Hubo un tiempo en que Assassin’s Creed era sinónimo de calidad técnica y de una propuesta narrativa original, diferente y llena de misterio y secretos que los jugadores deseábamos descubrir. Y sí, también de mecánicas limitadas y repetitivas. Con el paso de las entregas anuales todo eso se fue borrando (salvo curiosamente las mecánicas, que buscan la variedad de situaciones con mayor acierto): el motor gráfico se quedó atascado en un punto indefinido entre la segunda parte y La Hermandad, a lo que tampoco ayudó para nada las dudosas elecciones de las ambientaciones de Revelations y la tercera parte; la historia comenzó a volverse demasiado obtusa y llena de huecos que nadie parecía saber (o querer) resolver por miedo a cargarse la gallina de los huevos de oro, de modo que todo terminó convirtiéndose en un continuo “to be continued”, tan insatisfactorio como desalentador.

Sí, es cierto que el negocio de esta franquicia es indudable (la tercera parte, para nosotros la peor de todas con diferencia, vendió la friolera de 12 millones de copias), y que a nadie le extrañó que Ubisoft anunciara la cuarta entrega para el año siguiente, tomando como referencia la que seguramente era la única cosa salvable de aquel juego de indios y americanos: las batallas navales. No obstante, tuvimos las suficientes dudas en su momento como para esperar a que el juego tuviera un precio más razonable que sus 70 euros de salida, y a fe que no nos hemos equivocado: Black Flag es un juego correcto en muchos sentidos, pero limitado en todos aquellos en los que precisamente debería destacar para devolver a esta franquicia al lugar que desde hace demasiadas años ya no ocupa. Pero vayamos por partes.

Tomando como punto de referencia aquel minijuego de barcos, el equipo encargado de Revelations comenzó a desarrollar una trama que tiene lugar bastantes años antes de la tercera parte, ya que controlamos al abuelo de Connor, Edward Kenway. Este pirata arrogante y altivo, al que las ropas de asesino le caen encima por pura casualidad, se convierte en un inesperado héroe en plena época de corsarios y buques españoles, donde las tramas de asesinos y templarios siguen dando tumbos reciclando, como sus antecesores, clichés históricos, personajes metidos con calzador y una trama que, sinceramente, nos ha parecido muy, muy floja.

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No obstante, lo peor de Black Flag no es su soporífera trama o sus personajes planos, algo a lo que por desgracia ya estamos más que acostumbrados, y ni siquiera que su propia idea central termina convirtiéndose en más aburrida de lo que parecía en principio: es algo más esencial sobre lo que debemos volver luego.

Primero ocupémonos del sistema de juego: siguiendo el modelo de Wind Waker, al poco de superar los dichosos tutoriales (que al menos esta vez no duran 6 horas, como en la tercera parte), nos encontramos un enorme mapa plagado de islas y tesoros para recorrer. Podemos dedicarnos a resolver las misiones de la trama principal o bien a campar a nuestras anchas por todo el Caribe, visitando zonas tan bien recreadas como La Habana. Y si en alta mar el protagonismo se lo llevan las andanadas de cañones, en tierra tenemos misiones más tipo “Assassin’s Creed”, con seguimiento de objetivos, asesinatos, escuchas y peleas cuerpo a cuerpo, más los consabidos saltos de fe tras escalar las torres correspondientes.

A nivel gráfico estamos ante un juego correcto, pero que no destaca especialmente en nada. Los personajes lucen mucho mejor en distancias lejanas que en unos primeros planos donde revelan demasiado su origen de séptima generación: toscos, poligonales y con texturas muy mejorables. Después de haber visto maravillas como las que logra Infamous Second Son, esto es un recordatorio demasiado doloroso de las limitaciones de una generación de cartón piedra en cuanto a gesticulación facial, expresividad y detalle en la búsqueda de realismo. Las ciudades, por el contrario, lucen de maravilla y están bien resueltas en cuanto a su tráfico de población, si bien palidecen con lo que sabemos, por lo ya visto de Assassin’s Creed Unity, que PS4 es capaz de hacer. Más allá del preciosismo de sus paisajes y de las hermosas vistas de ciudades y océanos, algo que nadie duda, Black Flag cumple a nivel gráfico, pero poco más.

