos cuenta, además, de que el hecho de que sea una franquicia venida a menos viene también impuesta por unas mecánicas que tantos años después, y sin evolución real ninguna de la que hablar, se ha terminado por hacer aburrida. Es siempre lo mismo, siempre las mismas formas de hacer las cosas, sin elementos diferenciales de verdadero peso que hagan un juego cualitativamente distinto del anterior. Por lo que hemos podido probar de la cuarta entrega esto no ha variado en absoluto, y encima la trama del presente es de una soberana estulticia, con ese homenaje descarado a la propia Ubisoft que se ha montado la compañía canadiense.

En suma, y a la espera de que se le dé el empujón real que necesita la franquicia, mucho nos tememos que a día de hoy Assassin’s Creed está en la UCI. Y es una verdadera lástima, porque sus primeras entregas nos han hecho levitar de la emoción, y bien que nos gustaría revivir esas sensaciones perdidas.