Se cumplen diez años desde el estreno de Assassin’s Creed, un título de Ubisoft que trataba acerca de conspiraciones místicas y esotéricas en los tiempos de las Cruzadas. El impacto del título fue tal que ha tenido secuelas periódicas a razón de una al año desde entonces, en prácticamente todos los formatos y ambientaciones posibles, y con un proceso de desgaste en su concepto y mecánicas igualmente vertiginoso. Los últimos títulos (desde la tercera entrega, ya de 2012, pasando por los más recientes Unity o Syndicate) han ido cimentando poco a poco en la comunidad de usuarios la idea de que esta saga ya no volvería a brillar con luz propia y que estaba agotada, algo que Ubisoft pareció comprender al dejar el asunto en barbecho para replantearse, en sus propias palabras, los conceptos esenciales de la franquicia.

Antes de nada, me gustaría confesar mis dudas ante este tópico que se va repitiendo sobre este título en toda la prensa especializada, y que yo sinceramente no me creo, acerca de que el parón afectó directamente a Assassin’s Creed Origins (AC Origins, a partir de ahora). Hablamos de un juego que lleva en desarrollo desde que Ubisoft Montreal terminó AC IV: Black Flag (2013), curiosamente el título de la franquicia que mejor crítica recibió en los últimos tiempos. Hay quien dice que el título iba a salir originalmente en 2016, pero que se retrasó por el motivo ya citado, y ahí es donde encuentro todo esto difícil de creer. Este es un juego de una enorme complejidad, y me cuesta mucho aceptar que la estructura del juego y su sistema de acción y RPG se han inventado en esta última etapa.

Sea como fuere, lo cierto es que AC Origins es no solo el mejor juego de la franquicia desde los tiempos de Ezio Auditore, sino que lo supera en tantos aspectos de mecánicas, concepto y profundidad, que para mí se ha convertido en el título más brillante de toda la saga. Es evidente que se trata de un título alzado a hombros de gigantes, que toma de ellos mucho y que como tal se le debe considerar, pero aun así ha superado con creces mis más optimistas expectativas y se ha convertido en una de las sorpresas más agradables (y potentes) de un 2017 para enmarcar en el sector del videojuego.

Hay tanto, y tan importante, en este título que resulta complicado saber por dónde empezar. Quizá lo más inmediato sea situarnos en una ambientación, los estertores del imperio de los faraones egipcios, que ya desde el principio nos conquista como prácticamente ninguna otra había hecho antes, y eso es mucho decir. La fascinación que provoca descubrir el antiguo Egipto a lomos de nuestro camello es algo que hasta ahora no había logrado ningún otro juego de la franquicia, con hitos como las pirámides, Menfis o Alejandría igualando e incluso superando en ocasiones a la Venecia, Florencia o Roma de la Italia del Renacimiento de la trilogía clásica de Ezio. La escala es, en cualquier caso, infinitamente superior a aquellos títulos, y más allá de los puntos geográficos más representativos crea un complejo y vasto mundo plagado de habitantes, criaturas y paisajes de una belleza arrebatadora por los que es un auténtico placer viajar, algo esencial en un juego de este género.

El trabajo combinado de recreación histórica, diseño y gráficos ha dado como resultado un juego que excede, con mucho, los parámetros de una franquicia que tenía en este precisamente su punto más fuerte. Egipto es sencillamente inmenso, con tal cantidad de ciudades, aldeas, ruinas y monumentos arqueológicos que vamos a pasar decenas de horas simplemente explorándolas a nuestro antojo por el mero hecho de hacerlo. Ubisoft Montreal ha sabido captar toda la magia visual y sonora de un espacio ya mítico de la Historia, y lo ha hecho con maestría, precisión y buen gusto, permitiendo al jugador un nivel de libertad como nunca antes se había vivido en un Assassin’s Creed, y con un sistema de recompensas que premia cualquier viaje que hagamos, cualquier incursión a la tumba más recóndita y profunda. Hay pocos momentos más memorables en toda la historia de la franquicia que el de subir a lo alto del faro de Alejandría o a las Grandes Pirámides para, después, entrar a descubrir sus más recónditos tesoros.

Bayek, un medjay (o sheriff local, para entendernos), es un protagonista que también ha sabido desmarcarse de la línea mediocre de las últimas entregas para darnos por fin una personalidad, un carácter y una motivación que va mucho más allá de la simple vendetta personal (un tópico del que, por desgracia, la saga parece no saber cómo desprenderse). Favorece mucho al título, por otro lado, que al ser una precuela de todo lo ya visto y vivido no se mencionen ciertos términos ya demasiados manoseados, o que la estructura permita una mayor libertad narrativa y de crecimiento de personaje. También ayuda que el trabajo de guión es excelente, y otorga al personaje una red de relaciones, un pasado y una “trastienda” que da gusto ir conociendo conforme se desarrolla el juego, porque le aporta credibilidad, coherencia y cohesión a una trama que va ganando en interés, tras un inicio un poco tibio, para terminar por todo lo alto (y aquí los más fans de la saga lo entenderán cuando lo vean).