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El apartado sonoro es, con diferencia, el más logrado de todo el juego. Al margen de su doblaje, tanto en inglés como en español, nos ha parecido asombroso el nivel con el que Ubisoft ha engalanado este título: desde los cánticos de los marineros cuando surcamos los mares a las melodías de la banda sonora o los efectos de sonido de armas, animales y un larguísimo etcétera, estamos ante una creación muy sólida, que ayuda a meterse en el juego de una manera que no esperábamos y que nos ha sorprendido gratamente. Bien por Ubisoft en este apartado.

Otro aspecto bastante cuidado, sin entrar en los dichosos DLC que salían ya desde el día uno, es el apartado del contenido. Se trata de un juego largo, cuya campaña principal se va a las 15/20 horas, en función del grado de perfección que queramos alcanzar con misiones secundarias y los mil y un coleccionables que nos están aguardando en los lugares más insólitos. Si ya nos da por explorar los siete mares el asunto mejora y se puede alargar tranquilamente a las 40/45 horas, tal es la magnitud del mapa. Esto, más el correcto multijugador, debería contentar al fan más exigente de la saga, y se convierte junto al aspecto sonoro en lo más notable de un juego generoso y largo, como corresponde a su condición de sandbox.

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Antes mencionamos que desde el principio notamos un problema en Black Flag, uno que tarda muy poco tiempo en aparecer y que tiene que ver con todo aquello que nos fascinó de las tres primeras iteraciones de la franquicia, o mejor dicho, de su ausencia: este juego carece de misterio, no hay secreto argumental de ninguna clase, más allá de cuatro retazos mal cogidos de la tercera parte, y todo lo que en él se desarrolla, tanto en la parte histórica (dentro del Ánimus) como en esa Abstergo que parece un mal chiste como empresa de videojuegos (¿quién pensó que ese auto homenaje complaciente era una buena idea?), esta cuarta entrega demuestra una carencia de ideas solo comparable a la de unas mecánicas que, sintiéndolo mucho, no pueden seguir funcionando igual siete años después de comenzar a corretear con Altair por los tiempos de los templarios.

Resulta desesperante ver que el sistema de combate de este juego permanece anclado en ese absurdo “espere su turno para morir” cuando estamos rodeados de varios enemigos. No puede ser que sigamos teniendo ese sistema de permanecer “pegados” a todo aquello que escalamos, porque le resta toda la gracia y el vértigo a dicha escalada. Ambos conceptos nos hacen sentir invulnerables, mucho más de lo que deberíamos en un juego plagado de peligros y enemigos supuestamente letales. Todo lo que hacemos a pie en este juego es un refrito sin apenas modificaciones de lo que llevamos haciendo más de un lustro, algo que para nosotros no tiene justificación de ninguna clase y que reincide en esa molesta sensación de estancamiento que asola a esta franquicia.

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En cuanto a las batallas navales, si bien nos ofrecen una gran posibilidad de personalización a través de las mejoras del barco y al principio resultan emocionantes, como ya lo eran en la tercera parte, mucho nos tememos que repetirlas medio millón de veces no es la mejor manera de hacernos amar los siete mares. Llega un punto en que, hartos ya de hacer siempre lo mismo ante los mismos rivales, nos dedicamos a huir del combate por puro tedio. Es siempre lo mismo, por mucho catalejo con mortero que le hayan querido meter, y solo en contadas ocasiones, como los grandes duelos con buques navales en plena tormenta, sentiremos que hay un peligro real (porque, al igual que pasa en las misiones en tierra, en cuanto podemos optimizar un poco el equipo nos volvemos auténticos monstruos de guerra imbatibles). Una lástima, porque era el principal reclamo del juego, una de sus mayores bazas y, de nuevo, la falta de ideas ha terminado por tirar por tierra buena parte de sus méritos.

En definitiva, Assassin’s Creed IV: Black Flag cumple en algunos apartados pero se queda a medio camino de nada en el resto. No entendemos a santo de qué el número cuatro a sus espaldas, cuando a nivel argumental no aporta absolutamente nada esencial al relato central de la franquicia. No entendemos por qué la trama es tan plana, tan falta de puntos de giro de interés o de personajes con un mínimo de carisma. Hay demasiado lugar común, demasiado tópico marinero y solo algunos momentos donde el juego se acerca a aquellas promesas lejanas de Ubisoft el día en que se presentó ante el público este juego que, mucho nos tememos, mantiene el nivel de Assassin’s Creed muy por debajo de donde creemos que debería estar. Ojalá Unity dé un golpe de timón, y perdón por el chiste fácil, a una saga que lleva demasiado tiempo a la deriva (comercial, se entiende).

En cualquier caso, quédate tranquilo, Guybrush Threepwood: tú sigues siendo nuestro pirata favorito.

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Hubo un tiempo en que Assassin's Creed era sinónimo de calidad técnica y de una propuesta narrativa original, diferente y llena de misterio y secretos que los jugadores deseábamos descubrir. Y sí, también de mecánicas limitadas y repetitivas. Con el paso de las entregas anuales todo eso se fue borrando (salvo curiosamente las mecánicas, que buscan la variedad de situaciones con mayor acierto): el motor gráfico se quedó atascado en un punto indefinido entre la segunda parte y La Hermandad, a lo que tampoco ayudó para nada las dudosas elecciones de las ambientaciones de Revelations y la tercera parte; la historia comenzó a volverse demasiado obtusa y llena de huecos que nadie parecía saber (o querer) resolver por miedo a cargarse la gallina de los huevos de oro, de modo que todo terminó convirtiéndose en un continuo "to be continued", tan insatisfactorio como desalentador. Sí, es cierto que el negocio de esta franquicia es indudable (la tercera parte, para nosotros la peor de todas con diferencia, vendió la friolera de 12 millones de copias), y que a nadie le extrañó que Ubisoft anunciara la cuarta entrega para el año siguiente, tomando como referencia la que seguramente era la única cosa salvable de aquel juego de indios y americanos: las batallas navales. No obstante, tuvimos las suficientes dudas en su momento como para esperar a que el juego tuviera un precio más razonable que sus 70 euros de salida, y a fe que no nos hemos equivocado: Black Flag es un juego correcto en muchos sentidos, pero limitado en todos aquellos en los que precisamente debería destacar para devolver a esta franquicia al lugar que desde hace demasiadas años ya no ocupa. Pero vayamos por partes. Tomando como punto de referencia aquel minijuego de barcos, el equipo encargado de Revelations comenzó a desarrollar una trama que tiene lugar bastantes años antes de la tercera parte, ya que controlamos al abuelo de Connor, Edward Kenway. Este pirata arrogante y altivo, al que las ropas de asesino le caen encima por pura casualidad, se convierte en un inesperado héroe en plena época de corsarios y buques españoles, donde las tramas de asesinos y templarios siguen dando tumbos reciclando, como sus antecesores, clichés históricos, personajes metidos con calzador y una trama que, sinceramente, nos ha parecido muy, muy floja. No obstante, lo peor de Black Flag no es su soporífera trama o sus personajes planos, algo a lo que por desgracia ya estamos más que acostumbrados, y ni siquiera que su propia idea central termina convirtiéndose en más aburrida de lo que parecía en principio: es algo más esencial sobre lo que debemos volver luego. Primero ocupémonos del sistema de juego: siguiendo el modelo de Wind Waker, al poco de superar los dichosos tutoriales (que al menos esta vez no duran 6 horas, como en la tercera parte), nos encontramos un enorme mapa plagado de islas y tesoros para recorrer. Podemos dedicarnos a resolver las misiones de la trama principal o bien a campar a nuestras anchas por todo…
Gráficos - 7.1
Sonido - 8.8
Jugabilidad - 4.9
Duración - 8.2
Originalidad - 2.5

6.3

Una entrega cuidada en el apartado técnico pero que no aporta absolutamente nada al universo Assassin's Creed. No es el desastre de la tercera entrega, pero aun así creemos que a esta saga le vendría fenomenal una buena temporada de descanso para volver con las energías renovadas que este Black Flag, decididamente, no tiene. Llevamos demasiados años jugando a lo mismo como para no darnos cuenta de que, más allá de su bonita fachada, la saga está en punto muerto a nivel jugable.

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