A este apartado técnico, donde destacan unos escenarios soberbios y un diseño de niveles excepcional, se une un apartado sonoro y de composición musical que quitan el hipo. La partitura de Sarah Schachner es fabulosa, y contribuye a esa inmersión tan especial que hace del juego un auténtico festín, únicamente salpicado aquí y allá con esos dichosos bugs de los que parece que es imposible librarse en un juego de estas características.

Dicho esto, es obligatorio hacer aquí un alto en el camino para destacar que la verdadera importancia del título no estriba tanto en su fastuosa ambientación o acertadas decisiones de guión o banda sonora, sino en aquello que llevamos años y años reclamando: mecánicas, conceptos y fundamentos de juego. Y es que AC Origins reinventa, revoluciona y recicla tal cantidad de elementos que lo alejan más de lo que nunca antes un título de la saga había hecho, y todo ello recuperando algunos aspectos del primer título que, francamente, me han parecido de un respeto y de un acierto absolutos.

Para empezar, el control del personaje ha cambiado bastante, y aunque mantiene muchos elementos reconocibles y familiares, el sistema de combate se ha rediseñado, para acercarlo más a ciertos modelos más acertados, como el de Dark Souls (ya sabéis, L1 para escudo, R1 para arma principal, etc.). El sistema de combos, destrucción de protección o cambio de diferentes armas en pleno combate es un punto muy a favor del juego, que abandona ya esa molesta sensación de que los enemigos están esperando turno para atacar y nos sumerge en peleas a cara de perro donde más nos vale ir bien equipados o de lo contrario terminaremos mordiendo el polvo de un modo rápido y fulminante. No es un sistema de combate perfecto (el sistema de fijación de enemigos es bastante mejorable, por ejemplo), pero cumple bien con su cometido y supone, sobre todo, un avance tremendo respecto a títulos anteriores de la saga.

Aquí es importante destacar también la cantidad de elementos RPG del título, que lo acercan al modelo de The Witcher 3, y que nos permiten la optimización de armas de diferentes niveles. Es tal la cantidad y variedad que puede llegar a resultar abrumadora, y nos obligará a estar muy pendientes del inventario en todo momento para ir siempre equipados con lo más potente que encontremos a nuestro paso. Aquí es importante aconsejar esa exploración de entornos, que nos permitirá acceder a armas más poderosas sin tener que pagar precios demasiado abusivos por ello.

Al margen de las armas, podemos optimizar la hoja del asesino, nuestra capacidad ofensiva y defensiva, daño a distancia, etc, así como mejorar nuestras monturas, atuendo o canjear nuestros valiosos puntos de habilidad por no menos valiosas estrategias, técnicas avanzadas y movimientos especiales que nos conviertan en una auténtica máquina de matar. Están divididas a su vez en tres ámbitos, el de cazador (técnicas de arco), guerrero (técnicas de lucha) y vidente (técnicas de asesinato propiamente dichas). Subir de nivel es relativamente sencillo si realizamos las misiones secundarias a nuestro alcance y nos dedicamos a explorar hasta la última pizca de arena del desierto, y la recompensa suele merecer siempre la pena.

El juego también nos “anima” a cazar y recolectar materias primas para poder desarrollar nuevos objetos y características, como la bolsa de herramientas, el carcaj y un largo etcétera. Es tal la cantidad de cuestiones que hay que tener en cuenta que pasaremos bastante tiempo trasteando en los menús, bastante sencillos e intuitivos por otro lado, antes de embarcarnos en ciertas misiones. Se ha añadido, también, un elemento tomado de Metal Gear Solid V, que es la aceleración del paso del tiempo, en este caso simplificada a “día” o “noche”, pero mucho más accesible que en el título de Konami, ya que basta con mantener pulsado el botón digital del mando de PS4 para que Bayek se siente a esperar la ocasión.

Esta sana confluencia de elementos de diferentes juegos da como resultado una remodelación sensata y adecuada para estos tiempos. Añadir estos elementos le permite a AC Origins trascender las limitaciones propias del género de acción y aventura tradicionales de la saga, profundizando y ampliando la experiencia de juego a cotas mucho más interesantes, sin perder por ello ciertas esencias que siguen ahí, como la infiltración en bases enemigas, que sigue siendo tan apasionante como siempre (pero a la que ahora se suma el poder hacerlo con ese arco de cazador en primera persona, que aumenta el nivel de disfrute a cotas antes no conocidas).

Es cierto que la inteligencia artificial de los enemigos no termina de ser todo lo buena que debería, e incluso en los niveles de dificultad más altos resulta algo tosca en muchos momentos. Se ha procurado dotar de ciertos recursos importantes, como los de esconderse de la dirección de nuestras flechas, llamar al resto de la guarnición e incluso acudir a grandes braseros para alertar a enemigos de refuerzo, pero aun así siguen siendo NPC’s de una estulticia alarmante cuando se trata de jugar a ese divertido escondite que la saga lleva como uno de sus máximos emblemas. Seguramente un modo online de asalto a una base entre asesinos y guardianes podría ser más que bienvenida y ampliaría un poco los horizontes de la saga, aunque me temo que eso ya tendrá que esperar a próximas entregas.

Por último, en las tareas de infiltración coge un peso específico Senu, el águila que nos acompaña y que se convierte, literalmente, en la “vista de águila” de anteriores juegos. Podemos en prácticamente cualquier momento pasar de nuestro personaje al águila, que sobrevuela los escenarios, fijando objetivos, enemigos e incluso rutas. Puede también, llegado el momento, cazar animales para nosotros e incluso aturdir enemigos a nuestra señal, convirtiéndose por todo ello en uno de nuestros recursos más valiosos dentro del juego, además de que puede llegar a superar el modo fotografía con las panorámicas que nos ofrece.

AC Origins me ha devuelto, en definitiva, la esperanza en una franquicia que yo ya daba por muerta desde hace más de un lustro. Supone un reinicio de la saga en muchos sentidos, establece nuevos hitos técnicos, jugables y argumentales, y tiene una solidez, profundidad y encanto tan propios como para hacerlo un digno candidato a juego del año. El trabajo general de Ubisoft Montreal, más allá de los consabidos bugs y algunos aspectos referente a las animaciones de ciertos personajes, es intachable, y destaca especialmente en la recreación de uno de los escenarios más largos, profundos y complejos de la historia de los videojuegos. Egipto brilla con luz propia en un título que, no obstante, es mucho más que una fachada bonita, y que proporciona decenas de horas de juego con una galería de personajes memorables donde al margen de los esperables cameos de Cleopatra, Pompeyo y Julio César destaca un protagonista lleno de carisma que está a la altura de sus predecesores (o sucesores, según se mire).

Se cumplen diez años desde el estreno de Assassin's Creed, un título de Ubisoft que trataba acerca de conspiraciones místicas y esotéricas en los tiempos de las Cruzadas. El impacto del título fue tal que ha tenido secuelas periódicas a razón de una al año desde entonces, en prácticamente todos los formatos y ambientaciones posibles, y con un proceso de desgaste en su concepto y mecánicas igualmente vertiginoso. Los últimos títulos (desde la tercera entrega, ya de 2012, pasando por los más recientes Unity o Syndicate) han ido cimentando poco a poco en la comunidad de usuarios la idea de que esta saga ya no volvería a brillar con luz propia y que estaba agotada, algo que Ubisoft pareció comprender al dejar el asunto en barbecho para replantearse, en sus propias palabras, los conceptos esenciales de la franquicia. Antes de nada, me gustaría confesar mis dudas ante este tópico que se va repitiendo sobre este título en toda la prensa especializada, y que yo sinceramente no me creo, acerca de que el parón afectó directamente a Assassin's Creed Origins (AC Origins, a partir de ahora). Hablamos de un juego que lleva en desarrollo desde que Ubisoft Montreal terminó AC IV: Black Flag (2013), curiosamente el título de la franquicia que mejor crítica recibió en los últimos tiempos. Hay quien dice que el título iba a salir originalmente en 2016, pero que se retrasó por el motivo ya citado, y ahí es donde encuentro todo esto difícil de creer. Este es un juego de una enorme complejidad, y me cuesta mucho aceptar que la estructura del juego y su sistema de acción y RPG se han inventado en esta última etapa. Sea como fuere, lo cierto es que AC Origins es no solo el mejor juego de la franquicia desde los tiempos de Ezio Auditore, sino que lo supera en tantos aspectos de mecánicas, concepto y profundidad, que para mí se ha convertido en el título más brillante de toda la saga. Es evidente que se trata de un título alzado a hombros de gigantes, que toma de ellos mucho y que como tal se le debe considerar, pero aun así ha superado con creces mis más optimistas expectativas y se ha convertido en una de las sorpresas más agradables (y potentes) de un 2017 para enmarcar en el sector del videojuego. Hay tanto, y tan importante, en este título que resulta complicado saber por dónde empezar. Quizá lo más inmediato sea situarnos en una ambientación, los estertores del imperio de los faraones egipcios, que ya desde el principio nos conquista como prácticamente ninguna otra había hecho antes, y eso es mucho decir. La fascinación que provoca descubrir el antiguo Egipto a lomos de nuestro camello es algo que hasta ahora no había logrado ningún otro juego de la franquicia, con hitos como las pirámides, Menfis o Alejandría igualando e incluso superando en ocasiones a la Venecia, Florencia o Roma de la Italia del Renacimiento de la trilogía clásica de Ezio. La…
Gráficos - 97%
Sonido - 95%
Banda Sonora - 96%
Mecánicas / Jugabilidad - 94%
Argumento - 94%
Duración - 96%
Originalidad - 85%

94%

Largo, variado, divertido y con una ambientación de ensueño, este AC Origins es todo lo que sus predecesores de los últimos años quisieron y no pudieron ser: una entrega apasionante, que sabe inventar, innovar y mantener donde hace falta, y que proporciona una experiencia de juego sencillamente fabulosa a todos los niveles. El mejor homenaje a los diez años de una franquicia que, sin duda, se merecía ya de una vez un juego a este sobresaliente nivel.

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